A dos metros de distancia

Era lunes. No me sobraba energía pero necesitaba escaparle un poco al yugo. Siempre me dicen que tengo pasos cortos y apresurados, que casi no apoyo los talones. Con ese andar, emprendí la retirada. Nunca fui un apasionado de la música pero ese día quería distraerme un poco después de 9 horas de nada. Hacía poco nomás me había comprado unos auriculares de esos deportivos que se te traban detrás de la orejas. Aún no estaba muy acostumbrado a su anatomía, así que me los puse y al compás de Los Van Van, crucé la 9 de julio.
Quería ir al gimnasio un rato, actividad que detesto pero me sacaba un poco del mapa. Hacía que hacía fuerza, transpiraba otro un poco y relojeaba el paisaje lleno de gente sola. Cuatro estaciones de la línea C para hacer la combinación. No pensaba en nada particular pero era de observar. Me gustaba el ejercicio de mirar rostros, gestos, caras de cansancio, de lunes, de tipo que le queda más de 1 hora arriba del transporte público, de mina que solo piensa en que sea viernes, de abuelo que pasó a buscar al nieto a la escuela.
Un tiempo atrás, me habían regalado una mochila bastante robusta, ahí podía guardar apuntes que sacaba a pasear a menudo, artículos periodísticos que me imprimía para leer en el viaje, los lentes, un toallón, la muda, una cartuchera con resaltadores y un par de biromes, gotas para los ojos, y demás nimiedades. Como solía pesar más de lo aconsejable, era una costumbre apoyarla en el piso cada vez que podía.
Me distraje mientras la música me llevaba a pasear por El Malecón habanero. Para cuando levanté la 12810395_10208276107036887_1714246241_o vista, la formación se detenía en Avenida de mayo. Agarré la mochila, mientras me ajustaba los auriculares e intentaba guardar el celular en el bolsillo derecho. Delante mío bajaron varias personas, de las cuales una piba de no más de 25 iba en la suya, igual que yo. Casi en una coreografía de nado sincronizado, ella imitó el ademán de acomodarse la mochila, pero no se percató que al estirar su brazo izquierdo por detrás, levantó con su dedo meñique los auriculares de su seguidor, o sea yo, el narrador. Al completar el movimiento circular la desconexión cable-dispositivo provocó una inercia que hizo que el celular flotara unos milisegundos en el espacio. Ahí nomás tuve una reacción propia de un arquero debutante: traté de defender la valla de mi dignidad ante la mirada atónita de las tribunas. Con un movimiento tan veloz como ineficaz, lo único que logré fue impactar el objetivo. Me quedé helado y con la vista siguiendo la parábola que presagiaba que el destino de mi celular eran las vías de un subterráneo que empezaba a despedirse. Había más gente pero yo no vi más nada. Recorté en el ridículo que estaba pasando, en cómo haría para recuperar el aparato si es que aún estaba a tiempo, y en “la culpable”. En cuanto me asomé a las vías lo vi ahí, inerte: batería por un lado, aparato boca abajo a un metro y en la mano solo me había quedado una funda que hacía rato no protegía a nadie. Volteé la vista hacia el andén y sólo quedaba ella, quien al ver mi cara, exclamó:

  • ¿Qué pasó?
  • ¡Me tiraste el celular a las vías!
  • ¿Y ahora qué hacemos, llamo a alguien para que te ayude?

La quería mandar al carajo pero nunca fui un tipo agresivo. De hecho siempre había sido bastante torpe para reclamar. Además sabía que no había sido adrede. Eso sí, el ofrecimiento sabía a poco. Era como ese primo ortiva que siempre tiene un pero para poner el auto y te dice “¿Dejá querés que los lleve?” y vos sabés que él sabe, que en el fondo le vas a decir que no.
Luego de descartarla, pispié el andén de enfrente y encontré a un oficial de la Metropolitana. El uniformado juntó la punta del dedo índice con la palma de la otra mano y se vino. Ni bien lo tuve enfrente, me percaté que ese tipo se había puesto la boina por primera vez hacía no más de media hora. A tal punto que se asomó a las vías como si fuera un perito forense ante la escena del crimen y sólo se trataba de un aparato a menos de dos metros de distancia.

  • Déjeme ir a buscar a alguien de la empresa, por favor.
  • Como no, acá lo espero.

