La casa de los valores perdidos

En un mundo de apariencias, donde todo está más cerca de parecer que de ser, la película El hombre de al lado resulta ser un aluvión de aire fresco, crítico e innovador. Un ejercicio certero que pone en cuestión la difícil tarea de hacer prevalecer el discurso, la práctica por encima del producto terminado.

Seguramente que los preocupados de siempre por el final feliz, por el guión que lo cierra todo, no habrán quedado conformes con las formas y el desenlace de esta historia. Sin embargo, en ese hecho encuentro el valor más alto de la película que dirigió Gastón Duprat. Se trata de ese instante donde se descubre al protagonista como un ser capaz de encontrar más simplicidad en el hecho de dejar morir a un hombre, en lugar de socavar de una vez por todas las estructuras que construyen su tan frágil cotidianidad.
Desde una puesta muy particular (casi no se le ve el rostro a los protagonistas, o se los descubre de manera “incómoda”) la película, a mi criterio, intenta aportar a una mirada singular a este presente tan regido por el mercado y sus aristas más potentes y más difíciles de reconocer en el día a día. La imagen, la estética y el “buen vivir” de una clase de sujeto conformista, conviven en esos personajes y en esa casa pensada por el gran Le Corbusier y allí presentada como el cúmulo del más opresor de los hormigones.
No valdría la pena detallar aquí todas esas aristas por las que considero que vale la pena visitar esta obra audiovisual. En todo caso, la propuesta está hecha para tener un acercamiento a un tipo de cine que no se quede en lo pequeño y superficial sino que muy por el contrario, le permita al espectador sentirse reconocido en esas relaciones humanas, para tratar de poner en cuestión cuáles son los valores actuales que conserva una relación de un padre con un hijo, de un matrimonio, de un compañero, etc.
Seguramente que más de uno ya habrá visto la película de la que aquí les hablo pero si sienten que no encuentran relación entre mis palabras y la obra aquí comentada, o si creen que amerita responder estas líneas o cuestionarlas; entonces, recién ahí, podré pensar que esto ha tenido sentido. Si por el contrario todavía no lo han hecho, el ofrecimiento está en pie. La propuesta es detenerse un instante en El hombre de al lado y a su paso permitirse pensar cuáles son las estructuras con las que uno convive en “su mundo” y si vale la pena criticarlas.
Para terminar, incorporo una cita que de alguna manera permite justificar, a mi criterio, la importancia de esta película: “Debemos recuperar y situar el poder de la conciencia, entendida como la facultad que permite acceder a la comprensión del proceso social”[i]

[i] Armand Mattelard – Para un análisis de clase de la comunicación

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