La nave del olvido

Sonó el timbre del recreo, cuando Elías y Calzoncillo entraban antes que nadie al aula de aquel 7mo. B. Conocían muchos detalles del espacio. A quienes pertenecían la mayoría de las mochilas, quien los detestaba, a quienes simpatizaban, etc. Entre toda esa información, sabían por ejemplo que les divertía molestar a Martín Piñeiro. Era el compañero que venía de la sala de recuperación, que era la forma más “progresista” que existía, en términos pedagógicos, en las escuelas públicas de ese entonces. Martín no era uno más en ese curso. Aparatos fijos, el delantal siempre roto y una actitud desafiante hacia las autoridades y compañeros. Era movedizo,   alegre y ante cualquier provocación capaz de lastimar a quien se le pusiera enfrente. A decir verdad, no tenía maldad en absoluto, pero no medía. Podía lanzarte el buzo justo a la altura de los ojos, revolear lo primero que tenga a su alcance o incluso lastimarse a si mismo al punto de salir por la ventana y amenazar con tirarse, para poner en vilo a la institución toda.
Aquel perfil lo convertía en una debilidad para las mentes y almas de Calzoncillo y su aliado preferido puertas escolares adentro. Era extraña la relación entre ellos. Las mañanas eran suyas, eran camaradas, cómplices, aliados pero sonaba el último timbre y lo último que los unía era el regreso a casa. Después de caminar juntos las 12 cuadras, la relación que tenía Elías con Fernando, hacía que el primero pasara casi al ostracismo. No quería saber mucho con su hermano mayor, no le obedecía, es más lo desafiaba, le parecía de gil estar juntándose con pibes más chicos que él, por lo cual todo lo que les unía dentro del República del Portugal se deshacía con total naturalidad.
No necesitaban más que una mirada para saber qué sería lo próximo que harían. Fruto de esa confianza fue la decisión de elegir aquella mochila de jean gastado que yacía en el piso justo antes de que el resto de los compañeros regresen de los 15 minutos de ocio recién acontecidos.

-¡Dale boludo apurate que ahí vienen!
-¿Qué agarro?
-¡La nave, goma, agarrá la nave!

A Calzoncillo lo ponía muy nervioso las situaciones límites y casi espasmódicamente le daba por reírse, pero sabía que en esa ocasión debía reprimirse. Corrió rápido hacia su pupitre, al lado de donde se sentaba Elías por supuesto, y metió entre sus cosas una nave de Rambo que les parecía genial. Era bastante grande, de color beige, y tenía unas ventanillas que la hacían verse como un juguete inmaculado, hermético. No quedaba mucho para que se terminara aquella jornada y a Calzoncillo le transpiraba todo. Mientras que Elías disfrutaba con una frialdad de profesional. 12.35 sonó el último campanazo de la mañana.
Salieron casi sin hablarse como todos los días pero tratando de disimular con algún gesto ameno hacia el resto del grupo y fingiendo alguna que otra sonrisa forzada hacia las madres de las nenas bien que siempre los habían mirado con cara de sospecha, casi como un acto reflejo, una manera de verlo todo. Recién a las tres cuadras fue Elías el que abrió la boca.

-¡Escuchame no le digas nada a mi hermano eh! No seas gil!
-Bueno pero igual él no va a decir…
-¿Sos boludo? No le digas chabón! ¿Por qué le tenés que contar todo?
-Está bien, que se yo…Después se calienta si se entera por otro.
-Andá a tu casa y venite a la tarde al taller que seguro él no está porque tiene que ir a ver unos trabajos con mi viejo.

