El lado oscuro de la guapeza

Aquella casa había costado mucho esfuerzo. Eran dos plantas separadas por una escalera de madera y baranda de hierro. A decir verdad, había una tercera planta que era el altillo convertido en habitación del hermano mayor de esta historia.
Las rejas color sambayón eran el primer obstáculo desde el exterior, para luego dar paso a una puerta de madera con picaporte de bronce. De allí se accedía a un living comedor grande y acogedor. Una ventana con rejas a tono con la entrada, una salamandra que lo podía todo durante el invierno, cerámicos de un marrón apagado, un sillón mitad cuerina blanca mitad estampado con motivos “helechos de colores”, un par de bibliotecas repletas de libros rojos del tipo “Historia del movimiento obrero en la Rusia post zarista” o “La Revolución Libertadora – La Argentina que derrocó a Perón”, entre otros.
Pasando la escalera, y el toilet de la planta baja, se accedía a la cocina. Una mesa redonda de patas rojas y la base de fórmica blanca; de un lado corlok, del otro una regia mesada con cerámicos motivos “frutales”. De allí una doble puerta ventana permitía ver el patio trasero. Unos cuarenta metros de baldosones amarillos, y un jardín conservado esporádicamente. Completaba el mobiliario un perro Cocker negro americano que había sido el capricho de la hermana para sus quince. El nombre no tenía importancia, lo importante eran sus sentidos. El olfato, la visión y la audición de aquella mascota casi nunca funcionaron bien. Aunque cuentan que en las primeras épocas no era tan grave la cosa. Sin embargo, como el hermano mayor se había dedicado al paseo y recreación de animales, el pequeño gruñón fue destinado rápidamente al ostracismo, forjando un carácter poco cordial.
En el descanso que distribuía los ambientes de la segunda planta había una biblioteca más chica que las de abajo. Era de esos muebles pintorescos que habían heredado de alguna tía abuela difunta o algo así. Tenía ejemplares más identificados con la literatura nacional y latinoamericana. Se hacían lugar Soriano, Cortázar, García Márquez, Galeano, Isabel Allende y otros. A la izquierda dormían los padres de Calzoncillo. Una habitación amplia: la alfombra más mullida de la casa, color crudo, un espejo, una cómoda, la cama y un balcón que daba al frente con vista a la calle.
A la derecha el pasillo distribuidor conducía a dos baños, uno de cada lado, y hacia el fondo a la izquierda la habitación de la hermana que para ese entonces tenía unos 18 años. Justo pegado a ese cuarto estaba el escondite de nuestro pequeño héroe. La alfombra era más corta, tipo carpeta de obra, marrón y medio deshilachada por los gajes del oficio. Una cama blanca que había sido la parte de abajo de una versión marinera, un escritorio de mimbre y una ventana que daba al contrafondo del hogar, es decir al patio. La doble hoja tenía pegadas calcomanías de Basuritas, del mundial 90`, de alguna que otra marca de golosinas que le regalaba el kiosquero de la esquina. Clausen, Makanaki, Tony Meola y la mascota geométrica de esa inolvidable edición del fútbol universal decoraban un ambiente de 3x4mts que completaban un placar de doble puerta, un baúl lleno de juguetes que empezaban a ser ignorados y un mar de zapatillas, botines de fútbol y alguna que otra prenda suelta por ahí. No es que siempre fuera un desorden pero desde que Marta, la mujer que los había ayudado en la crianza a los padres, ya no estaba allí, no era fácil mantener la presentación de las habitaciones. mundial 90
Calzoncillo había crecido en el barrio de Mataderos, donde compartía su cuarto con sus hermanos. Pero desde que vivían en esta nueva casa se las había tenido que ver con la soledad de las noches. Le divertía tener su propia habitación pero no todo era tan placentero. Toda la guapeza, astucia y picardía que había adquirido en la calle no le servía de nada cuando se hacía la hora de ir a descansar.
Primer problema: ¿La luz prendida o apagada?
Si quedaba encendida era molesto. Si dejaba prendido un velador que estaba sobre el escritorio le hacía reflejo sobre la ventana y eso le divertía menos. Así que el asunto se resolvía de la siguiente manera.

-Dale Ma, no se cierren la puerta del cuarto y dejemos la luz del pasillo prendida.
-No, abierta del todo no pero te la dejo entornada si querés.

