La derrota

Cuando se mudó a esa casa tenía solo 6 años. Hasta ese entonces había compartido la habitación con sus dos hermanos mayores, con lo cual ese nuevo destino tenía sabor a aventura. Tendría una pieza para él sólo, lo que a priori podría ser una ventaja pero para su corta edad era todo un desafío. Dormía noches enteras tapándose la cabeza con la almohada para escuchar la menor cantidad de ruidos posibles, e incluso cuando no aguantaba más exigía un recoveco entre los pies de los hermanos o de sus propios viejos.
Eran años de mucha alegría para los 5. Es cierto, se habían endeudado hasta el cuello y no sabían lo que vendría a la salida de los 90` pero ahí, detrás de esas rejas color sambayón, la mayoría de las cosas sabían a años felices. Parte de ese clima eran las tardes en que la vieja se ponía a baldear la vereda aprovechando que el viejo no estaba en casa y por ende el Sprint tampoco. La escena la completaba el pendejo. Le encantaba jugar en calzoncillos a la vista de todos. Le sacaba la manguera a la vieja, repartía detergente para todos lados, y sobre todo adoraba treparse a la cima de aquella entrada llamando la atención de muchos de los que pasaban por allí.
Entre los curiosos de saber de qué se trataba esa nueva familia que había llegado al barrio, había una bandita de pibes. Eran 4: Fernando era el más grande y bravo de todos (11), Pili era un reo bárbaro y tenía una pronunciada tartamudez (7), el Chelo era más bien tranquilo (7) y no le gustaba que lo jodieran mucho, y a Emilio (9) que tenía un ojo de vidrio, le gustaba mucho sentarse en las esquinas y ver las minas pasar. Es cierto, eran pibes pero iban a coro de la voz de mando, así que hacer cosa de grandes era parte de sus vidas.
A las pocas semanas, la banda que se la pasaba pateando por esos pagos, empezó a tomar confianza con el pibito de los calzones. A tal punto, que empezaban a gastarlo “Eh! Calzoncillo, bajate de ahí que te podés lastimar” Y a él eso no hacía más que cebarlo, el cometido estaba cumplido. El más grande una tarde de verano se animó y la encaró a la doña:

  • Disculpe señora, ¿le molestaría si “calzoncillo” viene a jugar con nosotros?
  • Eh…No está bien, pero un ratito nada más eh.

En verdad dudaba de si dejarlo ir pero le pareció que esos pibes eran buena gente, así que le pegó el grito.

  • ¡Dale andá. Pero a las 7 acá que llega papá eh!

