Chúcaro

Luca nació en Rosario, provincia de Santa Fe pero de la ciudad del Negro se acuerda poquísimo y nada. Sus viejos se conocieron en una peña unos pocos otoños atrás. La vieja era una tipa agradable, que para cuando esta historia cuenta sus pasos andaba pisando los 50. Del primer matrimonio de su papá, Luca tenía una hermana adolescente que todos los días llevaban hasta el pueblo para laburar en un bar de temporada. Manuel era un tipo de perfil bajo, tenía un tranco parsimonioso; verlo ir de una cabaña a la otra era digno de un plano secuencia del cine ruso. Esa cuestión no le impedía ser un tipo resuelto, dado para las tareas domésticas e incluso que se las ingeniara para la construcción, la pintura y rubros de manualidades diversas.
Manuel y Rosana estaban podridos de la ciudad. Habían vendido lo que tenía cada uno por herencia familiar y se la habían jugado en Nono, un pueblito de Traslasierra, provincia de Córdoba. Allí habían comprado un terreno con la proyección de hacer unas cabañas para no más de 8 o 10 huéspedes. Un lugar en medio de un extenso verde, con las sierras de cortina y a unos dos kilómetros aproximados de la plaza principal.
Sabían que a Malena, la más grande no la iban a poder retener mucho más, que en cuanto finalizara el verano, su partida a la Capital de la Provincia para comenzar sus estudios sería inevitable. Aún sabiendo esto, lo decidieron igual. Porque habían pensado más que nada en Luca. Habían tenido el privilegio de poder elegir ese silencioso lugar para que él creciera. Y así fue: durante los 4 años que duró la primera parte de aquel proyecto el pibe de melena rubia y sonrisa dibujada fue creciendo rodeado de desconocidos (los huéspedes) pero abrazado a su familia y a ese deseo casi editorial de demostrarse que podían la tierra, el viento y los ríos enseñar un cacho más que las tablets, los celulares y las consolas de juego.
Una de las reglas de aquel lugar proclamaba: “childfree”. En criollo: No estaban permitido les pibes, con lo cual la posibilidad de cruzarse con uno estaba vedada de antemano. Cuestión que podía simpatizar a los casados sin hijos, a los que disfrutaban de la lectura a la sombra de los árboles, o de unos mates al regreso del paseo, en las galerías de pisos rojizos. Sin embargo, lo que ninguno de los visitantes sabía es que ahí habitaba un niño, que difícilmente podría pasar inadvertido.
Bermudas de jean, zapatillas de lona sin medias, un buzo a rayas blancas y azules, y una gorrita verde militar puesta casi como pidiendo permiso, como si simplemente estuviera apoyada, pero firme como las inquietudes de aquel varón. Luca llevaba casi siempre la rama seca de un quebracho que le servía para jugar con insectos, piedras, o también en ocasiones esparcir indicaciones a sus amigos de turno. Se movía en una bicicleta negra que le había armado su papá con partes de otras que habían ido reciclando. Les había quedado un prototipo al mejor estilo Cross, con un volante ancho y una altura ideal para poder balancearlo cuando la velocidad se volvía menester.
Casi todos sus traslados iban acompañados de sus inseparables perras: Weimar y Pandora. Corrían alguna que otra ave peregrina, lo ayudaban a hacer migas con los huéspedes, y cuando el fuego ardía estaban siempre prestos a ser congraciados.

-¿Y por qué tenés esas ojotas con dibujos?
-Porque me gusta Star Wars y me las compré en un viaje que hicimos.

Puso cara de sorpresa, como si mi respuesta estuviera incorrecta o como si él no entendiera porque un adulto podía usar algo que a priori remitía a pibes de su edad. Aproveché nuestra primera charla para preguntarle qué miraba en la tele. Fue lo primero que se me ocurrió. Me dijo que no miraba mucha tele, que lo que si le gustaba eran los capítulos de El llanero solitario. Pensé que me hablaba de la pésima remake de 2013 con Johnny Depp, pero no, me aclaró que la serie vieja le divertía mucho.
Nos llevó un par de encuentros más entender en qué clave nos moveríamos. Iba de cabaña en cabaña pero con el correr de esos días, entendí que algo nos volvía cercanos. No lo hacía consciente, fue pasando pero con el paso del tiempo comprendí que la figura de Luca estaba cargada de un montón de sentidos que interpelaban mis recuerdos, mis ganas de volverme a una infancia lejana, cargada de aventuras, de inocencias, pero también de audacia, de afectos, etc. De ese momento en la vida en la que los que podemos, tenemos la oportunidad de mirar como niños, cargados de incredulidad, de ser capaces de dejarse permear por otros, de descubrir, de encariñarse con un desconocido que se vuelve querible, pero también de preguntarse, de cuestionar, y en este caso de mostrar otras maneras de ser niño, en la era de los nativos digitales.

-¡Vení Luca! ¡Ayudame que voy a hacer mi primer chivito!
-¡Dale! Vos podés armar todo ahí en la parrilla y yo tiro el fósforo, ¿querés?