Era eso o nada. La capacidad de negociación que tenía con sus padres era nula. Pensar que durante el día era lo que era como hijo, alumno, callejero le impedía exigir condiciones más auspiciosas. Sinceramente, esas cuestiones las negociaba con la vieja y era en buenos términos. Tampoco era que por ser reo fuera un despatriado en su propia casa.
Segundo problema: ¿La puerta abierta o cerrada?
Cuando ni bien se mudaron tenía 6 años recién cumplidos y fue un suplicio adaptarse a dormir sin sus hermanos. No se sabía muy bien cómo pero habían pasado tres años de ese arribo y casi nada había cambiado. Padres y hermanos habían tenido que soportar las visitas nocturnas del menor. Ahora ya, pronto a cumplir sus 10 años el tema había mejorado levemente. La puerta quedaba abierta para que cada dos por tres pueda abrir un ojo y ver que todo seguía allí en su lugar. Que el pasillo iluminado terminaba justo donde descansaban papá y mamá, esa era la garantía. Con el tiempo, los olores, y el pudor ya la cosa cambiaría, pero esa era otra historia.
Tenía distintas técnicas para defenderse de la oscuridad (en sentido amplio). La almohada en la cara, las sabanas a la altura de las cejas, el cuerpo bien pegado a la pared, dentro de las posicionales/materiales. Las espirituales tenían que ver con imaginarse algo agradable: podía ser un partido en un torneo de la escuela, un beso con alguna vecina del barrio, o recordar alguna parte de una película que haya visto en cine con los papás.
No tenía muy claro a qué le temía. No eran estrictamente ladrones. Esa era una opción pero también podían ser fantasmas, monstruos, vampiros, “Freddys Kruegers”, Critters, Gremlins o cualquier otra especie que se le pareciera. Además de estos potenciales enemigos, había uno que le preocupaba en demasía: El pulpo negro de Narciso Ibáñez Menta. Era una miniserie que había sido emitida hacía unos años en la televisión local pero por alguna extraña razón la imagen se le había grabado a fuego. Por supuesto que no se lo dejaban ver, pero los planos de un guante negro y de un señor con cara de tenebrosa aparecían a menudo por las noches.
A tal punto esta situación era un suplicio para Calzoncillo, que había noches en que el cuerpo llegaba a transpirarle más de la cuenta por lo que su cabeza creaba. Temía no resolverlo nunca y se preguntaba: ¿Cuándo terminaría aquel sufrimiento? ¿Y si de grande le pasaba igual? Quería dormir profundamente y no podía hacerlo del todo. Solo los fines de semana cuando ya comenzaba a amanecer y la luz del día lo tranquilizaba y podía reposar hasta casi pasado el mediodía.
Habían cenado algo tarde para lo que estaban habituados. Así que entre una cosa y otra, se bañó, se puso el pijama de pantalón y buzo largo y se dirigió al final del pasillo, su cuarto. Se tapó hasta el cuello y puso la estufa en piloto porque le habían enseñado que eso no podía permanecer prendido toda la noche. En el escritorio había un peluche mediano que era un oso de El libro de la selva que le había regalado una tía muy querida. De pibe le había puesto Simón y ahora que el tiempo había pasado le daba mucha vergüenza agarrarlo para dormir. Entonces lo que hacía era acercarlo un poco para sentir que estaba ahí para protegerlo.
Los pasos venían de muy lejos. Madera, susurros, sonidos leves. Eran tres inesperados huéspedes que se divertían en merodear. Pasaba el tiempo y no avanzaban nunca, lo cual lo hacía aún más tortuoso. ¡Si va a pasar algo que pase de una vez! ¡No, salí, no me toques! Corría de casa en casa, podía sentir como si estuviera en un gran juego de plataformas donde cada terraza era un obstáculo a sortear y el espacio que separaba una medianera de otra era el límite a superar de un salto. Alguien lo corría de atrás, le gritaba, una sirena de policía musicalizaba la escena. En ese instante, lo vio todo. Estaba solo, rodeado de nubes grises, un cielo opaco y ladridos de perros que no sabía muy bien de dónde provenían, pero sonaban cada vez más cercanos. De repente, un golpe seco impactó en su espalda y sin voltear la vista, corrió con todas sus fuerzas, no podía ir más rápido de lo que lo hacía. Esquivó botellas, piedras, escobas mal tratadas, pelotas de fútbol pinchadas, adoquines, arena, ladrillos rotos justo a la mitad, ropa esparcida por todos lados, retazos de cuero, asientos de autos tirados como sillones, un auto abandonado, una casa con un portón a medio abrir. Enfrente el precipicio. Un lugar vacío, profundo. Una niebla húmeda y densa. Sintió que el piso se deshacía en sus pies cuando un golpe mucho más fuerte que el anterior le golpeaba a la altura de la nuca. Respiró hondo, sintió que se ahogaba profundamente.

-Dale hijo, despertate que a papá se le hace tarde.

No se movía. Tenía la boca seca, como si hubiera descansado respirando por la boca o por los mocos que lo acosaban. Después de un rato sintió las uñas de la mano carnosa de la madre que le estaban rascando el cuero cabelludo. Así no se iba a despertar jamás.

-Dale gordito, ya estás grande para que mamá te cambie. Dale que ya es viernes.

medianerasCon ayuda de su corpulenta madre se repuso en la cama. No quería saber nada con arrancar el día. La vieja lo ayudó a sacarse la parte de arriba del pijama, y le puso una remera manga larga que daba un calor insufrible pero para ese momento era la prenda indicada. Sin abrir los ojos se sacó la parte de abajo y agarró el pantalón de corderoy que había usado al menos ya dos veces en lo que iba de la semana. Se lo puso con esfuerzo y recién ahí abrió los ojos para encontrar las medias y los Kickers. Se percató que la vieja ya no estaba en el cuarto pero que le había dejado la mochila y el guardapolvos al pie de la cama.
No había sido una noche corta ni fácil. Le daba pudor haber molestado a sus hermanos durante la hora del descanso pero no lo podía evitar. Bajó a la cocina. Tomó el desayuno a las corridas y enseguida nomás el padre le indicó con un gesto que era hora de irse. Abrió el portón, mientras el Falcon Sprint salía lentamente. Se subió en la parte de atrás y se volvió a dormir las quince cuadras que había de recorrido. La voz de la madre que protestaba por alguna cuestión al conductor fue un resoplo de aire fresco para volver a concebir al fin, un poco de sueño en paz.

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