Ahora que el cambio nos (des)favorece

Esa era la premisa que rezaban las familias (¿de clase media?) que se aventuraban en llegar a Florianópolis en sus propios autos con todo a cuestas: les hijes, las cadeiras y el portaequipaje en el techo del Renault 12 rural. Conozco algunas otras que lo volvieron a hacer en estos últimos años, hasta que el cambio (el político, no el de divisas) los dejó de favorecer. Sin embargo, intentaremos no caer en la tentación de medir el bienestar social a partir de cómo vacaciona la gente. Un poco porque es un criterio de mínima discutible, y otro poco porque no es el objetivo de lo que sigue.
A continuación: Sueño Florianópolis, la última (¿y mejor?) película de Ana Katz, un gran motivo para tratar de abordar sintéticamente sus principales matices, poniendo el foco en sus virtudes narrativas, en el cómo y en las ideas, premisas, preguntas posibles, más que en las cuestiones técnicas o los típicos aspectos de una crítica de cine.
No sabemos muy bien porqué Pedro (Gustavo Garzón) y Lucrecia (Mercedes Morán) deciden irse de vacaciones con sus hijos, si no están atravesando la mejor de sus etapas como pareja. ¿O si sabemos? No importa mucho la respuesta, pero el film nos deja surfear en un relato con una cantidad de aristas que incluyen: una crisis como matrimonio; una escasa conexión entre esos padres y sus dos hijos adolescentes; la necesidad de una mujer por detener el tiempo (o el vértigo), por dejar de mirar hacia otro lado, por observarse, por salirse de la trama; la negación de un hombre por ver lo que ya no encaja, el optimismo inerte de remar contra algo de lo que es parte pero que no sabe si quiere salirse. Perseverar o finalmente patear el tablero.
En esa foto con horizonte difuso se desenvuelven las vacaciones de una familia. Con terceros que irrumpen, con deseos que florecen y denuncian lo evidente. Los exponen, los cuestionan, los aplacan, pero también los reviven. Florianópolis, o ese receso de lo cotidiano, deja paso a un lugar abierto, donde recuperan la posibilidad de sentirse atraídos, de encontrar refugios para escapar, para dejar atrás lo que ya no se sostiene por si sólo. El lenguaje con el que se desenvuelven esos cuerpos, esos vínculos, se descubre ahí. No hay tiempo, ni interés en preocuparse por los modos, los reparos. Está dado, o se subvierte ahí mismo. Es quizás, el agua el lugar donde Lucrecia descansa, se aleja, se retira de la escena. Es lo inestable, la cámara puesta a la altura del mar, mitad y mitad. Se deja ver, pero se sumerge, se retira, se pierde, se abandona en costas seguras, en la certeza de lo que ya no es. Lo onírico, la soledad, el descubrir, el dejarse ver, el perderse entre la orilla y la sal. Flota, prueba y arriesga. En ese ring triunfa ella hasta en lo lúdico. La escena en la que juegan con el agua, el que termina cayendo es él. Hay sonrisas, hay afecto, pero hay un punto ciego, cuerpos que se tienen, y un algo que se resiste a ir. Te empujo, te corro y te alcanzo poco. 
El lugar de Pedro, al menos en el tiempo del relato, es tierra firme. No porque tenga más certezas que Lucrecia pero es ahí donde él se desenvuelve: en el bar de playa o en la casa.  Asume que las cosas no están bien pero al afuera le cuenta que es pasajero, que es una etapa. Cuando descubre elementos que son novedosos para él, los deja ser. Los naturaliza, sale, se corre. En ese bar es donde encuentra respuestas, allí donde Lucrecia lo descubre, lo espía. Allí él hace pie y ella tambalea. Que tampoco te alejes tanto, que quiero ver, saber a donde te vas a ir.
La trama en la que Pedro y Lucrecia se mueven en esas vacaciones es compleja, contradictoria, no lineal. Acaso, ¿existe algún vínculo sentimental que no incluya todo eso y más? Los supera, los envuelve. Ni siquiera el tiempo de esos hijos parece ser el de un verano familiar y sin embargo ahí están. Pero faltan miradas, palabras, o al menos escasean. En el único momento en el que ese matrimonio “funciona” como tal es justamente en el tiempo de la norma, de la represión, del decir a sus hijos lo que se puede y lo que no. Una escena donde se mueven en tierra firme, como padres, desde el lugar del saber y la responsabilidad.
En esa arena, en esas caminatas, en ese mar hay belleza. Entre esa familia y su entorno, aún con todo lo descrito aquí, existe un lugar reservado para lo agradable. La sonrisa de Lucrecia en la hamaca, la imagen de Pedro esperando al resto del equipo para salir a cenar, el romance de verano de la hija con el joven brasilero, el escondite desde el que Marco (el dueño de la casa en alquiler) contempla el mar, los rincones de ese auto en la maratónica travesía, por sólo citar algunos.
Brasil, los 90´ y como reza el tráiler “juntos pero separados”. Lo disfuncional, lo cotidiano y las vacaciones. Sueño Florianópolis incluye todo eso. Las ideas que despierta, los sentires son por supuesto subjetivos. Lo que intenté aquí es simplemente compartir los propios. Si habrán de interpelar a alguien y, mejor aún, despertar el interés por ir tras los pasos de Pedro y Lucrecia, habré entonces cumplido con el cometido.