Dudé un poco porque el lugar de la cocción estaba sumergido en medio de la sierra, todo verde, todo sumamente inflamable. No pasó nada por supuesto, pero esos temores se hicieron divertidos, y los compartíamos. El fuego se hizo lento. Yo protegía que no se volara nada y Luca jugaba a mi alrededor. Le gustaba utilizar la rama que llevaba a todos lados, como una suerte de pinche, donde en uno de sus extremos había colocado un corcho. Todo lo hacía con mucha calma, con una mezcla de respeto hacia nosotros, hacia el entorno y con gracia, con mucha gracia. Me fue envolviendo con una tonada que no era acentuada, ni la típica que se suele escuchar por esos pagos, pero sí con una distinta a la mía y a la de mi compañera.

-¿Puedo quemar un poco el corcho este?
-A ver, ¿cómo sería?

Acercó el palo a los brasas de manera tal que se broncearan las dos caras del viejo tapón de algún tinto perdido. Me pareció divertida la idea. Pero no quedaba ahí el plan.

-¿Puedo dibujar con esto sabías?
-¡Ah si! ¡No me digas! ¿Y qué tenés ganas de hacer?
-¿Te puedo hacer un tatuaje?

Le ofrecí mi pierna izquierda para que ensayara su diseño. La verdad es que el tatuaje no se parecía a nada, o bien terminó por ser una gran mancha negra pero nos divertimos como dos grandes amigos que han compartido muchas tardes como aquella. Había oscurecido y cuando ya se sentía el olor de la pieza recibiendo el calor del fuego, se escuchó la voz de Manuel.

-¡Luca vení por favor!
-¡Bueno! – respondió el pequeño mientras recogía su improvisada herramienta de tatuajes con una mano, y con la otra se aprestaba a subirse a la bicicleta.

A la mañana siguiente decidimos quedarnos a pasar un día sin demasiadas pretensiones. El lugar invitaba a quedarse. Unos mates, unos libros, y no mucho más. Un olor puro, fresco, cargado de sonidos sutiles casi guionados, de una brisa leve que acompañaba el reposo. La mirada puesta en la foto del lugar. Hacia donde apuntaran los ojos, el encuadre ofrecía la posibilidad de detenerse, de correr del eje lo vertiginoso para dejar pasar la calma, de poner la mirada en el horizonte, lo más lejos que la pintura permita.
De lejos lo observamos a Luca hacer la ronda por el resto de las cabañas. En algunas se detenía más que en otras. Y en la nuestra, por su ubicación más distante a su habitación, llegaba al final. Nos propuso si queríamos ir a conocer su caballo. Le dijimos que sí y salimos a andar los cinco: Luca, mi compañera, Pandora, Weimar y yo. Al cruzar la tranquera, al otro lado de la callecita de tierra, nos esperaban un potro y una yegua.
Por alguna extraña razón mi compañera y yo mantuvimos distancia. En cambio, el niño trepó dos escalones que cercaban el terreno y enseguida el más llamativo de los ejemplares se le acercó. Lo acariciaba con confianza, seguro de lo que hacía.

-¡Que hermoso que es, Luca! ¿Vos andas a caballo? – Le preguntó mi compañera.
-¡Si claro! Pero a este no porque es chúcaro.

Nos dio vergüenza no saber lo que nos estaba diciendo, pero nos animamos y le preguntamos como buenos hijos de porteños. Nos explicó que chúcaros eran los caballos que no habían sido domados, es decir que no podían ser montados hasta tanto no sucediera lo primero. El potro había sido el regalo de cumpleaños número 10 de Luca. Era color café con manchas visibles en tiza, la más prominente alrededor del cuello, del mismo tono de su crin.
Pasamos casi todo el día juntos. Nos sacamos fotos. Nos hamacamos en el típico columpio con nombre de nacionalidad colgado entre dos árboles de sombras perfectas. Nos mostró un lugar donde trabajaba la tierra con su papá, abono, lombrices y otras especies que preferimos evitar rápidamente. Lo invitamos a pasar a la cabaña para merendar pero se detuvo en la puerta, nos dio la sensación que en eso tenía un acuerdo con sus padres, que nosotros desconocíamos.
Se repitió la secuencia a la hora de la cena pero esta vez Luca tuvo que volver a casa un rato antes. Antes de irse, con el hilo de una de las achuras me ató una pulsera a la muñeca izquierda. Tardé muchísimo en decidir cortarla. Casi sin pensar demasiado nos despedimos hasta el día siguiente, que tanto él como nosotros sabíamos que vendría lo inevitable.
Mientras cargábamos las cosas y vaciábamos el espacio, veíamos como justo al otro lado del terreno llegaban unos nuevos inquilinos. Hasta ahí ni rastros del niño. Tratamos de hacer todo sin apresurarnos para no olvidarnos de nada y nos acercamos a saludar. Por un momento habíamos pensado en hacerle algún presente, pero nos inhibió la idea y desistimos. Como siempre Rosana nos recibió con una sonrisa, mientras Manuel traía los restos de algún desayuno recién recogido.
En eso apareció él. Tenía cara de recién levantado. Atendió al pedido de su madre para que nos saludara y nos regaló un beso tibio a cada uno. Inmediatamente después, casi sin mirarnos, levantó la bicicleta del piso y se marchó a conocer a los recién llegados. No le perdí rastro ni un segundo pero no giró nunca la vista atrás. Rosana, que entendía aquello mejor que nadie, simplemente nos miró y dijo.

-Bueno, es así. ¿Ustedes entienden, no?

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