Ofelia

Siete de la tarde. Calzoncillo vuelve a casa pero el timbre suena en el vacío, no hay noticias de la familia. Pasa el cantero que separa ambas propiedades y toca al lado.

-¡¿Si!?
-¡Hola Enrique! Soy yo, Calzoncillo. ¿Puedo pasar hasta que llegue alguien a mi casa?
-Ah, si a…a…a….ve…ve…espe…espe…esperá que te….quete….que te abro.

Enrique era el sobrino de Ofelia. Nunca supo su edad pero debería tener unos 40 años aproximadamente. Tampoco sabía porqué alguien viviría con su tía pero la cuestión es que así era. Tenían una predilección particular por el mocoso. Sucedía que esa relación se daba con la rareza o particular tensión entre lo revoltoso, lo desordenado, lo transpirado de aquel pibe y una escena familiar –por ponerle algún rótulo- donde todo parecía muy cuidado, pulcro y casi nada estaba fuera de su sitio.
A Calzoncillo le gustaba mucho quedar al cuidado de Ofelia. Era una mujer mayor. Unas siete décadas de mínima. Tenía el pelo corto, de color rojizo, era delgada y siempre estaba bien arreglada y con sabor a colonia. No había tenido nunca una gran relación con sus abuelos. No era de esos que habían crecido al cuidado de ellos. Al ser el último de tres hermanos sentía que ciertas cosas del tren ya habían sucedido cuando él no era parte de este mundo y que ya no se repetirían. Si para sus padres ya era todo un ejercicio teórico práctico el cuidado de semejante cúmulo de energías, imagínense para los abuelos.
Al materno nunca lo conoció porque había fallecido cuando su vieja era una purreta. A la distancia le caía bien por dos razones: primero porque era sastre y en su casa todavía se conservaban perchas de madera con su nombre y apellido, de origen italiano, escrito en letra cursiva; segundo porque tenía el mismo nombre de su mejor amigo: Elías.
Su esposa era Lala, de nombre Clara. Con su nieto tenía una relación de amor odio total. A Calzoncillo le apasionaba verla cómo se hacía malasangre con sus travesuras. Hacía que se tragaba un cuchillo, que se quemaba con la plancha, le ponía cosas en el pelo sin que se de cuenta, entre otras. Por su parte, los viejos por el lado paterno eran un poco más distantes aún. Los quería, les gustaba ir a verlos pero los veía menos interactivos. Eran los nonos. Ella menuda, simpática, correntina. Le encantaba ver como su papá la levantaba en brazos cada vez que los recibía. Sentía que en ese instante alguna materia ósea caería al piso, cual dibujo animado. El nono era una prolongación del sillón. ¿O al revés? Se la pasaba mirando los partidos de Boca a través de unos lentes con marco de madera, con uno ojo que no se sabía muy bien a dónde apuntaba. A su nieto le apasionaba pasar corriendo delante del sillón para interrumpirle la visual. Le gritaba una vez, dos y a la tercera se terminaba parando y revoleándole una pantufla típica de un hombre de la tercera edad.
Lo concreto es que entre esos abuelos y la vecina Ofelia había algo en común. Por alguna razón al pibe le gustaba llegar a casa, que no estuvieran los suyos y pasar por allí. Una de las cosas que más le atraían, es que la propiedad de aquella tía era exactamente igual a la del niño, sólo que todo estaba invertido. Es decir, la alacena que en su cocina estaba del lado derecho, en lo de la vecina estaba a la izquierda. El cuarto principal, que en su casa estaba al frente, en lo de ella daba al patio; la escalera también invertida, y así todo. Razón por la cual durante muchísimo tiempo Calzoncillo pensaba que aquel tipo de construcciones se llamaban dúplex, no por sus dos plantas, sino justamente porque eran duplas, gemelas, idénticas.
Se sentaron en la cocina y como en cada una de esas ocasiones ella le ofreció un sándwich de queso. Tampoco sabía porqué pero le encantaba. A él que se desvivía por los alfajores, las Rhodesia, las Kremokoa, aquel pedazo de queso fresco cortado simétricamente y ubicado entre las dos caras de un perfecto (y siempre fresco) pan francés, le provocaba al menos a esa hora del día, un gusto grande.
En la mesada de la cocina descansaba impoluta una de esas batidoras grandes, de colores medio patinados en tonos beige, o verde agua o rosa viejo. A Calzoncillo le gustaba porque allí en alguna que otra oportunidad Ofelia le había hecho un helado de manzana que solamente tomó allí. Era un refresco tipo congelado con una corporalidad mezcla copo de nieve y manzana rallada. No se animaba pero cada vez que entraba a esa cocina, se moría por preguntarle cuándo volvería a suceder aquel sacrilegio.
Ofelia, exceptuando su papá, era uno de los pocos adultos que le inspiraban respeto. Incluso jamás se rió de la tartamudez de su sobrino, algo que para él era incuestionable. Es más, había aprendido que no tenía nunca que tratar de completarle los enunciados. Que con paciencia había que aguardar a que él lo pudiera hacer.

