#Borrador 3: El rey del Once

Ariel (Alan Sabbagh) es un economista que vive con su esposa bailarina en Nueva York. Por alguna razón que no nos queda muy clara (aunque mucho no importe) regresa a Buenos Aires a visitar a su padre, un tal Usher, quien preside una fundación con “fines benéficos” desde la cual brindan alimentos, medicamentos, pelucas (algo muy frecuente en la cultura jasídica) y otros productos o servicios a los vecinos de la colectividad.
Cita en el inconfundible barrio de Once, la semana de Ariel en su tierra natal se transforma en una sucesión de pedidos de su padre quien lo sumerge en su cotidiana sin que medie siquiera un encuentro físico a su llegada. Daniel Burman pinta una escena casi coreográfica con una cantidad de personajes, situaciones que van desde lo caótico, pasando por lo religioso, el universo comercial kosher, con una matriz del mejor humor al que nos tiene acostumbrados el director.
La película podría tener su punto más discutible en la contextualización temporal donde transcurren los días de Ariel. Por momentos, al no haber referencias explícitas no se entiende si estamos viendo la Buenos Aires del 2001 o simplemente un micromundo al que sólo acceden sus integrantes más cercanos. ¿Está buscado? Puede ser, nos quedaría la tarea de pensar qué le agrega eso al film.
Exceptuando tal observación, todo lo que sucede en El rey del Once resulta parte de una obra bien construida, con un guión de pasajes desopilantes, con la intervención de interpretes ignotos, fugaces, que no solo les creemos sino que nos sacan una sonrisa o nos dejan entrar en un universo desconocido para muchos. A ellos se les suma el excelente trabajo de su protagonista en un tándem casi cronometrado con la gran Julieta Zylberberg.
¿Temas? Lo moral; la sexualidad entre el deseo y la ortodoxia; la familia; el Once como centro de culturas, comercios y creencias; las necesidades, entre los credos y la beneficencia. El largo se mete en estos y otros ejes y lo hace a la manera de su director. Hay humor, hay un decir narrativo que nos lleva de las narices del protagonista, de ese “extraño” no tan extraño que vuelve al mundo de su infancia y nos hace ver en qué anda su viejo, su tía, su amigo de la infancia. Está todo puesto ahí para ser observado desde un afuera que por momentos produce extrañeza, pero también sorpresa y curiosidad por conocer, por indagar. Incluso esto se logra desde el modo en que mira Ariel, el protagonista; estamos en sus zapatos en muchos momentos de la trama.
El Rey del Once la podés ver en Netflix y si nunca incursionaste en la filmografía Burman, en Cinear podés buscar Esperando al mesías, El abrazo partido (su mejor obra) y unos cuantos escalones más abajo Derecho de familia, entre otras.

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