Por el pancho y la coca

En la escuela de su barrio, había cuatro divisiones por grado: A, B, C y D. Era de esos edificios bajos que habían hecho los milicos en la última dictadura: ladrillos a la vista, muchos ventanales, barandas amarillas y los pupitres plásticos de un marrón glacé.
Corrían los 90`, años bravos si los hubo. Ese puntualmente, el año del mundial con la mejor “banda de sonido” de la historia. Pero era además, el inicio de una década de mucho desprecio por lo público, de la pista de Anillaco, y de una receta económica importada que hacía estragos con la industria nacional, los hospitales, la educación y todo lo que se le pusiera en el camino bajo la receta del 1 a 1.
Sin embargo, la escuela seguía siendo uno de los grandes centros de resistencia, aunque sea desde lo cultural. La clase media y la baja, al menos en ese barrio de la entonces Capital Federal, mandaban a sus pibes a las instituciones públicas. Ellas vivían al ritmo de las  cooperadoras, con padres involucrados, que se quedaban charlando a la salida para ver cómo venía la mano. Participaban de lo que la escuela organizaba y había cierto orgullo por ser parte de la comunidad.
En ese contexto, aquel colegio era famoso por los bailes que organizaban sexto y séptimo para financiar el viaje de fin de curso a La Falda. Pero además de eso, había algo que unía a todos los grados, maestros, padres representados en la cooperadoras y más: Los Torneos Amistad. Una o dos veces al año cada curso enfrentaba a las 4 divisiones.
En la camada de ese 3ro. B, primer y segundo grado habían sido en materia de resultados, un fiasco. Últimos cómodos: 6 jugados, 6 perdidos. Los dirigían Dora y Hugo, los viejos del mejor del curso: el 9. El único que jugaba en un club de barrio. La idea de la competición era que primara lo lúdico por sobre los resultados. Así en ese curso jugaban todos: uno que un día cuando la dupla técnica le gritó: “Agarrala Sergio agarrala!”, el buen cristiano la levantó con las manos adentro del área; otro de anteojos que usaba las medias toalla hasta las rodillas y venía con zapatillas de tenis; hasta estaban el mejor alimentado y su opuesto, que ante la primera dividida parecía que iba a dejar su anatomía en el campo de juego.
Al inicio del curso lectivo de 1990 llegaron dos incorporaciones claves. Ezequiel, un pibe fornido que era impasable en el mano a mano. Y a él se sumó Miguel: un fanático de River (su viejo le comía el bocho con el fútbol), petiso pero atrevido, no le tenía miedo a la pelota y eso lo hacía fundamental para cubrir una vacante indispensable: el arco.
Ese año se sinceró un poco la plantilla y se había reducido el número de convocados. En verdad, no se los podía marginar, pero a buen entendedor pocas palabras. En la primera fecha vino el D, un equipo parejito pero con un pibe que le decían “Chispita” que era imposible sacarle la pelota. En los dos años anteriores había sido derrota por paliza. En esta edición Miguel tuvo su debut en una mañana memorable, donde tapó todo lo que le tiraron, incluso un tiro desde los 12 pasos (en pies de niños). Fue 2 a 2, y con el resultado, el primer punto de la historia de esa división.
Al sábado siguiente llegó el clásico. Enfrente el A, el eterno rival de los recreos, con el que había que compartir la canchita cuando sonaba el timbre de las 10.15 y las 11.30. Esa mañana el 9 brilló como nunca y fue un contundente 5 a 1, con un gol de chilena incluido después de un pase imposible de su compañero de banco, hasta ese entonces desconocido.
Llegó la última fecha. Era la primera vez que en esa instancia tenían chances de levantar la copa. El D ya había jugado a la mañana bien temprano y terminó el certamen con dos victorias y el empate de la primera fecha. O sea, 5 puntos (para aquel entonces el triunfo todavía valía 2), lo que le allanaba el camino al B hacia su objetivo. Claro que para eso había que ganar si o si por al menos tres goles de diferencia porque el D tenía +6.
En aquel recordado equipo jugaba uno que era medio raro. Era un pibe que era capaz de meter el mejor pase del partido o errarle a la cancha en un córner. Tenía polenta, era guapo, no le sobraba talento, de hecho le pegaba de puntín pero ese año empezaba a ser un buen compañero en ataque del Gordo (el 9 hijo del matrimonio táctico). La noche anterior a esa final, el cabezón (así lo presumía su cráneo) estaba nervioso. Había lustrado los botines Sudamérica con pomada Cobra negra; preparado la ropa al lado de la cama y casi no había pegado un ojo en toda la noche. La posibilidad  consagrarse lo tenía así, tenso.

A la mañana siguiente al llegar al patio de la escuela todo lucía como siempre. Los torneos Amistad eran el único momento en el año en el que los arcos tenían redes, donde se jugaba con público, y la cooperadora se reunía para bancar la
actividad, el buffet y la organización del evento junto a los profesores de educación física.
Cuenta la crónica que esa mañana, un padre que el “Cabezón” no había visto jamás se le acercó y le dijo:

  • Padre: Pibe si le metés un gol a este arquero te regalo un pancho y una coca.
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Los botines Sudamérica

No entendía nada, solo quería jugar. Pero sabía muy bien a lo que se refería aquel desconocido. El arco del C lo defendía un pibe dos años más grande, que había repetido un par de veces. Era altísimo, de tez oscura, y  con una agilidad que le permitía llegar a los palos con holgura.
El partido estaba parejo hasta que en una de esas, en una pelota llovida el pibe al que le habían prometido recompensa, la bajó de pecho en casi mitad de la cancha y sin que pique se llenó los Sudamérica de gol y la clavó en un ángulo. Tal fue la reacción del guardameta que del esfuerzo que hizo se golpeó contra el palo.
Esa mañana terminó 3 a 0. El Cabezón metió dos de tres y tuvo su merecido premio. No le importaba, el B había cortado la racha y era la primera vez que levantaba el trofeo más preciado. Aquel torneo del año 1990 había pasado a la historia. Era el inicio de lo que terminaría siendo un tricampeonato. Repitieron en quinto y séptimo grado. Y para el Gordo y el Cabezón era el principio de una amistad que no terminaría jamás.

Fotos: @falou2013

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