La película que hubiese querido no ver

El otoño que no termina de llegar y el verano que no decide irse. Es domingo y está denso el aire. Los padres de Calzoncillo se fueron al teatro. Por esos años todavía no era problema pero con el tiempo eso iba a tensar cada vez más la relación. Al viejo le gustaba salir, darse un gusto, y a ella le pesaba, era más de entrecasa, o al menos iría metiéndose en ese modo con el correr del tiempo.
El pibe había quedado al cuidado del hermano mayor, que le había pedido como única condición que no le rompiera las pelotas porque se iban a quedar viendo una película con Leo, un amigo de la secundaria. A Calzoncillo ese amigo le producía admiración. Primero porque era altísimo, pasaba por poco el metro noventa, y segundo porque era cinturón negro en taekwondo y había ganado un par de torneos municipales. Al pendejo le gustaba pedirle que le haga su gracia, que básicamente eran dos. Una, su preferida, era que levantara con una patada la punta del pie hasta tocar el travesaño de la puerta de entrada de la casa. Y la otra, ya no le gustaba tanto porque le daba miedo que le lastimaran al hermano, consistía en endurecer el abdomen y recibir del otro una piña en la panza, hasta ver quién aguantaba la más fuerte. Eran incipientes pibes de gimnasio, pelo largo, aritos tipo argollas plateadas en la oreja izquierda y zapatos Charro. Épocas le dicen.
El vhs estaba forrado con la estética del videoclub: todo verde, con dos rayas blancas y una etiqueta a mismo tono donde figuraba el nombre de la película. Al pibe le hacía acordar a los cuadernos de la escuela que le forraba la vieja. Para que no molestara mucho durante la proyección, su hermano mayor le había dicho que prestara atención que en algún momento de la cinta iban a aparecer los músicos de los Red Hot Chili Peppers y eso le entusiasmó. Ya desde esos años, en esa materia, lo que le dijera su referente era palabra santa. Era 1992, un año antes se habían estrenado Punto límite –la película en cuestión- y Blood, Sugar, Red, Magik el disco que marcaría a fuego el primer flechazo de Calzoncillo con una banda.
Habían agarrado los almohadones del comedor y se los habían tirado en la cocina donde estaban el televisor y la videocasetera Grundig. Finalmente, la promesa de ver a Kiedis y a Flea (cantante y bajista de la banda) mucho no lo convenció porque al poco tiempo de comenzado el rodaje, el pendejo yacía despatarrado entre los dos grandotes. Sólo había visto algunas imágenes de playas, olas, y que uno de los actores le hizo acordar a He-Man, uno de sus dibujitos y muñecos preferidos.

punto-limiteTener hermanos más grandes lo era todo para Calzoncillo. Pero había con el mayor algo que era especial. Con la del medio, era todo más complicado, era la de las peleas por arrancarle los pelos a sus muñecas, los ojos, y además porque de todos los adultos de la casa, cuando al pibe el miedo a la oscuridad lo tenía a maltraer, era la que menos le habilitaba un rincón de la cama para pasar la tormenta. En cambio, su hermano lo recibía siempre en el altillo. Mágico lugar si los había para él. Ahí estaba el tanque de agua de la casa y tenía pintado el muro de Pink Floyd, con el profesor, el avión, los martillos y algunos más que prefería no mirar muy de cerca. También ese era el lugar de la Commodore 64 que debés en cuando le prestaba. Ese tipo nacido casi diez años antes que él, lo era todo. Su guía, su espejo a futuro, su idea de lo que implicaba ser grande. El padre le quedaba muy lejos, ya era demasiada la distancia en edad.

– ¡Ey pendex! ¡Dale levantate que se va Leo!
– ¡Pará, pará no me patees!
– ¡Bueno te quedás solo eh! – lo amenazó el hermano-

En un salto estaba arriba. Sabía que el amigo vivía en Lugano porque alguna vez lo había llevado en la bicicleta de carrera, cuando tenía que ir a buscar algo de la escuela o vaya a saber qué. Caminaron por Aranguren. Pasaron la casa de Elías, la canchita, la vereda de la casa quinta donde paraban los más grandes, el cruce de las 5 esquinas, hasta que llegaron a Segurola. Ahí pasaba el bendito 114, que de bendito tenía poco. Se sentaron en el cordón a esperar que el bondi se dignara a venir y se pusieron a charlar, mientras Calzoncillo se entretenía trepando al caño de la parada, o saltando entre unos canteros.
He-ManLe pareció escuchar que su hermano no se sentía bien pero no le prestó mucha atención. Los miraba conversar, reírse y en el rostro del amigo había algo que al pendejo lo intranquilzaba. Era un tipo muy jodón y le extrañaba el gesto con el que miraba a su hermano.

-Dale boludo andá a hacerte ver así te quedás tranquilo.
-Si, ahora veo. No pasa nada.

Se subió al colectivo. En la mano izquierda tenía la campera de jean, y con la otra saludó agitando el brazo.

-Vení “Cabeza” vamos por acá mejor
-¿Qué pasa? ¿No te sentís bien?

No le contestó. Lo agarró de la mano, como solía hacerlo, y fueron caminando por Segurola hacia Juan B. Justo. Le gustaba seguir haciéndolo porque si bien ya tenía diez años, de vez en cuando le apretaba la mano para hacerlo doler y eso le divertía. Sin embargo, en esa caminata no lo hizo ni una vez, lo cual le generó sospechas al menor. Lo miró de reojo y vio que al costado de la nariz empezaban crecer una ronchas rojas, casi imperceptibles. Le volvió a insistir a ver si esta vez le respondía.

