El arte como expresión de rebeldía

  • ¡Dale hijo que mamá llega tarde!
  • ¡Ahí voy Ma! Un ratito más!

La madre de Calzoncillo trabajaba en una escuela artística del barrio de Mataderos. Muy de vez en cuando por alguna razón el niño debía faltar a su colegio y acompañar a la madre en su actividad docente. A él le costaba horrores levantarse al igual que todos los días pero esos en particular, el esfuerzo era menor porque le divertía estar con aquellos alumnos y ver cómo su mamá era respetada y admirada por un camada de adolescentes que la reconocían como una interlocutora válida.
Las asignaturas eran un tanto abstractas para sus estrechos 12 años. Sólo sabía que terminaban con “gía”: Psicología y Filosofía. A lo sumo pescaba alguna que otra palabra suelta como: Piaget, Freud, cognitivo, movilizaciones, hippies, Menem, presupuesto, y hasta ahí nomás.Arcilla
Una avenida de mano única que a las pocas cuadras cambiaba a doble mano. Una vinería en la esquina. Una típica escuela pública de nivel primario, de paredes blancas y nombre federalista. Ahí también daba clase la mujer que trajo al mundo a este niño. Incluso ahí habían estudiado los hermanos del pequeño. Pero la de artística era la otra, la que estaba justo enfrente. Doble puerta de hierro color rojizo, desde donde se accedía a un gran patio iluminado a la voluntad del cielo, baldosones grisáceos y en el perímetro una cantidad de aulas vidriadas que recibían a los alumnos y alumnas de la institución. Ni bien se ingresaba al edificio, a ambos costados dos tramos de escaleras conducían a un primer piso de pasillos angostos y otras tantas aulas tan estrechas y poco confortables como las de la planta baja.
En línea recta con la puerta y hacia el final del patio estaba el mástil que izaba el trapo de Don Manuel que en ese ambiente tenía más perfume a Marta Minujín que al gran Belgrano. Justo detrás del monumento y hacia el ala izquierda había una puerta que conectaba con otro patio más pequeño. Un par de aulas más y hacia el final de la institución estaba la sala donde los alumnos tenían materias del tipo: Escultura I, Plástica II y Pintura III.
Ese rincón en particular era el que a Calzoncillo más le gustaba ir cuando lo acompañaba a su madre. Sabía que en algún recreo o en un cambio de aula podrían hacerse una escapada. El tesoro yacía en una bañadera de esas tipo casa antigua con patas en sus cuatro extremos, donde podría haber estado Briggite Bardot o alguna actriz de los años 50 del cine europeo. Ese igual no era el caso. Esta pileta estaba ocupada casi hasta la mitad de su estatura por una cantidad de arcilla indescriptible.
Al joven y educado visitante se le despertaba un irrefrenable deseo de saltar al interior de la bañera, de acostarse, de hacer algo que llamara la atención. No lo atraía tanto la expresión artística, pues para esas prácticas estaba casi a la altura de un pibe de sala roja, pero el poder tener todo eso ahí, a su disposición, lo hacía entrar casi como en uno de los estadios con los que la psicología explica la niñez y sus actos. Se lo quería llevar a la boca, revolearlo, crear en el sentido más amplio del término. De más está decir que todos estos deseos eran más que reprimidos por la atenta mirada de su madre que cuando salían de una de sus clases no le despegaba los ojos de encima.
Mientras ella daba clases el problema era menor. Había un poco de revuelo ni bien entraban al aula sobre todo en los cursos de 4to. y 5to. porque en esos casos había más diferencia de edad y los pibes y pibas casi lo tomaban como una mascota. Algunos lo habían visto cuando apenas tenía 7 u 8 años y les daba ternura verlo en el cuerpo de un alumno que estaba en su último año de la primaria. Por lo general, a su mamá le gustaba comenzar la clase de una forma distendida y en esas ocasiones lo utilizaba para comentar algo o describir una situación. De todas formas no pasaban más de 10 minutos que su hijo ya pasaba al ostracismo total.
En esos ratos le gustaba mirar todo. No se aburría en ningún momento. La observaba a su madre. Le gustaba su tono de voz, su seguridad para exponer, el modo que tenía para interpelar a los jóvenes. Se daba cuenta que el vínculo era de confianza, respetuoso y cordial pero que había algo construido allí. Se le despertaba la duda de si sería igual con todas sus colegas. Se pregunta porqué no eran así sus señoritas. Y alguna que otra vez cuando los estudiantes no respondían a alguna consigna, lo usaba a él para engancharlos otra vez en la dinámica.

