Capítulo 2: La carrera

En el barrio había tres bandas de pibes. Iban de menor a mayor en términos etarios y jerárquicos. Los Stones eran muchachos de más de 20. Se juntaban en una esquina que les era propia, justo en la parte trasera de la casa más espectacular de la zona. Incluso parecía totalmente ajena a ese paisaje. Eran hinchas de All Boys y cada sábado se reunían ahí para después ir hacia el estadio de sus amores.
A ellos le seguían “Los Felipes”, que eran más bien pibes de secundario. Entre sus filas había integrantes de una clase media más acomodada. Si bien no dejaban de tener calle, tenían encima unas gotas de lavandina para ropa clara. Iván, por ejemplo, terminó haciendo unos bolos en televisión años después.
La banda de los más novatos era la de Fernando, Calzoncillo y compañía. Los más grandes los habían bautizado “Los Halcones” y a ellos les encantaba pertenecer de alguna manera a las pandillas de esos tiempos. De alguna u otra manera Los Stones los apadrinaban, los defendían cuando se mandaban alguna, y hasta en ocasiones organizaban torneos en el club de la vuelta y siempre alentaban para que los pendejos dejaran todo. En esa materia, Fernando legitimaba todo su poder. Era ágil, rapidísimo, guapo, le pegaba con las dos piernas y se calentaba mucho cuando le tocaba perder.
Corría el verano y estaban más al pedo que de costumbre. Estaban todo el día en la calle. Carnaval por ejemplo, era el momento de las bombitas de agua: con aire, con pis, con sal, con soda, con una pizca de pintura que sacaban del taller de los viejos de Fernando, y con otras yerbas también.
Amaban salir tipo seis o siete de la tarde cuando ya el sol empezaba a ceder. Una coca en una esquina, un rin raje con cinta aisladora para que se peguen varios timbres juntos de uno de los pocos edificios del barrio, una parada en el kiosco, algún que otro boqueo a alguna piba que pasara por allí. De todo eso, había algo que era indispensable, que los acompañaba a todos lados, como los caballos a los guerreros medievales: la bicicleta. En verano, sobre todo, no se iba a casi ningún lugar sin ella.
Fernando tenía una cross pero la del modelo viejo. Algo machacada y con ese típico asiento de cuero negro y largo que la hacía parecida a una moto. La había tuneado un poco pero cada dos por tres andaba arreglándola porque siempre algo le pasaba. El Chelo no tenía bici así que iba a pata o se las ingeniaba para compartir el asiento con Fernando. Pili tenía una de esas cromadas que daban idea de “este pibe sabe”. Con rotor (para que el volante gire 360), con pedalines anchos para intentar alguna prueba, con asiento deportivo, con freno trasero solamente o con los dos, y otras prestaciones. A Calzoncillo, para su cumpleaños de tercer grado le había tocado la suya. Era amarilla, con más pinta que prestaciones. Pero a él le alucinaba, sentía que volaba. Para colmo, tenía esas protecciones de goma espuma que estaban pintadas a fuego con leyendas del tipo “BH”, “Cross”, “Speed”, “Star”, “BMX”, “California”, entre tantísimas otras. Tenía los mangos del mismo color que el cuadro y de los extremos colgaban unas tiritas estilo cuerina que la hacía todavía más exótica.
Adoraban armar rampas con maderas, cajas, adoquines. Buscar obstáculos en botellas, veredas rotas, árboles. Una de las pruebas preferidas era colgarse de la parte trasera del camión del sodero. Era peligroso y no siempre lo lograban porque muchas veces el vigilante los veía por el espejo retrovisor. Por eso era fundamental colgarse del lado del acompañante. Alguna que otra vez habían logrado llegar hasta la terminal del recorrido en la vieja sodería del pasaje El Fuerte.
Corría un domingo de enero. Hacía un calor insoportable. Los Halcones yiraban por ahí, cuando unos pibes del barrio los desafiaron a medirse rodado a rodado, pedal a pedal. Seis competidores (tres por cada lado). El circuito: Cervantes, Morón, Calderón de la Barca y Aranguren. El certamen arrancó en esta última que al ser la única de vereda ancha daba la posibilidad de alistarlos a todos. Los tres oponentes del otro bando arrancaron en punta, seguidos muy de cerca por Fernando. Calzoncillo sabía que contaba con el rodado más nuevo y eso era una ventaja; la desventaja era su ansiedad para estos casos. Se desesperaba por no hacer el ridículo. A mitad de cuadra había logrado dejar atrás a Pili, al que demasiada bicicleta le terminó quedando grande. A la altura de la Geiser (la panadería del barrio) se puso cabeza a cabeza con el último de los “extranjeros”. Lo pasó a pura potencia y casi en la misma maniobra alcanzó a otro más, que al superarlo sintió correr por la espalda flor de escupida que esquivó por centímetros.
Delante suyo solo dos. Ya estaba hecho, era más que digno terminar detrás del líder y del otro desconocido. Pero quería más. La cuadra inicial había quedado atrás y estaban llegando a la segunda esquina. El terreno se había complicado mucho porque la vereda se había reducido a la mitad. Las baldosas venían inestables, salpicaban agua de algún dominguero que había estado lavando su auto y hacían el recorrido cada vez más inestable. Antes de llegar a la última esquina los tres estaban casi uno detrás del otro, no los separaba más de dos ruedas de distancia. Pasando lo de Cacho, el electricista que se quería levantar a la vieja de Calzoncillo, había un árbol que había levantado los típicos baldosones grises. El segundo mordió la primera baldosa que iniciaba la rampa y se terminó yendo encima de un auto que estaba estacionado. El pibe de la cross amarilla aprovechó el infortunio y se lanzó con todo al segundo lugar del podio.
Pasó la rampa a toda prisa. Sabía que doblando la última esquina quedaba solo una recta más angosta aún, y sería imposible pasar a su amigo. Ahí se jugaba todo. El líder y su mano derecha. La amistad y lo desafiante. La autoridad y la idolatría. Todo. En una fracción de segundo Calzoncillo entendió que la última chance de superar a su oponente era en la curva y por adentro. Eso hizo: Extendió los brazos lo más que pudo, balanceaba el cuadro de la bici de derecha a izquierda continuamente, lo tenía ahí. Justo cuando estaba por besar el dulce aroma del triunfo, el salto directo al trono, el nombre propio de quien logra plantársele a lo establecido, la rueda delantera apenas si rozó contra la ochava de una casa, lo que hizo que perdiera completamente la estabilidad. Nunca soltó el volante pero el resto del vehículo y su cuerpo se desconectaron por completo. Cuando finalmente las manos cedieron, el rodado hizo una especie de giro extraño con tanta desgracia, que el extremo derecho del manubrio, justo donde se desprende el freno trasero se incrustó en uno de sus muslos.
Fernando en cuanto sintió el ruido frenó automáticamente. Estaban pálidos los dos. Calzoncillo sentía un calor insoportable en la lastimadura. Le sobraba sangre por toda la pierna izquierda. En eso, cuando estaban pensando en cómo harían para llegar hasta casa, como si tuvieran un extraño sentido que los mantenía conectados, apareció en su ciclomotor rojo, el negro Ale. Era el más bravo de Los Stones, y tenía un especial cariño por el pendejo. Así como los vio, lo encaró a Fernando.