Una vez en su casa, Calzoncillo trató de disimular su cara de “yo no fui”. Enseguida llegó la vieja de dar clases, lo saludó y le pidió que pusiera la mesa. Ella preparó unos churrasquitos de cuadril, que a él le encantaban. Figacitas de manteca, mayonesa, tomate y unas lonjas de carne pequeñas que en su punto de cocción exacto liberaban un jugo que al mezclarse con la pulpa del tomate y el aderezo hacían estragos. Conversaron un poco de cómo iba la escuela y no había tiempo para mucho más porque la vieja tenía que volver a dar clases en el secundario que hacía años trabajaba. Le pidió que hiciera la tarea así a su regreso no tenían que estar a las corridas. Él respondió que sí, que lo haría después de dormir la siesta.
Lo último era cierto. Amaba tirarse promediando las 2 y media de la tarde, cuando la cama todavía desecha lo esperaba para un reposo ineludible. Lo que no era verdad, era que al levantarse se ocuparía de las obligaciones estudiantiles. Se mojó la cara, se puso una campera, agarró de la alacena un paquete de Manón y salió a lo de su amigo para llevar “el premio” de la mañana.
Les encantaba jugar en el taller de al lado de la tapicería de Américo y Teresa. Podían hacer lo que quisieran. Había un compresor verde que largaba un olor espantoso, había siempre algún auto a medio terminar, con papel de diario cubriendo ventanillas, una terraza llena de objetos en desuso y una medianera que parecía se iba a caer en cualquier en momento, lindante con el fondo de una casa que habían terminado de construir hacía no mucho, con pileta, parrilla y un doberman color marrón de orejas en punta que metía miedo. compresor
Abrieron la mochila y sacaron la nave. No sabían muy bien qué iban a hacer. Elías propuso pintarla con soplete y a Calzoncillo le pareció oportuno, ya que el uso del compresor había sido algo que en general estaba vedado porque el taller estaba manejado por laburantes ajenos a la familia. Ese día ya se habían retirado y era el momento indicado para tal fin. Se calzaron los guantes, pusieron la nave en una mesada larga de madera vieja y se dispusieron a crear. El que jugaba de local era bastante más prolijo que el pibe de pecas, así que con mucho cuidado pegó papel de diario en las ventanillas del objeto para que la pintura no las ensuciara. No tenían ni idea que color saldría el fresco.

-Vos teneme así que yo le doy.
-Bueno dale! Pero cuidado boludo no le vas a errar que me das en la cara eh!

La sensación de la pintura rociando la nave era mágica. La cubrieron repleta de un rojo furioso, de un lado y del otro. La dejaron secar mientras husmeaban en la cantidad de objetos que completaban el escenario. Entre ellos encontraron unos cuantos pinceles y unas latas de pintura pequeñas. Tomaron una que parecía amarilla. Vertieron un poco en un pocillo plástico y cuando la nave empezaba a secarse le hicieron unos detalles en los costados, para que diera sensación de velocidad extrema.
Calzoncillo estaba preocupado por saber cómo haría para llevarse la obra si todavía permanecía húmeda. Le pidió a Elías que la conservara él, pero este se negó porque asumió que era riesgoso dejarla en el lugar donde habían cometido el ilícito.

-Bueno llevémosla a la terraza. Al cuarto donde tienen mil cosas tiradas. Agarrá esa caja de allá y la metemos entre esa pila de cubiertas así nadie se aviva.
-Está bien, pero no puede quedar ahí muchos días –aclaró Elías-

Pasó el fin de semana y el lunes había que volver a la escuela. El riesgo estaba. Martín podría hacer un escándalo infernal o callarse y encararlos directamente porque era fija que habían sido ellos. Se reunieron en el patio como todas las mañanas. Brazo de distancia mediante, guardapolvos impolutos de primer día de la semana. Cuando Calzoncillo se cruzó con la víctima sintió que lo miró mal, pero pensó que eran solo sus temores y sugestiones.
Efectivamente, cuando el curso se dirigía al aula la vicedirectora se acercó a Mirtha, la maestra de Lengua y Literatura y le dijo algo al oído. Al pasar a su lado les pidió a los tres involucrados que la acompañaran a la dirección. Lo negaron todo. Martín lloraba, y se estiraba con la mano derecha el doblez del guardapolvos. Estaba convencido de que ellos eran los responsables. La autoridad se enfadó bastante. Hacía ademanes y exclama que no podía ser, que cómo, que cuándo, porqué, y otras preguntas claves.