– No pasa nada, quédate tranquilo pero no me siento muy bien. Me está picando un poco todo.

Ahora era Calzoncillo el que le apretaba la mano pero del cagazo que tenía, por no saber qué hacer si algo les pasaba en la calle. No podía ser que tuviera que ser él el que lo tuviera que cuidar. Pasaron la casa de alarmas que no se apagaban jamás, el bar Gallo Rojo, el local de Clarín Clasificados, la esquina que vendía motores de lanchas (jamás vio un cliente ahí), y todos los malditos locales estaban cerrados. Finalmente casi en la esquina de Cervantes, justo donde debían doblar a la izquierda, el único negocio abierto era el videoclub, al lado de la gomería.

– Disculpame mirá, la verdad es que no se qué me pasa pero no me siento bien. ¿Vos podrías alcanzarnos hasta el Vélez Sarsfield?

Algo claramente no andaba nada bien. La respuesta de esos dos tipos no fue acorde con lo que ese joven les estaba pidiendo. De hecho, tardaron bastante en reaccionar pero finalmente accedieron. Cerraron el local, pusieron un cartel que decía “vuelvo en 5”, y se subieron los cuatro a un Renault 11. Al mayor de los hermanos no le fue fácil subir por sus propios medios pero con un poco de ayuda del menor, lo logró. No sabía si era el miedo que tenía para ese entonces, pero el viaje de no más de siete cuadras, le pareció eterno. Por el rabillo del ojo izquierdo iba viendo como su hermano se desarmaba en el asiento. Al llegar al hospital, uno de los dueños del videoclub se bajó corriendo y Calzoncillo lo vio entrar en la guardia; el otro bajó con cautela y le abrió la puerta al mocoso, que para ese entonces no emitía sonido. Casi al unísono apareció su socio con dos camilleros en una actitud, que a juzgar por el niño, pareció exagerada. BSRM
Lo cierto y lo concreto, es que cuando vio que a su hermano lo subían inconsciente a la camilla, supo que nada de lo que seguía sería para mejor. Los tipos de película lo acompañaron hasta ingresar a la guardia y allí una enfermera les indicó que nadie podía entrar con el paciente. Y así sin más, los que hasta hace instantes eran dos vecinos de buen corazón, desaparecieron sin más. Le indicaron al pequeño que no se moviera de ahí y eso hizo.
Dos filas de cuatro asientos cada una, de los cuales pocos se encontraban en buen estado. En una de las sanas una señora aguardaba a ser llamada por los médicos y por lo que Calzoncillo pudo percibir le dolía algo en la zona abdominal porque la veía hecha un acordeón. El resto de los asientos estaban vacíos aunque suponía que las personas que deambulaban por el pasillo también estaban para la guardia. No sabía muy bien qué hacer, estaba asustado, y no tenía muy claro qué le podría haber pasado a su hermano. Lo único que se le venía a la mente era una cena familiar en donde habían hablado de ir a ver a un especialista para sacarse la duda de unos síntomas de picazón, y reacciones alérgicas que había tenido su hermano y que merecían atención. Pero no tenía ni idea que eso podía implicar que se hinche, que se ponga como un tomate y muchísimo menos que se desmayara.
No le dieron ganas de sentarse en esas sillas desguazadas. Decidió que ese piso de baldosas beige atrapado en paredes grises y frías sería el mejor refugio. Juntó las rodillas, cruzó los brazos por encima y escondió la cabeza. Hubiera querido no salir de ese escondite hasta que alguien de guardapolvo le dijera que su hermano estaba bien. Pasaron unos minutos, y una mano pesada le tocó el codo, casi lo destartala en el intento.

– ¿Pibe estás solo vos?
– Eh…sí. Bah, están atendiendo a mi hermano. Me dijeron que no me mueva de acá.
– Pero no entiendo, ¿y tus padres?

Ya le caía pésimo. Era uno de esos con pinta de abuelo jodido, que se las saben todas y que estaba más preocupado por saber cómo las personas manejaban sus vidas que por demostrar un interés real por ese mocoso.

– Mis papás se fueron al teatro – no quería aclararle más nada.
– ¡Qué desastre! Así son los padres de ahora. ¡Qué cosa!

Sintió ganas de escupirlo pero por supuesto no se animó. Estaba demasiado nervioso como para ocuparse de un desconocido. Volvió a la misma posición. No quería mirar a nadie, no quería despertar ternura ni compasión. Sólo quería saber cuándo podría volver a ver a su hermano. Viajó, se fue a otros rumbos, saltó por techos, corrió tras alguna urgencia un tanto confusa, hasta que el peso de la cabeza le venció los brazos y ese movimiento al mejor estilo siesta de colectivo lo despertó de un plumazo. Mientras abría los ojos, vio que detrás de una cortina de higiene dudosa venía su hermano caminando despacio pero a paso firme con una enfermera de delantal verde.
Se levantó aún algo dormido, y corrió a abrazarlo. La enfermera intentó pedirle precaución pero ya era tarde. Le dio unas indicaciones y le dijo algo de una dieta, de un estudio y algo más. Calzoncillo no lo quería soltar. Su hermano le explicó que se trataba de un brote alérgico y mencionó la palabra Decadrón pero a él ya no le importaba nada. Solo llegar a la casa. Se había hecho tardísimo y seguro los esperaban los padres al borde de un ataque. Eran los 90`, no había manera de avisar, no había celular que valga. Sólo el afecto, los buenos vecinos, los chusmas, la salud pública, y los hermanos, siempre los hermanos.