-¿Y…y…y…q….q….qué tttt….ta…tal el co…el co…el co….leg…el colegio, pibe? –Era como si de repente le viniera el empujón y lazaba tres palabras seguidas-.
-Y…viste Enrique que a mí mucho no me divierte pero creo que bien. Por lo menos hace un par de semanas que no citan a mis viejos.
-¡Q…q…chi…chi…chico este! –exclamó el sobrino mirando cómplice a su tía.

Ya había pasado un buen rato y del otro lado de la medianera no se escuchaba nada. La regla era que si eso sucedía, Enrique le ponía la escalera, Calzoncillo se asomaba por su patio y si es una de esas no habían cerrado los postigos, la puerta ventana se podía abrir con la mano y acceder a la cocina. Eso hicieron y afortunadamente el niño pudo entrar a su casa. Del otro lado de la pared se escuchó.

-No te olvides de avisarme cuando llegue tu mamá.
-¡Bueno! ¡Gracias por el sándwich!
-¡De nada! –gritó Ofelia-

Aprovechó para dejar entrar al perro y darle algo de comer, aunque al cabo de unos minutos recordó que mal olía y le revoleó una galletita de agua con destino de patio otra vez. Le gustaba estar solo en la casa porque era algo que sucedía rara vez. Era como si jugara a ser un poco más grande de lo que era. Pensaba en el vínculo de Ofelia y Enrique, no entendía muy bien porqué ese hombre había terminado viviendo con su tía. ¿Era viudo?, ¿Era simplemente tímido? ¡No podía ser! Sólo sabía que trabajaba en un banco pero no le había visto jamás una novia, un amigo, nada. Salía y entraba de la casa siempre solo. Le daba una curiosidad total.
Entre las cosas que solía hacer cuando estaba solo era ponerse música como hacía su hermano mayor. No se daba cuenta, pero en el fondo lo que hacía era imitarlo. Se tiraba al piso entre los dos parlantes y hacía sonar algún disco. Eligió The Game de Queen, más precisamente el tema 2: Dragon Attack. Su referente para muchas cosas, a pesar de los celos que le tenía, le había enseñado lo que era el solo de un instrumento. Y en esa canción, hay varios momentos donde cada músico predomina sobre el resto tocando lo suyo y hacia el final revienta todo cuando vuelven a tocar juntos al palo. Los conocimientos musicales de Calzoncillo eran escasos pero poder identificar esos arreglos en una canción, le encantaba. Lo hacía sentir grande.
Le corría frío por los pies del susto que tenía. Se movía como con espasmos. Y cuando se dio cuenta estaba en otro lado. Corría por techos de chapa saltando entre las casas de su barrio. En varias ocasiones, llegó con lo justo hacia el otro extrema. Su perro lo acompañaba pero era como si estuviera enojado, le gruñía. Se sabía apurado, como si algo grave le fuera a pasar. Empezó a transpirar, a pensar que sin ayuda no podría salir nunca de allí. En verdad, lo que quería era bajar. Era como si quisiera bajar a las calles y algo se lo impedía. Trató de encontrar alguna ventana abierta donde poder meterse pero estaban todas cerradas. Sentía que por alguna razón tenía que llegar a casa porque algo había pasado. Era una sensación rarísima, sudaba pero tenía frío. Se había vuelto pequeño, extraño, necesitaba volver.

-Mi amor, ¿qué hacés ahí en el piso? Me asustaste pensé que no había nadie.

Se levantó en paz a pesar de aquella corrida. El beso de su mamá lo había apaciguado. Sintió que ella tenía algo de culpa. Aprovechó la situación, y algo que no era muy común en él, le dio un abrazo fuerte.