Era el verano de 1987 y ese permiso sería la puerta de entrada a una amistad que duraría años. Pocos meses después Calzoncillo terminaría yendo a la escuela con el hermano menor de Fernando, cuestión que exacerbó todo mucho más. Se la pasaban boludeando a la salida de la escuela. En verdad entre Elías, y su hermano Fernando no había mucha empatía, así que la relación era con la banda. Jugaban a la pelota en el club de la vuelta o en el baldío que estaba llegando a la Gaona, compraban galletitas sueltas en lo de Marta, y sobre todo les gustaba vaguear en el fondo del taller mecánico que tenía la familia de los hermanos.
Calzoncillo fue creciendo al ritmo de la calle, la escuela y la tensión que se había generado entre sus viejos para ponerle un freno a las “libertades” que su hijo menor tenía en general. La discusión pasaba por si cortarle las alas o bien, dejarlo que se vincule con el barrio, con gente de otros estratos, que crezca de una forma distinta a la que lo habían hecho sus hermanos.
Corrieron los años, las peleas, los regresos a casa lastimado por alguna travesura, y ellos seguían ahí. No tan firmes porque ya la diferencia de edad se hacía muy marcada, pero les encantaba estar juntos y no había manera de concebir esa infancia sin aquel grupo.
Una tarde de sábado mientras potreaban por una calle tranquila, estaban buscando hacer algo que los motivara un poco. La dinámica era casi siempre la misma. Se pensaba en una travesura que los divirtiera y le pusiera un poco de picante a la cosa y Fernando era el encargado de designar quién la llevaría a cabo. Por lo general, los más novatos tenían los números para ir al frente. Y en eso, Calzoncillo era bastante osado para poner la cara por el resto.
Sobre un árbol cerca de la esquina alguien había dejada tirada una escoba curtida. La agarraron sin dudarlo y decidieron que lo mejor iba a venir cuando abriera el próximo semáforo. Pili dijo que no se animaba ni en pedo así que Calzoncillo empezó a hacerse a la idea. Se la sacó de las manos y la mojó en la zanja más cercana.
Ese día Emilio no había podido estar. El mayor de todos dio las órdenes y los otros tres estaban cada uno en sus posiciones. Chelo y Pili casi que habían empezado a correr antes de tiempo. Calzoncillo aguardaba agazapado en una casa que tenía un portón que no se abría hacía años. Miraba hacia la avenida y en cuanto vio el amarillo del semáforo se paró. Se percató de que en la fila de autos venían: una moto, una camioneta y dos autos. Pensó que lo mejor sería que impacte en el último así le daría más tiempo a escapar. Respiró hondo, le temblaba la mano pero la adrenalina lo hacía sentir bien. En cuanto pasó el tercero de la fila desenfundó la escoba que tenía escondida detrás suyo. Acomodó la parte del cepillo hacia delante, estiró el brazo bien atrás y lanzó cual jabalina de Juegos Olímpicos.
El impacto fue tan preciso que ingresó por la ventanilla trasera de un falcón rojo que al sentir el ruido, no dudó un segundo en detener su marcha. Ya había empezado a correr hacía unos segundos, el corazón se le salía de la boca. No pudo divisar a sus amigos. En verdad el más cercano era Fernando y a Pili lo vio doblar en contramano por el pasaje Hinojo en dirección a la avenida. No podía mirar para atrás pero sintió que algo había salido muy mal.
La fortuna no jugó de su lado. El falcón era de un oficial que iba de civil. Detuvo su marcha, sacó el brazo por la ventanilla y colocó esas sirenas que se imantan al techo de los autos. Dibujó un semicírculo marcha atrás y aceleró cuanto pudo. Fernando y Calzoncillo no habían corrido 50 metros, cuando se dieron cuenta que lo mejor era parar. No podían ni hablar de los nervios. El ruido de la sirena y la luz, que se proyectaba en la pared le daba un marco que jamás se imaginaron. El tipo era gordo, tenía una camisa a rayas azules con los primeros 4 botones abiertos.

  • ¿Quién carajo fue el pelotudo?
  • ¡Fue Pili! Un amigo nuestro que salió disparado para allá! – contestó tartamudeando Calzoncillo.
  • Mirá pendejo te doy 5 segundos para que desaparezcas de acá antes que te llene el culo a patadas. ¡Salí, salí, vuelen de acá!

Cuando el dudoso oficial empezaba a decir “tr…” los dos amigos ya estaban en el fondo del taller agitados y estupefactos. Se miraban sin hablar. No podían ni sonreír por lo recién vivido. Finalmente el tirador acusó.

  • ¡Yo que sabía que iba a ser rati el chabón, boludo!
  • Ya está, ya está. Zafamos menos mal – lo tranquilizó el líder.

Sabía que estaban a salvo pero a él había algo de todo lo que había pasado que ya no le estaba gustando. Pensó que quizás era hora de hablar con los viejos. Aunque sabía que lo separarían para siempre de sus amigos y eso era algo que no podía soportar. Dejó pasar un rato hasta que le bajara el cagazo y volvió a casa. Se había hecho tarde y la vieja estaba preocupada. Le preguntó qué había pasado que tenía esa cara y estaba tan transpirado. Le dijo que nada, que habían estado toda la tarde jugando a la pelota, con unos pibes muy sucios. Trató de aparentar enojo por una supuesta derrota. Ella lo miró, había algo que no le cerraba.

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