Billar y progreso

Como todas esas personas que se ven en la imagen, voy yo. Es viernes y la calle Florida ya está despierta hace rato. Sin embargo, no todo está tan despabilado. Un tipo que pasó la noche debajo de un letrero, aún permanece en posición horizontal. Está cubierto con una frazada, el brazo izquierdo como almohada y la mirada inquieta. Cuando paso a su lado, no lo puedo evitar y hacemos contacto visual. Sigo, de prisa. Levanto la vista, porque como dice una conocida que suele capturar buenas postales de Buenos Aires, a veces es solo cuestión de levantar el mentón. Y ahí nomás veo el Palacio Bencich. A decir verdad, no sabía su nombre, lo busqué. Pero lo reconozco porque ahí quiero ir a ver una obra de teatro que están dando sobre la vida de Roberto Arlt.

En mi afán de correr y mantener un ritmo que muchas veces quiero bajar y no puedo, me detengo sin saber muy bien porqué. ¿O si? –diría el influencer-. Reconozco la fachada de una confitería antigua, la miro y sin quererlo, se mezclan la imagen, un recuerdo, mil recuerdos, y una vidriera que no encaja con el fondo. De pibe no tenía idea que se llamaba así, pero de más grande supe por alguna noticia en los diarios que eso se llamaba la Richmond. En ese café muchos sábados de mi infancia a eso de las 18.30 íbamos con mi vieja a buscar a Luis, que jugaba al billar con sus amigos. Sino recuerdo mal no podían entrar mujeres y niños, pero a mi ya me conocían –insisto es sólo mi memoria- y me dejaban entrar a avisarle al tipo de bigote y canas que habíamos llegado. Lo veía partir el taco en dos, lo cual me parecía mágico, guardarlo en una funda de cuero (con olor a cuero) y dejarlo reposar hasta el sábado siguiente en su casillero.

Generalmente íbamos al cine o a comer a algún lado. No se cuántas veces lo habremos hecho pero desde el momento que detuve la marcha, hubo algo que me arrastró hacia atrás, que me dejó ahí frenado. Y esa idea me alegró el día, la posibilidad de que un lugar, una persona, una imagen te mueva la estantería, que te saque de tu semana tan semana. Habría que hacer una apología de esos momentos. No son los recuerdos de Facebook, ni las fotos de Instagram, aunque ahora se le parezcan, son otra cosa. Están cargadas de un valor que solo carga el cuerpo, que es sensible y es intransferible vía digital.

Hoy esos cines son iglesias evangélicas. Esas peatonales, un sinnúmero de locales de souvernirs, señores que te ofrecen monedas extranjeras, otres vendiendo lo que pueden y una larga fila de etcéteras.

Me pongo a leer un poco sobre cómo contarles esto y la verdad no tengo muchas ganas de darle demasiada seriedad al asunto. Sólo decirles que la Richmond hoy es una sucursal de una cadena de artículos deportivos, lo cual no es ninguna novedad parece porque el billar que yo conocí de pibe cerró en 2011 y tres años más tarde reabrió con esta fisonomía. El Clarín de 2014 que cuenta la noticia, elogia a la Legislatura Porteña, habla de bar notable, de los “nuevos hábitos” y de “la gente”. En un momento cita el testimonio de un peatón que celebra la llegada de la nueva tienda: “Soy ingeniero y me gusta observar el progreso. Es muy difícil sostener un local tan valioso como este vendiendo café. Hoy los bares ocupan espacios más chicos. Y acá abrieron un negocio comercial más acorde a las necesidades actuales de Florida”[1] (sic). El testigo se llama Natalio y tiene 77 años. No se muy bien a qué necesidades se refiere, pero muchas veces las mías se parecen demasiado a mis recuerdos.

 

[1] https://www.clarin.com/ciudades/Reabrio-Richmond-ahora-local-deportivo_0_ryFNUac9wXx.html