Estado cítrico

 

Hacía más de diez años que Damián laburaba en el Estado. Casi que salió de la secundaria y entró, no tuvo otras experiencias laborales más que ser la moto de una pizzería modesta de su Mataderos natal.
Hizo de todo en su larga carrera en el Gobierno de la Ciudad. Arrancó con cadetería, pasó a tareas administrativas y con el correr de los años fue haciéndose del lugar que lo hacía sentir más cómodo: la calle, lo cual le daba además cierta autonomía de sus superiores. Remitir a alguien, presentarse a tal hora en la oficina, salir directo a hacer lo suyo, sin que nadie lo jodiera demasiado y algunos días en la semana volver al escritorio para que su jefe recolectara las planillas acumuladas, alguna que otra boleta y otras nimiedades.
Damián fue siempre un buen tipo. Tímido pero no sumiso, respetuoso pero no obsecuente, simpático pero no histriónico. Con el tiempo había accedido a un sueldo que le alcanzaba para sus cosas, las de su compañera y las de su hijo León. Jamás se puso la camiseta de ninguna gestión pero valoraba mucho a sus compañeros, al laburo como tarea de todos los días, como sustento pero también como espacio donde encontrarse con gente que hacía la vida más grata, con quienes poder compartir un mate, una charla, una joda, y a veces también alguna que otra discusión.
Políticamente Damián no era una persona apasionada. Su política era el respeto por el laburo, por los compañeros y las compañeras. Le reventaba que lo boludeen, que no consideren las condiciones en las que muchas veces hacían sus tareas, y en ocasiones cuando eso pasaba, sin hacer demasiada alharaca, se tomaba el trabajo de hacerlo saber.
De un tiempo a esta parte, la dinámica que él había encontrado en su laburo estaba sorteando algunos baches. Unos meses atrás había cambiado la gestión. En verdad era la misma, pero sucedía que el partido que gobernaba en la ciudad había ganado también en provincia, y en consecuencia también en el resto del país. Situación que obligó a que las autoridades de medio y alto rango se mudaran todos a cubrir otros cargos del batallón burocrático, apurando a más de un soldado en su carrera profesional.
No es que hasta ese entonces sus jefes eran carmelitas descalzas pero habían aprendido a respetarse mutuamente. No sin sobresaltos, en la praxis de todos los días habían andado cada uno con sus vicios y ya sabían unos y otros, hasta dónde podían tensar la soga para que no se rompa.
A Damián jamás lo iban a ver aparentando ser algo que no era. Tenía una mochila tipo de lona, de un negro que ya no era tal, calzaba unos jeans livianos con los flecos algo deshilachados, zapatillas de esas que parecen tejidas en colores diversos, y de vez en cuando alguna que otra remera de Morrison, de Divididos, o de alguna otra banda.
Corría el mes de mayo y se venía su cumpleaños. Justo ese día le tocaba estar todo el día en las dependencias del Estado. Le sonó el timbre de su interno y eso le extrañó.

-¡Hola Damián! ¿Queríamos saber si habías recibido la invitación para festejar tu cumpleaños el día viernes en la central? – señaló con gracia una voz femenina-.
-¡Ah si, si gracias! Lo recibí.

En verdad su natalicio era el jueves, pero se estilaba que juntaran a los cumpleañeros de un mismo sector y el último viernes de cada mes se celebrara entre todos. El tema era que sino te tocaba trabajar justo en la oficina central, era para muchos una molestia acercarse hasta allí porque hasta te podía tocar que fuera en contra turno de tu jornada laboral. Jamás hubo problema con aquello, Damián había dado por sentado que no asistiría.
Sin embargo, ya con sus radiantes 37 años, el mismo viernes por la mañana sonó su celular de un número que no tenía agendado.

-¡Hola Damián! ¿Queríamos saber si estabas viniendo al festejo de tu cumpleaños?
No sabía qué responder. No lo podía creer. ¿Desde cuándo me toman asistencia en mi propio cumpleaños? -pensó-.
-Eh…Mirá, no la verdad es que se me complica un poco ir porque a la mañana estoy con mi hijo en casa, ¿viste?
-Claro, el tema es que: ¿Viste que notificamos por el correo interno que a partir de este año, estos eventos son obligatorios?

No era de enojarse fácilmente, pero no podía creer lo que estaba escuchando. Respiró hondo, sin perder la calma y respondió.

-Mirá yo entiendo que vos no tenés la culpa, que te piden que nos avises de esto, pero la verdad es que yo no me voy a presentar. Es bastante absurdo lo que me planteas.