Pasaron los minutos y comencé a impacientarme. Bajaba gente de las formaciones y me miraban. Alguno que otro se asomaba a las vías y veía a la víctima. Se escuchaba “pobre chabón, lo quisieron chorear”; “¿qué boludo como hizo para que se le cayera ahí?”, entre otras. Del siguiente subte bajó otro policía. Se me acercó, le comenté la situación, y le aclaré que un colega suyo me había dejado esperando ahí hacía ya un rato. Por suerte se ofreció a ayudarme y prontamente se perdió subiendo las escaleras, detrás de su deber.
No pasó mucho hasta que apareció en escena uno de esos tipos de seguridad que visten pantalones cargos negros, remera a tono y borceguíes militares. Parecía amable, de esos que si te los encontrás en otro ámbito con un ferné de por medio, te cagás de risa. Me sacó conversación.

  • No! Olvidate ahí llegás a bajar y esos cables te carbonizan.

Yo no sabía si reírme o que. De todas formas, hasta ese momento esa opción no era viable. Enseguida nomás volvieron los uniformados. El más novato me dice, como quien no quiere la cosa: “Mire, me comentan en la empresa que la persona que lo puede ayudar en estos casos va a demorar dos horas aproximadamente”. Reaccioné ahí nomás, le dije que no esperaba ese tiempo ni de casualidad, que entonces iba a bajar yo mismo. El oficial se pasó la mano derecha por debajo chaleco y algo perturbado me dice:

  • En ese caso lo tendré que llevar detenido.
  • ¿Me estás jodiendo? ¿Voy a esperar dos horas para esperar a un tipo que me rescate el teléfono que está a 2 metros de distancia?

Acababa de llegar una nueva formación y la escena ya me había sobrepasado. La gente que pasaba miraba curiosa y los oficiales parecieron intuir que se les escapaba algo que debía ser tan facil como conseguir una sube. Dejaron que pase la cortina de gente y se juntaron los tres. Los dos uniformados y el hombre de negro. Parecían el Vasco, Markic y Guillermo (a Gustavo no le dio ni para eso). Miré y noté que las decisiones pasaban por el oficial de más experiencia. Se me acercó con cautela y me dice casi al oído:
“Ahora cuando pase la próxima formación, acá el muchacho de la seguridad privada se ofreció gentilmente a recuperar el siniestro”. Sonreí, pensé que al final se terminaba semejante patraña.
Pasó la formación de la vereda de enfrente y casi inmediatamente la de mi lado. Los pasajeros comenzaron a dispersarse. En cuanto el hombre comenzaba a prepararse para bajar, de repente de entre los transeúntes se presentó un ejemplar de unos cuarenta y largos. Camisa blanca a rayas grises, pantalón pinzado, mocasines. Acusaba cara de corredor de comercio, agente de una asesora de seguros o algo similar. Pero no, llegué a escuchar algo así como “miembro de la CCS”. La verdad no me importaba. Eso si, no lo podía creer. 12810019_10208276107916909_1004321316_o
Lo cierto es que era el hombre en cuestión. Me tendió la mano y procedió. Le pidió al oficial que le tuviera una carpeta color bordó, de esas que vienen con cierre, que al abrirla seguro contienen un mar de papeles desordenados, y bajó con un salto poco ortodoxo. Una vez abajo tomó ambas piezas y hasta se tomó el tiempo de unir batería con artefacto. Cuando quiso subir mostró todas sus aptitudes. Ya para esa altura transpiraba considerablemente. No sabía cómo hacer para disimular cuán bien elegido había sido para ese cargo y misión. Primero intentó haciendo fuerza de brazos para lo cual no le dio ni la destreza ni la energía. Transpiraba y cada dos segundos miraba hacia su izquierda, por donde debía llegar el próximo tren. Juntó valor, y finalmente levantó su pierna derecha hasta casi tocar el borde. Pero ahí quedó, no pudo más que eso. Ahí nomás, un oficial y yo lo levantamos de la pierna, mientras el otro hacía lo propio desde las axilas del hombre. ¿El de la seguridad privada? Miraba desde un poco más atrás. Una vez a salvo el rescatista, junté las piezas y lo encendí. Andaba. Agradecí, y mientras me iba los vi conversar como si todo lo que había pasado recién hubiera sido completamente normal, parte del protocolo.

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