Enredados: Historia de una princesa

Sábado dos de la tarde en el barrio de Almagro.

–        ¡Gordo andá a buscar los sándwiches que se nos va a hacer tarde!
–        ¡Camila metete a bañar antes de que me enoje!

El papá era el único vestido para la ocasión. Así rezaba el pacto acordado con la voz de mando. Se puso un chaleco de esos propios de marcas montañosas, se repasó frente al espejo, agarró las llaves del auto y salió en busca de los migas.
La mamá volaba. En menos de una fracción segundo sacó la mamadera del microondas y se la dejó apoyada en la sillita al bebé que permanecía inquieto frente las canciones de Canticuenticos; ordenó los juguetes de Camila que yacían desparramados por aquel comedor no muy generoso de espacio; y fue a la habitación de los niños a preparar la ropa de su hija, que ese día festejaba su cumpleaños número siete.

–        ¡Maaaa! ¡Ya estáááá!
–        ¿Segura? ¿Te lavaste bien el pelo?

La madre corrió la cortina, la ayudó a enjuagarse bien y cerró el agua. De un plumazo la levantó a su hija mayor que era bastante diminuta. Era su versión niña. El mismo pelo, la misma sonrisa, el mismo modo de agradar aunque por momentos pudiera resultar empalagosa. La vistió, le puso colonia y le pidió por favor que no se anduviera revolcando. Le aclaró que en cuanto papá llegara se iban. Sacó al menor de su silla culinaria y lo llevó a su cuarto. Lo recostó en la cama matrimonial. Con una mano cuidaba que no rodara hacia los extremos y con la otra abría el cambiador. Talco, pañal, colonia, pantalón de corderoy, camisa blanca y tiradores: de torta. Acomodó las cosas como pudo y lo llevó en brazos para cuidar de que no se ensuciara, a duras penas si caminaba. Al cabo de unos minutos, sonó el timbre.

–        ¿Gorda están listos? ¡Dale que estoy en doble fila!
–        ¡No! ¿Me estás cargando Esteban? Subí a darme una mano. ¡No, no puedo con los chicos, los cupcakes, el bolso de Julián y la torta!
–        ¡La puta madre!

De allí al salón había apenas unas 25 cuadras pero el horario del evento y la ubicación sobre una avenida de doble mano hacían que no resultara un viaje tan placentero. De todas formas llegaron de buen ánimo. Julián hizo algunos berrinches cuando lo abrocharon a su silla en el asiento trasero y Camila irradiaba alegría, preguntaba, golpeaba con los pies el respaldo del papá, que sólo por esta vez trataba de no ofuscarse.
La marquesina del lugar declamaba: Carrusel de ilusiones. Estacionaron como pudieron en doble fila, balizas mediante, y el padre bajó con la precaución de que el colectivo que venía tocando pito no le arrancara la puerta. Elena, la mamá de los chicos, se ocupó de Camila y la acercó hasta la puerta. Mientras Esteban bajaba las gaseosas, ayudado por personal del salón, ella desabrochaba a Julián que para ese entonces ya estaba dormido. Acomodaron los bártulos y el conductor se fue a buscar un lugar donde dejar el vehículo.
Al entrar al lugar, Elena fue recibida por Esther, abuela de los chicos y madre de Esteban.

–        ¿Trajiste todo Elenita?
–        ¡Si señora, si! ¿Qué tal cómo está usted?

Elena se acercó a la cocina para saludar al personal del lugar y acomodar algunas cosas. Camila correteaba vigilada por su abuela y por una animadora que ya le hacía marca personal. Julián daba sus primeros pasos, no tan firmes, agarrado de la mano de la señora mayor.
El lugar no escatimaba en ornamentos ni en metros cuadrados. Tenía al ingresar un pelotero que era la atracción principal: túneles, palitroques para golpear, cuerdas para trepar, toboganes, redes de agarre y un salto final que dependiendo el tamaño del pibe podía ser divertido o arriesgado. En el centro del salón había un espacio donde colgaba la piñata (bien alta, a prueba de excitados), una pantalla en una de las paredes, el acceso al personal del lugar y unos sillones pequeños para los adultos que tengan la “green card” para acompañar el evento. De todas formas, un poco más adelante unos caballetes con sus tablones eran el espacio indicado para la familia y demás comensales. Los niños tenían su propio rincón para alimentarse, junto a una plaza seca para los más pequeñitos.
Todo parecía indicar que la estrella de la tarde sería Rapunzel. La rubia de pelo exageradamente largo. Los vasitos tenían su rostro, la piñata tenía su forma, las servilletas lucían su figura besando al príncipe, y otras nimiedades más vestían la gala. Al ritmo de una voz “avioletada” que musicalizaba la escena fueron llegando los invitados.
El primo Eduardo se acodó en la esquina y para cuando terminaron de entrar todos ya había enfilado media docena de piezas. El abuelo Emir, el consuegro de Esther llegó con ayuda de otro de sus hijos, se sentó y de allí no se movió en toda la velada. Erica era todo un tema: Hermana de Elena, cuñada de Esteban, con quien no se podía ver. Era la menor y más llamativa de todas las presentes. Jean ajustado, plataformas de corcho y una remera blanca que sujetaba lo inabordable. Para colmo, estaba hacía unos años con un tipo bastante más grande que ella, que se vestía como un protagónico de Steven Seagal, y con un bronceado digno de cualquier cosa menos de esa etapa del año.
Se fueron acomodando y todo transcurría con normalidad. Camila estaba feliz de un lado para el otro con sus amigos y amigas de segundo grado, más hijos e hijas de la familia. Pelotero, un mago, y juegos al ritmo de la música, a los cuales se sumaron los padres y a algún que otro adulto.
La animadora a cargo del evento tenía el pertinente modo de gritarle al micrófono, lo que por momentos volvía estéril cualquier tipo de comunicación sin recaer en picos agudos. Luego de la ronda de panchos vino el tiempo de regresar al pelotero una vez más, mientras Elena y parte del staff iban armando todo para el momento de la piñata y de la tan ansiada torta. Esteban, por su parte, permanecía junto a padres de las compañeritas de Camila, debatiendo acerca de la fecha de ese fin de semana.
La niña de los 7 años y sus más de 25 pares no veía la hora de que llegue el momento más esperado: La torta. El canasto de los regalos rebalsaba de bolsas. Algún que otro pibe se negaba a dejar el pelotero. Los familiares rebasaban de comida. El bronceado sudaba conformidad, Eduardo respiraba con dificultad y se había mudado al agua mineral hacía por lo menos media hora, los padres de los compañeritos ya habían cortado con la charla y no veían la hora de cerrar el compromiso.
Luego de unos minutos, las mesas se empezaron a poblar de menudencias adobadas de dulces, cremas, frutas y otras yerbas. De repente, la luz fue bajando y la cortina de humo, que brillaba de distintos colores presagiaban que había llegado el momento exacto. Camila lucía radiante, la sonrisa le perfumaba las mejillas. Un vestido lila la vestía y un aplique de pelo rubio le llegaba a sus pequeños tobillos. Se paró en un banquito para estar más alta que la torta. A la izquierda papá, a la derecha mamá con Julián en brazos recién amanecido de una tibia siesta. Frente a ellos todos los comensales, menores y mayores, formaban un semicírculo nutrido. Los niños en primera fila, como correspondía. Entre tanto y tanto, el vozarrón de la animadora sentenció: “Bueno ahora, vamos a gritar todos juntos bien fuerte: ¡Sorpresa!” La fritura del micrófono inhibió un poco a los presentes que para ese entonces ya habían naturalizado aquellos niveles. Sin embargo, decidieron acompañar la moción.