– A ver chicos estamos hablando de lo real, de lo tangible. Pero también de ideología, de cómo mirar el mundo, desde dónde. Entonces, a qué estaré haciendo referencia?
(Silencio)
– A ver hijo, si yo te pregunto a vos, qué son estos bancos, este pizarrón, esta escuela, qué dirías.
– Eh…Cosas, Ma.
– ¡Bien! Son cosas. Y: ¿Quién las hace, de dónde salen?
Ya lo estaba mareando, pensó un poco y respondió con temor.
– ¿Las personas?
– ¡Claro! Chicos se da cuenta un nene de 12 años! La filosofía es eso, se pregunta por el porqué de las cosas, cuestiona, indaga. Los sujetos producen cosas pero además construyen significados, que se legitiman, se reproducen. A eso me refería.
A decir verdad Calzoncillo no había entendido un carajo. Pero le gustaba que ella le diera lugar. Siempre supo que a pesar de los quilombos que le traía con Los Halcones y con, por ejemplo, la cantidad de veces que la habían citado a la escuela por su comportamiento, ella lo sobreestimaba, lo creía capaz, ocurrente, divertido. Al pequeño le parecía exagerado o propio de una mamá pero en el fondo le hacía sentir bien.
Además, en ese ámbito Calzoncillo volvía a ser un niño. O mejor aún, volvía a ser el más chico de todos y no le quedaba otra que correrse del lugar de reo bravo. Su madre se lo hacía sentir así, los estudiantes le parecían enormes y las colegas de la escuela le hablaban muchas veces como si siguiera teniendo cinco años.

– ¡Cómo creciste corazón! ¡Y qué lindo que estás, seguís teniendo las mismas pecas de cuando eras un bebé!

Al margen de estos momentos que odiaba profundamente, la mañana había pasado volando. Hacia el momento del último recreo Calzoncillo se puso a potrear por el patio central. Le gustaba estudiar la escena, mirar como algunos de los estudiantes iban de la mano, con sus jeans Oxford, polleras de bambula, con colores vivos, alguna que otra bandana recogiendo pelos largos que no sabía porqué pero se le hacían todos enrulados. En ese marco, siempre encontraba un segundo de distracción de las autoridades, para escabullirse y treparse al mástil del colegio. Ya le habían dicho cientos de veces que estaba terminantemente prohibido. Y su mamá en ese momento se había perdido en el buffet, donde se dirigió por un café y unos minutos de descanso.
La directora de la institución se llamaba Ángela y era de esas mujeres con carácter. Lo conocía al niño desde que estaba en la panza porque su madre trabajaba allí hacía unos cuantos años. Lo medía, sabía que en cualquier momento se mandaba alguna. En un golpe de vista vio como él ya había trepado hasta al menos la mitad del mástil. Si algo fallaba, si se resbalaba, si no se agarraba bien o se le zafaba una mano iba a darse flor de golpazo. De repente, casi todo el patio observaba al pequeño trapecista. La autoridad máxima de la escuela infló sus pulmones y desde unos doce pasos aproximadamente pegó un grito que peinó a la secretaria que tenía a su derecha y al grupo de chicos de primer año que se mataban de la risa con la situación.
Había subido al menos unos cuatro metros. Le daba vértigo y una sensación extraña entre las piernas. En cuanto escuchó el grito sabía de quién era la voz de mando. No podía hacer muchos movimientos porque todas sus extremidades servían de agarre de aquel viejo mástil. También sabía reconocer que era el centro de atención, cualquier paso en falso y sería el hazmerreír de ese improvisado público. Giró el torso lo más que pudo mientras desprendía su brazo izquierdo, dejando el otro, más fuerte y hábil como apoyo. La miró desde las alturas a la directora y levantó lentamente el dedo más largo de su mano, el que está atrapado entre el del casamiento y el que señala. Lo mantuvo firme y con gesto mitad bronca, mitad burla. Ángela no lo podía creer, la acababa de dejar en ridículo delante de todos los estudiantes que solían respetarla a rajatabla. No era algo usual lo que sucedía ni tampoco ella era una mujer fácil de sobrepasar.
Para cuando Calzoncillo bajó del mástil completamente seguro que lo que se venía era serio, su mamá acababa de salir del buffet con un cortado en una mano y una Cindor en la otra se percató de que algo había pasado. Él bajó la mirada y lo único que atinó a hacer es a tomar a su madre de la mano. Ángela los miró, le hizo un gesto a la responsable de aquella criatura y juntos los tres se perdieron tras cerrar la puerta de dirección. Recién ahí los presentes distendieron y soltaron más de una risa exultante. De lo que pasó de aquella puerta hacia dentro nunca nadie se enteró.

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