Capharnaüm: La infancia, edad temprana de la adultez

En la tercera jornada del ciclo de Cine de Cannes que se puede ver en el Gaumont, se proyectó Capharnaüm, de la directora libanesa Nadine Labaki, una película sumergida en los suburbios de Beirut para contarnos la historia de Zain, un niño migrante sirio de 12 años condenado a cinco años de prisión por intentar asesinar a un “hijo de puta” –así lo define el personaje en una de las primeras escenas del film-.
Inmerso en una realidad que lo condena a sobrevivir un sinnúmero de situaciones, la película nos cuenta su vida en retrospectiva. Comienza con ese niño demandando a sus padres a los que denuncia por el solo hecho de haberlo traído a ese mundo. De ahí en más el tiempo del relato transcurre en el pasado, las acciones que lo llevaron a estar frente al estrado.
El protagonista (interpretado por Zain Al Rafeea), el mayor de 5 hermanos confronta con sus padres, porque aceptan que su hermana Sahar, un año menor que él se convierta en la esposa del propietario de la casa en la que viven. Sus esfuerzos no logran impedir lo inevitable, y termina por escaparse lejos de su familia. Hasta ahí casi todo en su vida es una poco feliz infancia atravesada por las responsabilidades de un hermano mayor de una casa que reclama sus esfuerzos por las necesidades que aquejan. 
La pelea con sus progenitores es casi el último rapto de infancia que veremos a lo largo de las dos horas de película. El ómnibus más cercano lo deposita en un parque de atracciones donde conocerá a Rahil (Yordanos Shiferaw) una inmigrante etíope indocumentada, madre de Yonas, un bebé al que esconde de su entorno, mientras realiza la limpieza del bar y sus sanitarios.
Allí la trama entrará en una breve tregua, donde podremos ver muestras de afecto, alguna que otra sonrisa y los malabares de una madre que lo dejará todo por su pequeño hijo. Por regularizar al menos precariamente su condición ante la ley, aunque la perderemos de vista prontamente a causa de una redada policial. De ahí en adelante nuestros héroes serán los dos niños.
El mayor se hará cargo de Yonas con una capacidad de resolución sorprendente, superando enormes desafíos, enmarcados en un contexto de extrema pobreza. La cámara puesta entre lo documental y lo ficcional logrará expresiones y momentos entre ellos dos que merecen el reconocimiento a semejante rodaje. Sonrisas, llantos, molestias, riesgos, ternura, todo junto en un desarrollo cargado de angustia, de una situación tras otra con una espesura emocional apabullante.
Consolidada con una ambiciosa puesta, con escenarios reales, nulos decorados y nulas escenografías. Una fotografía exquisita para encontrar la belleza de esos rostros en planos cortos, retratar el aire de esos barrios de Beirut, intercalando con planos generales a vista de dron, para tomar dimensión del contexto, para que lo narrado no quede acotado al conflicto de esos niños. Con ese cuidado Beirut se vuelve ‘Capharnaüm’, nombre que remite a un poblado pesquero de Galilea, al que en la antigüedad, el cristianismo vinculó con la figura de Jesús, y al que reconocen como escenario de algunos de sus milagros.
Por su parte, Líbano tiene en su territorio alrededor de cuatro millones de habitantes, de los cuales un millón y medio son migrantes como Zain y Rahil. Fue colonia francesa entre la primera y la Segunda Guerra Mundial. Justamente ese país que es parte de la coproducción a cargo de la película. Desde 1943, año en que el país fenicio reconoce la conformación del Estado Libanés, ha vivido atravesado por conflictos sociales y políticos que abarcan desde la guerra civil hasta la ocupación militar al sur de la frontera por parte del Ejército Israelí, que aún perdura en la actualidad.
A priori parecen datos desconectados con lo que venimos contando, pero el interés está puesto en contextualizar la mirada que tiene la película acerca del relato que construye. Es imposible abordar la coyuntura de un país, su sociedad y sus complejidades en una película, es una obviedad aclararlo. Pero en el recorte de lo que Nadine Labaki representa en Capharnaüm se sugiere una hipótesis que supone un costo alto, una mirada sesgada de los hechos. Por supuesto que no se trata de literalidad, pero a juzgar por cómo son narrados los días de Zain, parece fácil inferir que la culpa de sus desgracias (y la de sus hermanos) recaen casi exclusivamente en las decisiones de sus padres.
La directora, en el rol de la abogada defensora del joven en el juicio contra ellos, todo parece indicar que las culpas del caso son personales, propias de un seno familiar desafortunado, y no de un sistema que oprime, que excluye, que considera “ilegal” a una persona que llega a un país vecino en busca de una mejor vida. Sin embargo, en el guión los padres de Zain, por ejemplo, tienen su momento de descarga, para no ser los “malos de la película”. “¿Qué culpa tenemos si no somos nadie, si no podemos siquiera pagar el certificado de nacimiento de nuestros hijos?”, se defienden al momento del juicio.
Más allá de estos debates que siempre disparan películas como esta, resulta necesario contar otras historias, ir en busca de otras historias que nos permitan conocer, cuestionar, generar empatía con la vida de otros que viven en otra cultura, con otras problemáticas. Presentada a concurso en el 71° Festival de Cannes, este filme libanés ya fue nominado a mejor película extranjera para los próximos Globos de Oro y todo indica que sucederá lo propio en la siguiente edición de los Oscar.

Trailer

https://www.youtube.com/watch?v=UrgWHfGEsbE