Para casi todo en la vida Damián tenía una sonrisa. Era de esos que antes de putearte lo pensaba unas cuantas veces. Pero hacía un tiempo que se sentía desencajado en el espacio que más habitaba, después de su casa, claro está. Era parte de la planta permanente y con eso, al menos en principio, sentía que su permanencia no corría riesgo. Pero lo habían movido de un lado al otro. Inspeccionó en las calles de distintas comunas la contaminación visual de los comercios, las marquesinas; también frecuentó los edificios de algunos barrios buscando saber si los porteros hacían la separación de residuos; y últimamente andaba por zonas más céntricas controlando que las obras en la vía pública contaran con la seguridad y la señalización correspondiente.
Su nuevo superior se llamaba Lautaro Gómez Estrada. A Damián el doble apellido ya le imprimía un dejo de distancia. “Lauti” –así pedía que lo llamen- solía caer con pantalones pinzados color café claro, zapatitos esos que van sin medias, y camisas en tonos claros, a rayas o con detalles en composé, siempre perfectamente planchadas. Con Damián se conocieron a los pocos días de las últimas elecciones, cuando entre los laburantes de aquel Ministerio reinaba la zozobra por lo que vendría.
Efectivamente Lauti no vino sólo, estaba acompañado por un montón de otros desconocidos, que con suerte habían llegado a este lado del Río de la Plata a inicios de los 90`, y en sus nuevas funciones se sentían cómodos, plenos, incluso sorteando con creces las situaciones que pudieran ser embarazosas. De estas últimas hacían gala, las convertían en oportunidades. Hablaban patinando algunas letras, raspaban mucho la “s” por ejemplo y a menudo frecuentaban palabras como: team, coach, meeting, point, etc.
Algunos amigos de Lauti ya estaban en ese Ministerio y habían sido abofeteados al ascenso. Unos y otros se abrieron camino con los antiguos laburantes al ritmo de preguntas como: “¿Cuántos son en este sector?”; “¿Vos sos de planta o contratado?”; “¡Pero pará! ¿Vos me decís que para hacer esta pavada, son quince personas?”. A priori, parecían desconfiar de casi todas las respuestas.
Para Damián fue muy pesada la adaptación al nuevo equipo. Jamás fue un tipo que se meta en quilombos. Valoraba mucho a sus compañeros, a los que conocía hacía mucho, y sentía que todo aquello se le estaba tornando un poco agresivo. Fueron pasando los días y trató de encontrarle la vuelta, de no enroscarse. En definitiva, aquel era su espacio, él había llegado primero y no iba a dejar pisarse por un par de muñecos de cotillón.
Un lunes Damián arrancaba la jornada con sus camaradas más cercanos y en un momento un supervisor se acerca y les dice que el miércoles debían presentarse todos una hora antes porque iban ir a la Avenida Avellaneda para dar una mano con el tema de los manteros. Sabían que, laburar en el Estado tenía esas cosas, si un superior les pedía que tal día había que cubrir una tarea en la vía pública para otra dependencia, era parte del juego. Hasta ahí nada nuevo. Él estaba ya un poco molesto porque todo el tema de los vendedores ambulantes le había parecido una prepoteada, pero mucho no podía hacer.
Eran seis los laburantes de aquel departamento que fueron trasladados en una combi hasta la zona que hacía unos días había vivido uno de los momentos más violentos de los últimos meses. Dos cosas le llamaron la atención a Damián. La primera fue que les avisaron que por esta vez no usarían pecheras ni nada que los identificara con el Gobierno de la Ciudad. La segunda era que al bajar de la combi, se les sumaron tres tipos que jamás habían visto. Si bien él sabía que no era normal no conocer a alguien en el Estado, el aspecto de esos tres le pareció un tanto extraño.
Simplemente les dijeron que recorrerían la zona para certificar que no quedara ningún puesto en la vereda impidiendo la normal circulación de los vecinos. Damián estaba incómodo, esos tipos no le daban buena espina. Caminaban algo dispersos para no llamar demasiado la atención. En cuanto podía chusmeaba algo con sus compañeros, pero siempre con mucha precaución.
Habían pasado pocos minutos del mediodía, y la temperatura se tornaba insoportable. Bancos de cemento, pilares de cemento, canteros de cemento levantaban la térmica considerablemente. En ese clima, cientos de personas paseaban con sus carritos llenos de mercadería, iban por la vereda, por la calle, esquivando autos en doble fila, bocinas, etc.
La mitad del grupo había quedado unos metros atrás y entre ellos estaba Damián, cuando de repente vio como los tres desconocidos se abalanzaban hacia un tipo que tendría unos 40 años, equipo de jogging bien cuidado, y unos atados de limones en sus manos.

-¿Qué hacés la concha de tu madre? ¿No sabés que no se puede vender más en la vía pública?
La primera reacción del hombre fue agarrar su mercadería. Pensó que lo estaban asaltando. Le temblaba la voz.
-¡Pará chabón! No estoy parado en la vereda, me voy moviendo para no joder a nadie.

Lo dijo con miedo, tratando de no alzar la voz. Uno de los tres secuaces no le soltaba la campera, otro lo rodeaba y el tercero hablaba por radio un poco más lejos. Ahí nomás, los empleados públicos miraban atónitos. No entendían nada. Damián estaba pálido. ¡¿Qué mierda pasaba?! –se indignaba-. Quería salir corriendo, que lo sacaran de ahí de una buena vez y hubiera querido no haberse subido jamás a esa camioneta. Se quedaron unos minutos sin saber mucho qué hacer.
Damián no le sacaba la mirada de encima al presunto infractor. Quería pararse al lado suyo y cagarse a piñas con los otros tres. Pero no, jamás se había agarrado a trompadas. Los limones yacían en el piso. Damián reparó en ellos. Recordó que cuando la línea A estrenó los coches nuevos, los habían bañado en un aroma como el de aquel cítrico y pensó lo mismo que en aquella ocasión. Que todo aquello que a simple vista sabía a nuevo, a pulcro, se iría pudriendo poco a poco. Que ese aroma tan monocromático se iría pareciendo cada vez menos a su envoltorio y más a esos tres tipos que él ni sus compañeros habían visto jamás.

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