La humedad

Estaban sentados en el cruce de dos avenidas bastante transitadas. Era la esquina de una papelera que a esa hora de sábado permanecía cerrada. Las bicicletas desparramadas en la vereda y ellos sentados en el escalón con la espalda pegada a la persiana. Cindor en mano y anillitos de colores comprados en lo de Marta, la galletitera que vivía en la esquina de lo de Calzoncillo. Les divertía quedarse ahí, gritarle cosas a las minas que pasaban, con más inocencia que deseo. La mayoría de ellos no había besado en su vida. Aunque se daba por descontado que Fernando y Emilio ya lo habían hecho y gastaban a los más pendejos por esa faltante en el currículum.
Era invierno y en una de esas pasó una piba de unos 16 años. Flequillo stone, jean claro, polainas y zapatillas topper blancas. Los más grandes arrancaron y el resto siguió tímidamente.

-¡Yegua! – Lanzó Fernando
-¡Potra! – Agregó Emilio
-¡Hola mi amor! – se prendía Calzoncillo

La piba ni bola. Eran demasiado pendejos para que siquiera atinara a levantar la mirada. El último en gritar estaba por cumplir los 9 años y se prendía en todo lo que proponían sus amigos. No tenía ni idea a veces de lo que exclamaban ellos. De hecho, era tan torpe sobre el tema “mujeres” que una vuelta de regreso en casa le contó a sus viejos que solían gritarle cosas a las chicas que pasaban por la calle. Los padres se sorprendieron pero se la dejaron pasar. Pensaban que era demasiado chico para eso, pero que indudablemente era un problema más, propio de las malas compañías.overall
En el colegio Calzoncillo y Elías, el hermano de su mandamás, eran los más bravos del curso. Las madres de sus compañeras hacían malabares para que sus hijas no tuvieran nada que ver con los guapos del B. Sin embargo, no eran edades que ameritaran mareos con esas cuestiones. A Calzoncillo le gustaba agarrarsela con las más introvertidas, o molestar a la gorda del curso pero no tenía tampoco saña con ellas. Preferían descansar al traga del curso o incidir para que Martín, el pibe que cursaba en esas “divisiones especiales” llamadas de “recuperación”, hiciera alguna de las suyas.
En el barrio, dentro de Los Felipes estaba Julito, un pibe bastante piola que vivía a la vuelta de la casa de Calzoncillo. Era medio fanático de los autos y solía lavar el de su viejo en la puerta de su casa. Incluso a veces se lo podía ver manejando por el barrio a pesar de que no tenía todavía el registro porque su dni declaraba 16 años.
En las filas de ninguna de las tres bandas (Stones, Felipes y Halcones) había mujeres pero si había hermanas de. Y este era el caso del fanático de los fierros. Tenía una hermana de unos 14 años que se llamaba Mónica. De tez trigueña, como toda la familia, con carácter fuerte, y a la cual solían admirar más por su actitud que por su belleza.
Era divertido para Los Halcones pasar por esa cuadra y pispiar en qué andaba la piba de la. Solía usar los típicos jardineros de jean que en esos tiempos iban de moda con alguna musculosa de Morley debajo. Era voluminosa y para muchos librepensadores de la zona era “la gorda Mónica” a secas. Si bien era más grande que la banda de Fernando y sus socios, solía juntarse con ellos a pavear de vez en cuando. Les divertía verla pelearse con su hermano; o mismo, muchas veces Julito los invitaba a que lo ayudaran con la limpieza del carro familiar.
Una tarde de domingo algo aburridos se habían juntado en la casa de aquellos hermanos pero en esa ocasión Julito se había ido con su banda a vaguear por el barrio y sus padres a misa en la Iglesia del Berthier, que estaba a pocas cuadras de allí. Hacía días que Fernando se había puesto cargoso con Calzoncillo. Quería que diera su primer beso pero el pibe no quería saber nada. Incluso le jodía muchísimo que hablara de eso delante de Mónica, porque sabía que se lo estaba haciendo a propósito.
Calzoncillo era de tez blanca, el pelo lacio pero con alguna ondulación que hacía que le cayera un jopo medio nostálgico sobre la frente. Tenía muchas pecas en la nariz y a pesar de su fidelidad hacia la banda y su capacidad de ir al frente en otras situaciones, cuando algo lo ponía incómodo se le notaba enseguida porque de tan colorado que se ponía le desaparecían las pecas. No había forma de disimular.

-¡Dale gorda no jodas, dale un beso a Calzón! – Arremetió Fernando
-¡Dale boludo, no lo jodas. No ves que no quiere! – Trató de cubrir ella al descansado.

