La mano en la lata

Short azul y amarillo. Medias de fútbol sabor toalla, con dos rayas negras en la parte superior. Remera blanca y arriba un buzo negro por si refrescaba. Estaba sentado en la esquina que solían encontrarse cuando hacían una de estas.

-¿Trajiste eso calzón?
-Si boludo, pero dale vamos rápido que tengo cagazo que mi vieja se avive.
-¿Cuánto nos quedaba de la otra vez?
-Unos $15. Así que agarré otros $50. Pero vamos porque no pasó mucho tiempo de la última vez…

Mientras caminaban las diez cuadras que los separaban de aquel lugar se fueron sumando Pili y el Chelo. Emilio no iba porque decía que era para pendejos y no le divertía. En otras épocas había sido un estacionamiento pero hacía poco más de un mes que habían inaugurado un parque de juegos que para los pibes del barrio era la gloria. En verdad para los que podían pagar. Un toro mecánico, 3 camas elásticas, un par de metegoles y alguna cosa más. No faltaba el pochoclero, la garrapiñada y otras yerbas. Los fines de semana explotaba. Era justo enfrente a la escuela que asistían dos de Los Halcones y algunos amigos más.
Era martes y a eso de las siete y media de la tarde estaban los cuatro ahí. Calzón sacó la plata e invitó dos vueltas para todos en las camas elásticas. En verdad, no había para todos al mismo tiempo pero cuando al fin les tocó su turno, Pili se bajó acusando un sospechoso dolor de estómago. Sentían que volaban. Saltaban al unísono y descargaban una carcajadas que incomodaban a los allí presentes. Cuando el cuidador se distraía volaba algún que otro escupitajo. Les divertía complotarse contra uno y castigarlo pero la tenían que hacer con carpa. Ese día le tocó al chelo, que con tanta mala suerte recibió uno de Fernando, justo sobre el ojo izquierdo, casi no podía abrirlo. Para su fortuna y la del resto, el tiempo se pasó rápido, los quince minutos que duraba el vuelo de acróbatas había terminado.
Después de ahí bajaron y se desafiaron al metegol. Fernando y Pili contra Calzoncillo y el Chelo. En eso sí que se destacaba este último. Jugaba siempre abajo y no había manera de hacerle un gol. Era en una de las pocas cosas en las que se destacaba. Fue paliza: 6-1; 6-1; y 5-2. Se cortó cuando Fernando se hartó de perder, no le gustaba ni un poco.
Empezaba a oscurecer y decidieron ir a lo de Picuco. Era un bolichón, más rotisería que restaurant. El único comercio de una calle triste. Lo atendía una familia que tenía dos hijos un poco más grandes de edad (y tamaño) que Los Halcones. Se tenían de punto, unos a otros y viceversa  Eran mellizos y uno de ellos era el Gordo Iván que hacía los repartos y a Calzoncillo no lo podía ver ni en figuritas. Se sentaron en una mesa, Fernando pidió milanesas con papas fritas para todos y una coca grande (venía de vidrio en esos años). Cenaron, aunque más bien era una merienda tardía, charlaron e imaginaron en que iban a gastar la guita que les había quedado de vuelto. Una posibilidad era ponerla en el ciclomotor de Ariel, el pibe de Los Felipes que solía prestárselos de vez en cuando. Les gustaba cambiarle cosas, un foquito, los puños del volante, hacerle algo de mecánica si hacía falta pero de eso se ocupaba Fernando que era el que sabía.
Volvieron caminando al taller y fueron perdiendo a Pili y al Chelo en el camino. Calzoncillo no tenía muchas ganas de regresar a la casa pero sabía que ya era la hora. A veces le gustaba tirar más de la cuerda para ver cuánto se estiraba. Entraron a la tapicería de Américo y Teresa, los padres de aquella familia y se pusieron a pavear entre retazos de telas, cueros y resortes. Les gustaba hacerse los que arreglaban cosas, aunque el más chico de ellos se sabía bastante torpe, y reconocía que su amigo la tenía clara. Eso le daba un poco de envidia.

-¿Che boludo y qué les dijiste a tus viejos para salir tan tarde un día de semana?
-Nada, que era el cumple de Pili.
-¡Ja, pendejo sos terrible eh!