– ¡Sorpresa! ¡Sorpresa! ¡Sorpresa! ¡Sorpresa! ¡Sorpresa!

Alguien debía congelar aquella imagen. Detrás de la trinchera de los empleados apareció ella: Rapunzel. Un lunar sobre la mejilla izquierda, una sonrisa de labios tímidos, un perfil marcado, un pelo rubio largo, exageradamente largo y unos zapatos que denunciaban dudas. Camila no le quitaba los ojos de encima. Esteban y Elena no sabían donde meterse. La animadora sonreía como si nada pasara y alentaba.

-¡A ver ahora todos juntos gritando: ¡Camila! ¡Camila! ¡Camila! ¡Camila!

Eduardo se atragantó con un alfajor de maicena. El bronceado le hablaba al oído a Erica, que largó una carcajada incomodísima. Emir seguía en el mismo lugar de siempre. Esther se había alejado en busca de un refresco. Los nenes no paraban de alentar a su amiga. Camila estaba en la cima del evento. No reparaba en los rostros confusos. En eso, cuando Rapunzel se predisponía a alzarla, Esteban intercedió.

-Dejá, dejá, yo la levanto que ya está grande.

Rapunzel sonreía como si nada, estaba acostumbrada. Llegó la canción obligada. Camila bajó de los brazos de su padre y sopló las velitas, deseos mediante. Vinieron las fotos, el brindis y todo transcurría como si en algún momento alguien fuera a tirar el fósforo que encendiera el desastre. Los nenes posaban con la princesa, que gentilmente se agachaba para estar a la altura de los invitados. De lejos dos padres de la escuela vociferaban bronca, querían retirar a sus hijas pero no se animaban a interrumpir. A un costado, Esther, Elena y Esteban se habían enredado en una mini ronda.

-¡No mamá no sabíamos nada! ¡Te pido por favor que bajes la voz!
-¿Y vos Elenita? Siempre estás en todo, decime: ¿Cómo se te escapó esto? ¡Es un papelón! ¿Qué van a decir los padres, por favor?

Elena hubiera querido saltarle al cuello, pero no podía, lo sabía. Lo que sí atinó a hacer fue mirar a la animadora y hacerle un gesto de “por favor, basta”. La animadora alzó la voz una última vez y se dispuso a cumplir. En ese instante, cuando Rapunzel hacía unos ademanes con sus brazos largos, e iluminados de un bello mal crecido, Camila la miró para despedirla como pidiendo “por favor, alzame”. La ronda de autoridades había quedado a unos metros y de hacer algo ya hubiera sido muy alevoso. Extendió los brazos y Camila le dio un abrazo interminable. Estaba profundamente emocionada. Rapunzel la besó y se despidió con el alarido de los pequeños de fondo.
Había pasado el incordio. Camila sabía que sus padres se trataban así habitualmente, con lo cual no había demasiado para pensar nada. También sabía que mamá y la abuela no se tragaban pero eso la tenía sin cuidado porque en general cuando estaba con una no estaba con la otra. Los adultos fueron recogiendo sus abrigos de a poco y tímidamente; algunos niños comenzaron a ser retirados por sus padres.
Camila fue despidiendo a sus invitados e invitadas. Mientras su familia más cercana recogía las sobras para llevar, ella jugaba con su hermano menor. Había quedado encantada con el evento. No faltó nadie y estuvo quien ella más quería: su amiga Rapunzel. ¿Lo demás? Pensaba que lo demás era cosa de grandes, se decía a sí misma: “cuando sean chicos lo van a entender”.

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