“Jackie”: Retrato de un duelo público

Hacer una película con uno de los hechos históricos más representados en el cine y lograrlo con un enfoque novedoso es, en sí mismo, un gran mérito. Llega a nuestras salas “Jackie“, del chilenoPablo Larraín (“El Club“), un largometraje que se intromete en las 72 horas posteriores al asesinato de John F. Kennedy y la exposición de una mujer atravesada por un duelo que es más público que íntimo. El hombre que acaba de ser herido de muerte y cae en su regazo, era su marido y al mismo tiempo el presidente de uno de los dos países más poderosos del mundo.

“Jackie” no es una biopic. No persigue una narrativa con la cronología típica del género. El guión altera su relato en tiempo y forma. Larraín se pone en la piel de su heroína, transmite su angustia, su salida a un mundo que la mira con compasión pero en un contexto de absoluta exposición. Para eso la película se apoya en dos sucesos mediáticos: El primero es el famoso especial televisivo emitido en 1962 por las cadenas CBS y NBC, en el que Jacqueline Kennedy abre las puertas de la Casa Blanca para mostrar al público una intimidad pocas veces exhibida y el segundo es la entrevista que le hizo el periodista de la revista Life, Theodore H. White (interpretado por Billy Crudup) a los pocos días del magnicidio.

El relato va al ritmo del drama, y en ese camino hay un factor excluyente: Natalie Portman. Sí, ella lo hizo una vez más.La actriz vuelve a estar a la altura de la recordada “El Cisne Negro”. Cuenta el director chileno en una entrevista que dio antes del estreno de la película que ella fue su condición para aceptar encarar este proyecto. La reconstrucción de los momentos televisivos recorriendo los ambientes de la Casa Blanca son de una mimesis perfecta. El vestuario, el tono de voz, la ubicación de la cámara, hacen un todo inobjetable.

El 22 de noviembre de 1963 la protagonista de esta historia se negó a cambiar su vestuario. Ella, que había sido para la época todo un símbolo de la moda, se negó a cambiarse de ropa. El film juega con eso, con el tándem entre ficción y realidad. La distancia de la cámara es tan próxima a su artista que nos da la sensación de estar ahí, respirando con Jackie. El presidente número 35 de la historia de EE.UU. acaba de morir en Dallas y el mundo entero hacía foco en ese hecho.

La película no indaga en la infancia ni imagina el futuro de su heroína. Se queda en ese presente insoportable, representado por una mujer que rompía, sin desearlo, su envoltorio de ícono generacional, descubriendo sus fortalezas y debilidades. En el cruce de sensibilidades, sueños interrumpidos, ambiciones y hombres de poder –dentro de los cuales estaba Bobby Kennedy (Peter Sarsgaard) – desesperados por mantener el protocolo que disimulara las turbulencias del caso.

En definitiva, la Jackie que descubre Larraín es esa que deja de ser una mujer como elemento decorativo, que se ocupa de cómo mostrar el nombre de su familia al mundo, para pasar a ser zamarreada por un presente que la expone en un duelo que trasciende largamente la cuestión individual.

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