Lo imperceptible

Un domingo gris de otoño. Puso un pie en la calle y emprendió viaje. Era diminuto, pasaba completamente desapercibido, más aún cuando un día así no andaba ni el loro por la calle. Sus pasos eran tan cortos que para hacer una cuadra daba entre 200 y 300. Extrañamente aquella mañana no hacía frío. Más bien estaba húmedo, cuestión atípica para esos días. Encima garuaba y eso hacía más dificultoso su andar.
Al doblar en la primera esquina supo que el trayecto sería largo. En verdad no tenía mucho sentido pensar en la meta porque eso hacía más ardua la tarea. A media cuadra pasó por una confitería de esas vidriadas que se ven de afuera. Una pareja parecía discutir vehementemente; dos señoras entradas en historia conversaban alegremente; y un hombre de saco gris leía el diario y se esforzaba por no cabecear. Incluso parecía como si hubiera elegido la esquina del local adrede para dar con el ángulo perfecto entre la humedad de las paredes y una almohada imaginaria. Se lo veía rezongar mientras leía.
Decidió entrar para despabilarse un poco después de una noche revoltosa. Nadie percató su presencia, así que aprovecho su condición para dirigirse al mismo lugar donde yacía aquel señor. A pesar del cansancio, trepó como pudo por la silla que permanecía vacía y cuando no pudo más se ayudó con un chicle que había pegado debajo de la mesa. Se limpió como pudo y pegó la vuelta hacia la parte trasera del lector. No quería que lo viera él ni nadie. No tenía que hacer mucho esfuerzo tampoco. Quería saber qué cosa lo hacía mantener atenta la mirada a ese tipo, así que buscó un lugar propicio desde donde mirar sin ser visto. Eligió el portafolios que descansaba al lado de su dueño. Se tomó fuerte de una de las hebillas hasta trepar por la solapa delantera, desde donde pudo llegar a la cima para ver mejor. Alcanzó a leer: “Otro video demuestra cómo operaban los nietos de la desidia”. Más abajo, en letra pequeña e inclinada agregaba: “En la imagen se puede ver a dos representantes de la banda, jugando al truco con cartas marcadas, que serían propiedad de la gestión anterior según informaron fuentes extraoficiales de la cartera de clientes de una prestigiosa periodista de dudosa fama”
No entendía nada. La cuestión era saber que era lo que mantenía despierto a aquel dominguero. Tanto tiempo a oscuras lo tenía a maltraer y lo incomodaba el aislamiento. En un mal movimiento se dio cuenta que comenzaba perder el equilibrio y decidió que sería mejor dejarse caer hasta la base del asiento para comenzar la retirada.
Continuó viaje. Miraba a la poca gente que se cruzaba y sentía que estaban incómodos, molestos, que iban como distraídos pero inconformes por algo. No sabía si tendría que ver con aquella nota de tapa pero todos parecían compartir algo que a él le era distante. No se iba a enroscar, además para eso ya estaban las noches. Un poco desorientado puso un pie en la calle, cuando de repente vio a dos automovilistas que se puteaban en el cruce de una esquina:

-Pero dale dominguero, mové esa lancha!
-¿Por qué no te vas a la puta madre que te parió vos y esa camioneta mata pobres?

Se asustó pero no le dio importancia. Solía ver situaciones como esas a menudo pero pensaba que la gente a veces se enfrascaba con nimiedades, y que no tenían la más perra idea lo que era patear la calle, y menos al ritmo de sus pasos. Para colmo, si había algo que no era trascendente en su vida era el espacio, cabía en cualquier lado.
Hacía tiempo venía pensando para que carajo lo seguía intentando si al final de cuentas nadie lo miraba ni registraba. Si incluso él, a pesar de su tamaño, las veces que tenía la posibilidad de hacer algo para llamar la atención, prefería evitarlo. Había algo que le molestaba sobremanera y era que otros distintos a él se hicieran los que estaban en la misma, que pasaban por lo mismo. Siempre pensaba que si algún día tuviera la posibilidad de tenerlos cara a cara (cosa que por su tamaño le sería imposible), les diría: “¿Sabés cuál es la diferencia entre vos y yo? Que a vos mi barrio te da miedo y a mí el tuyo me da asco”
Cuando le surgían reacciones como esa, se decía a si mismo que quizás sería mejor no preocuparse por cosas de grandes. Pero por más esfuerzo que le metía, al poco rato volvía con esos planteos. Evitaba morir ahogado en una zanja profunda cuando pensó que ya era hora de ir por algo de comida. Con ese sur como objetivo, decidió poner todos sus esfuerzos a la caza de una presa. Entre tanto y tanto, ya se daba cuenta que no le sobraban ganas de seguir contando nada. Sin embargo, pensó que tenía ansias de seguir encontrándolos. No prometía certezas pero si pasajes más felices. Quizás su diminuto cuerpo lo ayudaría a dirigirse a un tiempo y espacio más feliz, para que sus seguidores puedan tener algún día la necesidad espontánea y desesperante (?) de que se asome más a menudo.
Quizás otros seres un poco más fortalecidos, sedientos de más menesteres diminutos tengan algún día el deseo de exigirle novedades, proponerle amistades, presentarle enemigos, convidarle alimentos, sueños, miedos, tragedias, ideas concretas para una figura recién nacida.

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