En el fondo le tenía compasión. Ella ya había besado a un par de pibes del barrio y entendía que el juego era ese. Que Calzoncillo quería besarla pero que ella era muy grande y que eso la convertía casi en una excentricidad. Y a él no le cerraba la propuesta porque sus amigos le proponían que besara a la que todos reconocían como “la gorda del barrio”, y sabía que después del hecho consumado se venía el gaste por lo acontecido.
El aspecto físico lo tenía sin cuidado. A decir verdad un poco le atraía el exceso de certezas carnales pero lo pensaba desde un lugar muy infantil. No tenía ni idea de lo que era besar, no sabía ni como empezar. ¿Y si ella abría la boca? ¿Había que sacar la lengua? ¿Con las manos qué?
Lo cierto es que esa tarde se empezó a consumar el hecho. No eran muchas las veces que estaban solos en una casa y menos con una piba. Lo más parecido era el taller de Fernando pero ahí lo único femenino que había eran los pósters cual pared de gomería. Lo fueron acorralando. Mientras el líder del grupo no le daba tregua, se habían sumado Pili y hasta el mismísimo Chelo, al que Calzoncillo tenía ganas de partirle la cara porque estaba seguro que él tampoco había besado jamás.

-¿Bueno pero vos querés o no? – Las palabras de Mónica fueron una trompada para él.
-No es que no quiero pero estos giles me gastan…

Se la dejó picando. Fernando sabía que su amigo ya no la estaba pasando bien y tampoco era cuestión de boludearlo tanto. En el fondo quería que se le diera. Así que mientras juntaba la bici, agarró a los otros dos secuaces y les dio la orden:

– Listo pendejo nosotros nos vamos. Arreglate vos. ¡Eso si! No arrugues eh!

En ese instante sintió que se lo tragaba la tierra. Veía a sus tres amigos salir por la puerta y no lo podía creer. Hubiera preferido mil veces que lo gastaran todo el día pero no que lo dejen ahí, con ella. Mónica se dio cuenta enseguida y le dijo que se quedara tranquilo, que sino quería no iba a pasar nada.

-¡¿Pero vos no entendés!? Si me como los mocos, me van a volver loco. Además…

No terminó de decir “ade” que ella ya se había acercado demasiado. ¿Pero cómo? Le acababa de mentir en la cara. El escenario era el patio de la casa. Era de esas a las que se accedía a través de un portón. Un gran espacio al aire libre, baldosas en rombos grises y marrones; la escalera hacia la terraza y en el perímetro las distintas puertas a las habitaciones, el comedor y la cocina. Se había terminado la espera. Calzoncillo sabía que el final estaba escrito. Bajó la mirada lo más que pudo, casi podía mirarse los talones.
Estaban parados frente a frente. Entre ellos había unas banquetas tapizadas en cuero beige que ella corrió cuidadosamente. Tan cerca se encontraban que pudo sentir un olor que no había percibido jamás, no sabía bien que era. Él casi no respiraba, le parecía que la panza se le iba a partir en dos. El buzo que lo cuidaba del invierno pesaba como si fuera de alta montaña, se lo hubiera arrancado de un tirón. Ella cubrió la cara de Calzoncillo con ambas manos. No lo sujetaba, era una caricia. A él no le quedó otra y tuvo que mirarla a los ojos. Sin embargo, vio que cuando la humanidad ajena le apretaba el pecho, y ella empezaba a girar levemente la cabeza, al mismo tiempo cerraba sus ojos. Eso le facilitó la tarea, así que como quien responde a un reflejo innato giró la cabeza en dirección contraria a la de su oponente.
Después de aquel movimiento se quedó quieto, esperando el paso siguiente. Ahí nomás sintió el calor de los labios de Mónica. Imitó el movimiento, cuando ella comenzaba a abrir la boca y alargar su lengua. Se sentía una presa, no entendía nada. ¿Por qué no le avisaron? ¿Quién dijo que esto era así? Sacó la suya tímidamente pero no pudo igualar la agilidad que ella demostraba. Se vio ultrajado. Sabía que lo que acaba de pasar no se lo iba a olvidar en su vida pero no sabía la connotación que tendría aquel recuerdo, con el correr de los años.
Cuando finalmente aquello terminó, se quedó perplejo en el lugar. Atinó a sonreír pero no quería que ningún paso en falso le limpiara la humedad que sentía en los labios. Quiso decir algo pero no sabía bien qué. Del otro lado del portón: Fernando observaba por la cerradura de la puerta, mientras que Pili y el Chelo estaban literalmente tirados en el piso a ver si por la hendija que quedaba entre la rampa para autos y el portón llegaban a pescar algo. Estaban inmóviles. Se morían de risa por dentro pero lo que les sobraba era envidia.

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