Mi hija murguera

Domingo, llueve y se termina la antesala al yugo. Los menesteres cotidianos revuelven papeles bien guardados. Hace tiempo busco motivos, razones, imágenes para volcar en una hoja. No pasa, pero a su reemplazo vienen voces desde muy lejos. Lo que van a leer lo escribió mi vieja en 1997. Era docente de Filosofía y Pedagogía en un colegio artístico, de esos que inspiran a tantos y tantas y que también fue uno de los que resistió políticas educativas restrictivas de los gobiernos de turno (tan oscuramente amarillos últimamente).
Sabe bien pensar al otro ausente parado justo a tu lado haciendo lo mismo que a vos te apasiona. Consuela, acaricia, abriga, acerca, libera, inspira. No remedia pero mima. No respira pero resopla. No mira pero espía. No toca pero roza. No habla pero susurra. Para los que no nos aferramos a poderes supremos ni mundos posteriores después del único que sabemos transitar en la vida, estas cosas definitivamente agradan.

Mi hija murguera

La otra noche, Elsa me contaba con tristeza que le hicieron una pregunta: ¿Cuántos goles le había hecho a la vida?, y que no respondió.

Yo enseguida busqué en mi archivo mental y me encontré con 2 o 3. Tranquila me fui con esto de “los goles” a mi casa, para enseguida presenciar la alegría de uno de mis hijos porque es socio de su club del alma mientras el otro hijo se mostraba impresionado por la venta de uno de los mejores jugadores de su club preferido. Luego de leer a Galeano se tranquilizaron los ánimos y comprendimos todos mejor esto de la venta de piernas, el poder, el consumo, los sueños y los goles.
De pronto, irrumpe en el medio del comedor la figura de mi hija que mientras hace una pirueta con sus sólidas piernas me grita: ¡Mamá, voy a bailar en una murga…me tenés que venir a ver!

Siguiendo con su buen humor le contesté alegre: ¡Bravo Carolina, de bailarina clásica a murguera! Y me pareció lo más halagador y sincero que podía decirle, para darle más entusiasmo.

Así, después de muchas búsquedas, sin caminos muy trazados, pero con las ganas de los que no pierden la capacidad de asombro, descubrí que en ese momento, mi hija acababa de hacerle un gol a la vida y yo había comprendido eso que es “la dialéctica”, la espiral de la vida.

Ella solita, de puro inquieta, buscavidas y rompecocos, encontró la síntesis entre los sueños (la danza clásica); su pensamiento crítico, que siempre la impulsó a pisar fuerte y su cuerpo, que le dio un par de piernas sólidas y contorneadas que a menudo le permiten esos movimientos a la vez fuertes y seguros sin olvidarse de hacer piruetas en el aire y probar la posibilidad de equilibrio.

En fin, casi como se hace a menudo para vivir intensamente.

Por María Rosa Navarretta – 1ro. de marzo de 1997

 

 

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