Estaban tomando un mate cocido que les había traído la mamá de Fernando mientras hablaban un poco de todo. Calzoncillo tenía una mezcla rara de admiración y sentimiento de inferioridad por su mandamás. Pero en el fondo se querían. La pasaban bien juntos. No era solo encontrarse para hacer alguna macana. Compartían la pasión por el fútbol, por ejemplo. Eran los años del Boca de Navarro Montoya, el buzo blanco con el camión en el pecho, Chiche Soñora, Juan Simón y el entrañable Blas Giunta. De hecho en el barrio había un tipo que siempre los iba a ver cuando jugaban a la pelota y a Calzoncillo le decía Giuntita porque decía que ponía mucho huevo.
Se estaban matando de risa cuando de repente sonó el timbre y sintieron que algo andaba mal. Enseguida se asomó Teresa y con cara de preocupada les dijo:

-Ey mocoso es tu papá, se lo ve bastante enojado. ¿Vos le avisaste que estabas acá?

Calzoncillo se puso pálido, no sabía muy bien que cara poner. Entendía que no tenía muchas más opciones que atravesar esa doble puerta de madera pintada de verde y encontrarse con la autoridad mayor. Era así nomás, cuando la cosa venía mala el que tomaba las riendas era el hombre de la casa. En la diaria estaba la vieja, pero si pasaba algo importante el que intercedía era su papá. Empezaron a caminar por la calle Aranguren que para esa hora ya no estaba muy transitada. El señor de bigote negro pero que se iba aclarando de a poco, lo miró de costado y él sabía que se venía la noche.

-¿Qué tal el cumpleaños de Pili?
-Bien pa, estuvo lindo. – Contestó, sabiendo que no era muy convincente.
-¿Y la torta qué tal? ¿Estaba rica?
-Eh…si, si muy buena.

Terminó de responder y sintió la mano del cordobés (era oriundo de La Falda) que lo levantaba del cuello de la remera. Lo fue arrastrando durante los 150 metros que separaban la casa de Fernando o taller (para el caso era lo mismo) y su hogar. No lo llevaba por el piso pero lo iba humillando en una posición casi de cuquillas que le permitía cada cuatro o cinco pasos apuntar con la cara interna del zapato negro derecho y dar de lleno en la parte trasera del menor. Ahora si lloraba, no sabía como defenderse ni lo pretendía. Con el viejo no se jodía, le tenía muchísimo respeto y sabía que se la había mandado fiera otra vez.

-No nos vas a mentir más. ¡Se acabó! ¿Quién te crees que sos para estar potreando hasta estas horas? Te dimos el permiso de salir igual pero te dijimos que a las nueve tenías que estar en casa. Tu madre tiene la comida lista hace media hora y está preocupada porque no sabe nada de vos.

El punto final de aquella oración lo puso el último tirón del brazo con el que entró derecho a la cocina. Casi atravesó el comedor de la casa sin apoyar los pies en el piso. Efectivamente la mesa estaba servida.

-Andá a lavarte la cara y vení a sentarte – sentenció.

Se secó las lágrimas. Estaba profundamente angustiado. No le gustaba que lo expongan delante de sus hermanos y que toda la familia estuviera pendiente de sus actos. Además el padre lo había humillado durante una cuadra y media en el barrio en el que él se la sabía lunga. ¿Y si alguien lo había visto? ¿Dónde habría quedado su imagen de reo, guapo y mano derecha de uno más bravo?
Despacio y con la cabeza gacha giró al salir del baño y se dirigió a la cocina. El corlok de la pared hacía más chico el ambiente, el perro se acercó y le lamía las piernas como si lo reconociera lastimado, sentía que todos lo observaban y así era. Se sentó a la derecha de su hermana que lo miraba con cara de “te la buscaste”. No volaba una mosca. Hambre por supuesto que no tenía, la milanesa de Picuco todavía estaba a la altura de la nuez. Pero ni dudó en probar la sopa. No podía dar  más indicios de sus actos. Un pibe de nueve años cenando afuera con sus amigos a las ocho de la noche. En el fondo, sabía que en sus bolsillos estaba la prueba de una macana más grande. Así que puso su mejor cara de nada y prosiguió. Los viejos se miraban con acuerdo y severidad. A ella sin embargo, le costaba ser firme en estos casos. En el fondo lo que sentía era compasión.

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