Ajeno

Una esquina al fondo de todo. Detrás de la cortina de humo que vende el nuevo edificio de la ciudad. De un lado una iglesia de barrio. Una familia recién salía de una actividad con el párroco y un número reducido de vecinos. En eso un flaco de veintipico pasa a toda marcha, delante de la “congregación”, y vuelve la mirada hacia allí.

  • ¡Eh Omar! ¿Cómo va eso?
  • ¿Qué hacés pibe? ¡Saludos a tu abuela!

Iba con el torso al aire. El calor era insoportable. Durante esas dos cuadras que separaba la esquina no había veredas sino camiones. Cabinas y acoplados de esos que hacen viajes de larga distancia, descansaban de una tarea ardua. De un lado los choferes cebaban unos amargos, limpiaban el interior de sus ivecos. Del otro lado, una cuadra más allá, el abismo.
Los doble rodados eran sus refugios. Parecía como si nadie los viera. Cada uno en su viaje. Uno se peleaba con unos jeans gastados que pretendía usar de sombrero, a decir verdad no se sabía si era eso lo que sucedía, o si estaba literalmente discutiendo con la prenda. Detrás una cabina bordó, junto a una pared extensa de algún viejo depósito, había un sillón de cuerina negra. Allí lo más parecido a una suerte de comunión. Uno de ellos sentado le tiraba directrices al aire, mientras otros dos no ocupaban el cuerpo restante sino que puestos casi espalda con espalda hablaban en un tono bajo, casi balbuceando.
Al final de la calle había una curva, que inspiraba pocos deseos de ser atravesada. Justo antes de pegar la vuelta había un último acoplado. Parecía más viejo que el resto, no tenía pinta de retomar la actividad con el comienzo de la semana. Debajo yacía otro de ellos, a la altura de ese tanquecito de agua que suelen tener estos transportes, para que sus conductores se refresquen. Estaba boca arriba. Se cubría la cara con la parte interna del codo derecho. A ciencia cierta no se podía afirmar nada. Ni si estaba vivo o muerto. Estaba ahí, como si nada, inerte, inmóvil pero como si eso fuera parte de su mundo diario.
Pasó rápido con su humanidad intacta y no supo que hacer. El corazón le latía fuerte pero no tuvo el coraje de volverse. Lo que no pudo evitar fue girar el cogote para reafirmar si lo que acababa de ver era cierto. Era así. Había uno de ellos tan igual a él, pero tan lejos, tan distante, tan errático, tan basura lo hizo sentir. Al llegar al lugar donde se disponía a cumplir la tarea que le habían encomendado se sintió un pelotudo. Había sentido miedo. ¿¡Miedo de qué!?
Durante el tiempo que estuvo allí lo observó todo. También las vio a ellas. Parecía como si caminaran de costado. Tenían parte de su anatomía al descubierto. No sabían donde se dirigían pero se notaba que no era la primera vez que estaban allí. De seguro que una tormenta fuerte las podría haber volado como si nada.
El miedo fue pasando y se sintió seguro. Seguro que nunca había visto algo igual. Sabía que eso era parte del barrio, incluso había visto otros durante mucho tiempo pero no así, no tantos juntos al mismo tiempo. Se quedó pensando en eso. En que durante siete años fue por esos cuadras pero jamás había cruzado el umbral porque sabía que del otro lado estaba el afuera, que mejor incluso ni mirar más allá de lo conocido.
Algunos lo saludaron, otros lo miraron cual extranjero viajando en el 8 desde el Aeropuerto. Pasaron algunos con latas abolladas en la mano, como quien lleva las llaves del auto. De repente, una tímida lluvia había hecho el atardecer un poco más tolerable. Se había hecho la hora. El último de la carrera había pasado y su misión ahí estaba cumplida. Pensó que tan lejos quedaba esa cuadra, esa esquina, esos otros. Se sintió asquerosamente ajeno, necesitaba contarlo.

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