– ¿Qué pasó boludo?
-Nada, estábamos jugando una carrera y el cabezón (así le decían también) se clavó el freno en la gamba.
-Vos sos el más grande, chabón. Te tenés que dar cuenta cuando la están por cagar.

Lo dejó ahí plantado. Como quien responde sumiso a la cadena de mando. Bajó de la moto y lo ayudó a Calzoncillo para que subiera detrás.

-Vamos pendejo. Tu vieja te va a matar.

El herido estaba pálido, asustado y dolorido pero no se le caía una lágrima. Había algo de todo eso que lo hacía sentirse bien. Tenía que ver con la pertenencia.
En menos de dos minutos estaban en la casa de las rejas sambayón. Alejandro lo bajó a su pollo y tocó el timbre. La vieja salió y en cuanto vio la escena se quería morir.

-¿Qué pasó mi amor? ¡¿Cómo te hiciste eso por Dios!? ¡Entrá! Entrá antes de que te mate! ¿Y vos? ¡Tomatela, salí de acá. No los quiero ver por un buen tiempo!

Cerraron la puerta y la vieja enseguida recurrió al hermano mayor de Calzoncillo. Lo llevaron hasta el baño grande, le sacaron la ropa y lo metieron debajo de la ducha. La pierna no paraba de sangrar. La vieja no paraba de gritar. Era muy común en ella.

-¿Me podés decir qué pasó y por qué te hacés el grande? ¿Por qué no llorás? ¿Te hacés el guapo? ¡Mirá lo que te hiciste!
-Tranquila vieja, es superficial, no pasa nada. Contestó Ariel, el hermano que solía estar siempre en el momento justo para tranquilizar a la madre.

Lo secaron, lo llevaron al cuarto y le pusieron ese polvito blanco que te ponían cuando eras pibe y te lastimabas. Solo que por el tamaño de la cicatriz se había hecho como un canelón flaco que recorría gran parte de la cara interna de la gamba. Después de unos minutos se había calmado todo. Había pasado el susto y la vieja decidió aflojar. Lo miró descansar a su hijo, que estaba sentado en la cama pero con la espalda apoyada en la pared. Lo abrazó y le dijo:

-Te tenés que cuidar mi amor. Vos sos muy importante para nosotros, no te puede pasar nada.

Sabía que la había pifiado feo. Estaba agotado y casi ni hablaba. Recibió el afecto y se dejó mimar. Se incorporó como pudo y no sabía mucho que decir. No podía responder a la pregunta de porqué no lloró, aunque algo se imaginaba. Tenía una extraña mezcla entre temor y valentía. Es que había estado tan cerca de la gloria.

 

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