Papel de reparto

Facundo era parte de la periferia de Los Halcones. Sucedía que los modos de Fernando no caían bien a todos los pibes del barrio y para ser parte había que tener una mezcla de carácter y sumisión. Además por las edades que manejaban los que en muchos casos tenían la última palabra, eran los padres de cada familia. Al jefe se lo miraba con cara rara, sospechas y en ocasiones era simple y llanamente desconfianza a secas.
De este tipo, eran los progenitores de Paco (así le decían a Facundo). No querían saber nada con Fernando pero asumían que a su hijo le gustara sumarse de vez en cuando en las barriadas y bicicleteadas de los pibes. Paco tenía cosas de Calzconcillo. Era más bien pelirrojo, con muchas más pecas, algo más retraído y por ende mucho más respetuoso de los límites que le imponían sus padres.
Su natalicio caía en pleno verano y solía, cuando las cosas estaban calmas, invitar a los miembros de la banda. A ellos les encantaba ir. Eran amables, educados, parecían sacados de un colegio privado de descendencia anglosajona. Y vaya paradoja, Paco era el único que no iba a la escuela pública.

-¿Qué tal Raquel cómo le va?
-Bien querido, gracias. Pasen, pasen que Facundo los estaba esperando.

Como era de esperarse, la fila siempre la encabezaba Fernando. Era el más entrador y por momentos el resto de la banda sentía que su líder era tan adulto como un tipo de 40 años. Sabía moverse, presentarse, y decir las palabras indicadas en cada momento.
El festejo era en la casa en que había nacido el agasajado. Un PH al fondo con un patio central por donde se accedía a todas las arterias del inmueble. Una escalera pegada al lateral izquierdo; una, dos, tres puertas de doble hoja por donde se accedía a las habitaciones. La cocina al fondo y a su derecha el baño con la típica puerta de madera y esos vidrio esmerilados de antes que daba la sensación de que no se veía hacia dentro pero que siempre dejaba espacio a la duda. Por algo tenía una cortina color crema para reforzar la privacidad.
Azulejos en forma de rombos azules y blanco tiza distribuían una cantidad de sillas, banquetas, y algún que otro cajón de cerveza vacío para que los invitados se dispusieran a acceder a las menudencias bien servidas de la familia anfitriona. Estaban algunos compañeros y compañeras de escuela de Paco; su abuela que yacía justo al lado del baño; y los cuatro secuaces de la banda del barrio que se habían colocado lo más cerca posible de la mesa con los platillos, servidos desde temprano.
Calzoncillo enfilaba todo lo que pasaba por ahí cerca: sándwiches de miga hechos en la panadería del barrio, chizitos, palitos, panchos y tragos largos de una refrescante Crush en envase de vidrio. Fernando elegía mejor, no se atragantaba con nada. Lo que sí trataba era de servirse algún vaso de cerveza, que estaba allí para los grandes, sin que nadie lo viera. Emilio y Pili se mantenían más bien retraídos. El último de estos dos se moría por tirarse encima de los miga pero su timidez se lo impedía.
El cumpleañero pivoteaba entre los dos bandos. Conversaba un rato con los amigos de la escuela y de a ratos se escabullía para escuchar las andanzas de Fernando y compañía. A ellos les molestaba que Paco no estuviera en todas y eso se lo hacían saber. Lo descansaban con el sobrenombre “nene de mamá” y lo comparaban mucho con Calzoncillo.

-¿Y nene? ¿Por qué no viniste el otro día cuando jugamos con los giles de Bermúdez?
-Nada, ya sabés como es che. No puedo salir como ustedes todos los días. Y ese domingo tenía que estudiar para el día siguiente y mi vieja no me dejó.
(Risas)

