El cinto (o la pena máxima)

Sabía que la última vez la había sacado barata. Que efectivamente nunca había estado en el cumpleaños de Pili, pero que el fondo de la cuestión -que era el hurto de la plata de su madre- no había salido a la luz. Eso lo tenía intranquilo, temía que algún día lo pescaran y que la condena fuera mucho peor. Así fue como por esos días, decidió que en cuanto la penitencia de dos semanas sin salidas de Halcones & Co. pasara, iría en busca de sus amigos a gastar el saldo que le quedaba para no dejar ninguna huella de su ilícito.
Eran años de bonanza para aquella familia. En verdad así lo sentía Calzoncillo. No tenía ni idea cómo se organizaban sus padres con la economía del hogar. Sólo sabía que la casa había costado mucho esfuerzo y que se estaba pagando un crédito engorroso pero no mucho más. Lo que también sabía por experiencia propia o, mejor dicho suponía, era que el viejo se debía ocupar de lo estructural y que la vieja aportaba para el día a día. Aportaba porque estaba claro que la distancia entre un salario docente y el de un contador del sector privado era grande.
La vieja solía guardar en el placard parte de la guita que ganaba. Esa especie de caja de seguridad improvisada que yacía debajo de la alfombra donde reposaban sus zapatos, le hacían sentir al pequeño que las cosas iban bien, que si del fajo del billetes de $50 faltaba una que otra vez alguno, nadie se enteraría.
VoligomaDurante esas dos semanas Calzoncillo se conformó con ir a la escuela y nada más. Los recreos para jugar a la pelota con una Voligoma o una esfera de papel encintada (en el mejor de los casos con una media de mujer envolviendo el todo).Era eso o molestar a alguna de las compañeras que lo tenían como el insoportable de aquella división. Cuando volvía a casa las opciones se repartían entre: un poco de tele antes de que llegara el viejo (se suponía que ni eso estaba permitido), y otro poco de juguetes en el cuarto. Trataba de esconderse para crear historias con Playmobiles porque le parecía que esa actividad ya no cuajaba con su faceta callejera, así que cuantos menos lo supieran mejor.En cuanto a la caja boba le divertía mucho Los tres chiflados, He-Man, Mazinger Z (que en verdad era herencia de su hermano) y alguna que otra película de vez en cuando, sobre todo los fines de semana. ¡Ahí si que las horas se le hacían eternas! De la escasa oferta audiovisual, Telefé había estrenado hacía poco un dibujito japonés de fútbol que le volaba la cabeza: Los Supercampeones. No había manera de que se lo pierda. Los campos de juego eran kilométricos, por momentos tenían pasajes en los que parecía que iban en subida. Capítulos de media hora de una historia que daba justo en el corazón de su pasión más grandeoliver. Para colmo, el protagonista (Oliver Atom) tenía un amigo y compañero en ataque del Niupi (así se llamaba la escuela a la que concurrían) que era hijo de un artista que viajaba por el mundo, y estaba de paso por allí. Esa historia, la de Tom le generaba empatía a Calzoncillo. Sobre todo, años más tarde cuando un primo de uno de sus amigos vino a la Capital durante un tiempo, proveniente del Bolsón, y con él iban a compartir largas horas de fútbol en la canchita del barrio.
La pena se cumplió un domingo. Ese día el padre había dado por terminada la reclusión del susodicho. Decidió hacerlo mediante Nesquik y unos alfajorcitos de maicena que el menor tanto apreciaba.

-¿Vos sabés que si confiamos en vos no es para que hagas cualquier cosa, no?
-No Pa ya sé. Perdoname, estuve mal.
-Ya está. Dale levantate y andá con tus amigos si querés.
-¿En serio?
-Si, pero a las cinco acá que seguro no hiciste nada de la escuela.

Terminó el desayuno lo más rápido que pudo y salió a la calle. Tenía tanta ansiedad por ver a Los Halcones que no le daban los pies para pedalear más rápido. Ni bien llegó a lo de Fernando se dio cuenta que ahí no estaban. Siguió hacia el club de la vuelta y ahí tampoco. Dio un par de vueltas más y finalmente los encontró en la cortada de Bermúdez donde solían parar de vez en cuando porque les permitía armar una canchita por el ancho de la calle y porque al no tener cruce de autos ni peatonal podían moverse tranquilos.

-¡Eh mirá quien vino Chelo! – arremetió Emilio.
-¿Qué hacés Calzón? ¡Flor de paliza te habrá pegado Luisito eh! – agregó Fernando.
-¡Dale boludo no me jodan!
-¿Che trajiste lo que nos sobró?

En ese preciso momento se le borró la sonrisa de la jeta. Se acaba de dar cuenta que el vuelto de la última salidera lo había escondido debajo de su colchón y que el que lo había despertado hacía apenas una hora era su viejo.

-¿Qué pasa pendejo que pusiste esa cara?
-¡No pelotudo! Me hiciste acordar que me dejé la guita. Bah! ¡No la podía agarrar ni en pedo!