-Bueno si no hablan acá vamos ir al aula. Pero hoy vamos a saber quiénes fueron.

De camino al aula Elías y Calzoncillo se miraban de a ratos, como diciendo “la cagamos”, “¡hablá vos!”, “no yo ni en pedo”. Llegaron y la vicedirectora interrumpió, disculpas mediante, la clase de sintaxis.

-Discúlpeme señorita pero tenemos un tema importante que resolver. El alumno Martín Piñeiro nos comentó que el viernes durante uno de los recreos le desapareció un juguete de su mochila. Y si bien, como saben, no pueden traer cartas, ni juegos, ni nada de las casas que no sea lo estrictamente escolar, tampoco puede pasar lo que pasó.

-¡Ay chicos no puedo creerlo! ¡Ya están grandes! – Incendió la docente.

No se movía un alma. Los tres implicados permanecían estáticos a un costado y el resto de los compañeros repartían miradas entre las autoridades y ellos. Calzoncillo levantaba la suya por momentos y cuando alguno le clavaba los ojos, fruncía el seño y el interpelado cedía automáticamente. En eso, la autoridad retomó la palabra.

-Bueno alumnos esto es muy simple. O hablan los que tienen la nave de Martín o van a pagar todos por culpa de uno o dos, tres o los que sean.

Se iba acabando la guapeza. Elías estaba a punto de ceder. Calzoncillo no quería saber nada. A Piñeiro, que tenía una cara huesuda, se le coloreaban las mejillas de la bronca, se le acumulaba saliva en la comisura de los labios y los miraba de reojo a ellos dos, solo a ellos dos. La presión se hizo insoportable y decidieron hablar.

-Está bien. Fuimos nosotros. No nos dimos cuenta lo que hacíamos. -aceptó Elías-.

Su colega no sabía qué agregar. “¿Cómo que no sabíamos que hacíamos? Lo sabíamos claramente y lo que ejecutamos”, pensó para sí. Mirtha y la vicedirectora pusieron cara de “otra vez sopa”. Las más dichosas del curso y siempre bien ponderadas “ejemplos de conducta” los miraban como “son la vergüenza de este glorioso 7mo. B”. La segunda autoridad en el escalafón jerárquico de la institución los sacó del aula y pidió a la maestra que prosiguiera con la clase. Elías y Calzoncillo la acompañaron a la dirección. Citaron a los padres. Teresa, Américo, y los viejos del pecoso una vez más se vieron las caras en aquella oficina vidriada, un día después. Les exigieron traer para la semana siguiente un juguete de cada uno para donar a Martín por los daños causados (materiales y morales). Les aclararon que sea algo que ellos estimen y que funcione. El hijo de los tapiceros entregó un videojuego electrónico color naranja con estética egipcia, que era su atracción hacía un tiempo largo. El otro entregó una plataforma similar, pero era un ejemplar de esos que venía con doble tapa, que al abrirse agrandaba la visual de un juego en alusión a Indiana Jones. 13942634_10209528123216509_270039764_n
Era una más. No había nada nuevo en lo acontecido. Ambos pares de padres habían asistido una docena de veces a la institución. Lo habían naturalizado aunque no se resignaban. Calzoncillo ya sabía por donde vendría la reprimenda. Sabía que Los Halcones una vez más deberían esperar unos cuantos días para volver a verlo. Pero lo que a él más le preocupaba era que su amigo, Fernando, se lo recriminaría. Que aquello generaría más rispideces con su hermano menor. Una cosa era la calle. Pero en la escuela no se jodía, o al menos esa era la bajada del mandamás. A Calzoncillo le costaba. Hacer lo que hacía con el guardapolvos puesto lo diferenciaba del resto, lo hacía casi para mostrar cuán poco quería saber con las formalidades, las normas y esas miradas que lo acusaban antes de encontrarlo culpable. Todo tenía un precio igualmente y sabría que el costo se definiría puertas adentro y cara a cara con sus papás.

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