Había pasado la tanda de lo salado. Todo transcurría con normalidad, cuando llegó el momento de pasar al último tramo del evento. Una torta rectangular, bañada en un chocolate oscuro y espeso hacía de base para un partido de inmóviles cinco contra cinco entre los eternos rivales del fútbol nacional. Innumerable cantidad de granas pintaban el verde césped. A los extremos dos arcos simétricamente ubicados. El mismo dibujo táctico para cada equipo y los capitanes puestos de tal manera que parecían mirarse a los ojos fijamente. Lo único que le quitaba un poco de realismo a la escena, era que al de River se le había despintado el ojo izquierdo. Por su parte, las velas que conformaban el número 12 descansaban sobre la banda derecha de la defensa local.
Semejante puesta merecía buena compañía. Platillos de plástico descartable exhibían un variopinto escenario de manjares caseros y resplandecientes: alfajores de maicena, cubanitos con dulce de leche, merenguitos y arrolladitos con mismo aderezo, trufas de chocolate, coquitos, y habanitos de galletitería completaban el paisaje.
Paco sopló las velitas al ritmo del cántico de sus amigos y familia. Al terminar, Raquel comenzó a cortar las porciones con una precisión de quirófano. A Calzoncillo se le llenaba de saliva la comisura de los labios. Se desvivía por lo dulce. Para esa altura ya se había desabrochado el botón del jean que nunca se caería no solo porque había improvisado un cinturón sino porque además tenía carne suficiente para que todo permaneciera en su lugar. Probó una porción de torta, dos alfajorcitos, al menos cuatro merenguitos y de mínima media docena de habanitos que pasaban como agua. Para esa altura se había acabado la reposición de Crush así que bajó aquel arsenal con lo que tenía a mano: el fondo de un par de vasitos con coca que parecían olvidados hacía un tiempo por sus propietarios.
El agasajo iba llegando a su fin. Calzoncillo sabía que en breve estaría de vuelta en casa. Pero algo no iba a salir como lo esperaba. Luego del atracón pensó que lo mejor sería sentarse un rato. Hacía un rato que estar parado le resultaba más confortable, y había decidido cambiar. En cuanto lo hizo empezó a subirle un calor inexplicable. Le transpiraban las manos y se le aflojaron un poco las piernas. Pidió permiso como pudo y lo que más pensaba era que por Dios y todos los santos ninguno de sus amigos ni de los allí presentes se diera cuenta de lo que le estaba pasando.
Entró sigilosamente al baño, cuestión que de por sí era imposible por la disposición del ambiente. Ni bien se aseguró que la puerta estuviera cerrada con llave, se arrancó la ropa literalmente. No podía quedarle ningún pedazo de tela de ningún tipo rozándole su transpirado cuerpo. Apoyó firmemente las plantas de sus pies en el cerámico beige cual villano de película de ciencia ficción que acaba de llegar al mundo y procede a hacer algo importante. Fueron ininterrumpidos 3 minutos de salvación. Sintió alivio, frescura, calma, todo al mismo tiempo. Claro que faltaba lo peor. Levantó la vista en cuanto se tranquilizó y recién ahí se dio cuenta que algo no andaba bien.
Comenzó a tener la sensación de que se había salteado un paso. Y así fue. Calzoncillo hacía una ceremonia de sus visitas al retrete. Desde muy chico nomás, se desvestía para la ocasión. Incluso ni siquiera podía hacerlo con el papel higiénico cerca. Sentía que ese material rasposo próximo a su humanidad, le irradiaba algo a la altura de sus piernas que no le permitía concentrarse, y que por descarte solo tenía sentido una vez consumado el hecho.
Giró levemente la mirada hacia su derecha y vio lo que no hubiera querido divisar jamás. Algún invitado había terminado el rollo y no había avisado nada a los dueños de casa. Ahora si, el cuerpo le transpiraba el triple. Ni se le cruzaba por la cabeza abrir la puerta para pedir auxilio porque el solo intento de entornar la abertura hubiera causado la risa de sus amigos, y no podía permitir tal humillación. Para colmo de males, el bidet tenía pegadas unas cintas de embalar formando una clara señal prohibitiva. Observó la toalla para las manos, la cortina de la bañadera, el felpudo o salida de baño, el mueble espejo de tres hojas que por su profundidad no podría contener jamás lo que él necesitaba.
No había manera de salir así como estaba. No había sido una vez como cualquier otra. Miró su vestuario que había quedado esparcido por el piso de aquel infierno. De inmediato descartó la remera, los jeans, el cinto, el calzado y la ropa interior. “¡Ya está!” –se dijo-. Pensó que para qué tanta historia si al final la mayoría de aquellos días de verano andaba sin medias, y con ayuda del largo de sus pantalones podría disimularlo bien. Tomó una del par e hizo lo que pudo.
Procuró acomodarse bien los pantalones para que no se le viera el blanco de la pierna descubierta y volvió al patio comedor. No veía la hora de irse pero no podía hacerlo inmediatamente. Tenía la prueba del delito doblada perfectamente en uno de sus bolsillos delanteros, que afortunadamente estaba cubierto por el largo de la remera.
Pasaron unos pocos minutos y cuando estaba por abrir la boca y decir que él prefería ir despidiéndose, la situación decantó por si sola. Los padres de Paco eran demasiado estructurados y ya empezaban a poner caras de “se hizo la hora”. Aprovechando “la invitación” y que a ellos no hacía falta que los fueran a buscar, Fernando tomó la posta.

-¿Vamos yendo che?
-Si dale boludo, que además yo le dije a mi vieja que a las ocho estaba en casa- Arremetió Calzoncillo.

Salieron y Calzoncillo se despidió lo más rápido que pudo. Aceleró su paso, temiendo que en cualquier momento Fernando le chiflara o le pregunte qué carajo le pasaba. Para su suerte, nada de eso sucedió. En cuanto dobló en la esquina se deshizo de la prueba. No podía más. Estaba exhausto, nervioso, incomodísimo.

-¡Hola mi amor! ¿Bien el cumple de Facundo? –Preguntó la madre.
-¡Si, Má! Me voy a pegar un baño que estuvimos jugando con los chicos y estoy todo transpirado.
-¿No vas a cenar, no?
-No, no Má. Estoy que exploto.

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