Se le llenó el cuerpo de preguntas. Otra vez lo iban a poner en penitencia pero el castigo podría ser mucho mayor. Dejó la bici tirada a un costado y se sentó en el cordón a pensar. Los otros siguieron jugando a la pelota como si nada. Sabía que era rarísimo que el viejo hiciera la cama, pero que si había un remoto día que lo hiciera, ese era el domingo. Solía darle una mano a la vieja y después se iban a pasear con el auto a algún lado o a hacer las compras al Jumbo de Lugano. Fernando vio que no daba pie con bola. Dejó el partido de lado y se acercó a su amigo. Decidieron que lo mejor era volver, que en una de esas aún no habían hecho el cuarto o que quizás ni se habían dado cuenta.

-¡Chabón si me descubrió me va a cagar a palos!

El jefe lo miró con cara de “tranquilo, vos sabés que no te queda otra”. Dudó pero no podía hacer otra cosa. Si volvía más tarde era peor porque se exponía a que el viejo saliera a buscarlo otra vez por el barrio y lo humille delante de los otros. Cazó la bici al voleo y salió disparado. Al llegar a la casa acababan de terminar de almorzar. No se terminó de percatar si había algo raro en el aire o si estaba todo bien. Pidió permiso y pasó al patio para dejar el rodado. Al volver a la cocina, iba a pasar de largo y cuando estaba por poner un pie en el primer escalón rumbo a su habitación escuchó la voz de la vieja:

-¡Vení por favor!

¡Zas! Se viene la noche pensó. Casi sin mirarlo, la madre le pidió que se sentara. Estaban todos menos el hermano mayor. De frente a la autoridad y a su derecha, otra vez la hermana como aquella vez. Pero esta vez lo miraba con más desprecio aún, cero compasión. Para su sorpresa la que hablaba era la vieja y no su padre que había bajado la mirada, se le notaba que volaba de la calentura. Lo conocía, y ese dibujo del bigote en forma de semi circulo descendente presagiaba lo peor. Calzoncillo escuchó el reto de su madre, sabía que no podía ni chistar. Pero eligió la peor de las estrategias: mentir.

-¡No mamá. Yo no te saqué nada, te lo juro!
-¿Y de dónde salió esa plata entonces? –arremetió la señora.
-¡Una rifa. Eso, una rifa que hicimos con los chicos para juntar plata pa…

En una milésima de segundo el padre estrelló el puño derecho sobre la mesa y los platos que descansaban con los restos de frutas que habían comido se despegaron al menos cinco centímetros.

-¡¿Pero vos me estás tomando el pelo, mocoso?!

Calzoncillo empezó a llorar desconsoladamente. No sabía donde meterse. Tenía terror. Pedía perdón pero sabía que no bastaba. Levantó la vista y vio que el hombre de la casa se empezaba a sacar el cinturón que sujetaba sus jeans. Ya estaba mirando para donde empezar a correr. La hermana quería ser fiscal de la causa y no hizo más que tirar leña al fuego.

-¡Pegale papá así aprende. Es un ladrón!

La miró con un odio semejante que si en ese momento no hubieran estado los progenitores le habría arrancado cada uno de sus rulos oscuros. Trató de escapar aunque no podía ir mucho más lejos que el comedor. A los pocos metros el padre había impactado al menos tres veces con el extremo del cuero marrón (dos en las piernas y uno casi en la cintura que le hizo ver las estrellas). Pegó unos saltos dignos de un Juego Olímpico. Lloraba. Estaba todo colorado de los nervios, pedía disculpas como un políglota experimentado. Mientras se refugiaba en el sillón y se cubría con los brazos la cabeza y todo lo que podía, sintió que la escena era dantesca, que no se terminaría jamás, que ya ni su madre ni su hermana sabían como parar aquello.
Afortunadamente, el cordobés había cesado. Sobre todo, cuando la hermana inquisidora casi como si hubiera perdido la memoria de forma repentina rremetía contra su papá.

-¡¿Pero qué hacés animal. Cómo le vas a pegar así!? ¡Basta!

Peor aún. Ahora si que la quería matar. No podía soportar más tanta humillación. Cuando finalmente, el padre le dio la orden de que desapareciera de su vista, salió disparado al lugar del hecho, allí donde habían hallado la prueba del delito. Cerró la puerta con bronca. Se sacó el jogging y vio tres marcas perfectas de color rosa. Lloraba con congoja. Se tapó de pies a cabeza y se decidió a descansar. Si es que tal cosa sería fuera posible. De lejos escuchó la puerta de calle cerrarse. El viejo había salido. La vieja y la hermana se quedaron charlando en la cocina. Morían por ir a abrazarlo y decirle que ya había pasado pero sabían que esa no era la manera. Él sabía que no le quedaban muchas vidas, que cuanto más tensara la cuerda más rápido se cortaría.

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