Recién llegados

-¡Dale mamá decile que no hinche!
-¿Dónde querés que me ponga tarada?
-¡La terminan por favor! Todavía no salimos a la ruta y ya están molestando.

Las vacaciones eran un tema aparte. Ahí se administraban mejor las energías abocadas casi al 100% para el disfrute. Los padres tenían la chance de tenerse mutuamente, los hijos canalizaban las suyas en la playa o en la sierra, dependiendo si tocaba Villa Gesell o Córdoba.
Un Ford Falcón Sprint color plata, modelo 81`, el mismo año que Calzoncillo vino a este mundo. Como era el más chico de los tres le tocaba ir al medio para no entorpecer la visual del conductor. Le costaba mucho quedarse quieto. Un poco por impaciencia y otro poco por falta de espacio, era frecuente que dejara caer su cuerpo sobre alguno de los dos hermanos. El mayor se lo bancaba más, a lo sumo le propinaba algún coscorrón. Pero a la hermana la irritaba con más facilidad.
Era verano, y si bien habían salido muy temprano, en cuanto el sol comenzaba a perfilarse mejor, no había manera de tolerar el calor. Los tapizados mitad cuero y mitad tela se pegaban en los cuerpos de los cinco. Después de alguna parada técnica le habían habilitado una ventanilla. Le encantaba bajarla, cuando el padre lo dejaba, y darle permiso al viento que le acariciara la cara, o sacar una de las manos y hacer fuerza en dirección contraria. A menudo del pasacasete salía la voz de Serrat, algo de Paco Ibáñez, Víctor Heredia, y cuando no, también sonaba Queen, o algo de tango.
No cabía un alma. El generoso baúl del vehículo cargaba: una valija marrón grande, un bolso, una sombrilla de tela verde, naranja y pesada, una heladerita (que de “ita” no tenía nada), una pelota de fútbol, y unas cuantas cosas más. En el interior del auto entre las piernas de la madre iba la canasta con el mate, el termo, galletitas, etc.; y detrás con los niños y no tan niños iban algunas mochilas.

-¿Bueno me escuchan? Ahora cuando llegamos a lo de la tía, papá y yo nos vamos ir a buscar algo para alquilar. Les pido por favor que se porten bien, y que miren sobre todo a su hermano…
-¡Dale ma! ¡No tengo 2 años!

Faltaban unos minutos para el mediodía. Los esperaba una parte de la familia que no eran de sangre pero que se querían como tales. Un primo y una prima adolescentes igual que los hermanos de Calzoncillo, una casa con un frente típico de la Costa Atlántica, con mucho verde, algunos pinos, calles de arena y unos tíos a los que el niño de esta historia les tenía un gran cariño porque siempre que lo veían lo trataban con mucho afecto.

-¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo viajaron? – preguntó la tía María.
-Bien, negrita. Algo pesada por algunos tramos pero bien –contestó la madre de los recién llegados-.

Para cuando el Falcón se perdió por la calle 10 de aquel balneario los primos ya jugaban en la calle. Los tíos les ofrecieron algo de tomar, pasar al baño y esos menesteres, pero a ellos lo único que les importaba era empezar el modo vacación de aquellos días. Al más chico de todos le encantaba compartir tiempo con esa parte de la familia. Por un lado porque le fascinaba estar en medio de sus hermanos con tiempo a favor sin más obligaciones que jugar, reír y comer. Y por otro porque se intuía que la diferencia de edad con sus antecesores haría que en algún momento, sería el único que seguiría yendo de vacaciones con sus padres. 
No entendía muy bien el vínculo con esos tíos. Sabía que venía por una amistad o por algún lazo político entre la hermana de su mamá y la tía María pero no le importaban mucho los detalles, para él eran el tío Mario y la tía María. Eso tenía su encanto también. Él tenía tonada, un cierto arrastre de la entonación, un modo de decir que al niño que le causaba curiosidad, le gustaba.
La casa abrazaba la intersección de la calle 124 y la avenida 10 de Villa Gesell, y tenía casi más parque que edificación, o al menos así lo apreciaba él. Estaba rodeada de pinos, de mucho verde y tenía además un perímetro trazado por alambre de púas. Sin embargo, Calzoncillo tenía la impresión de que para él no había límites en ese andar, por esos días. No había veredas, no existían los cordones, los semáforos, los autos corriendo a toda marcha. Los días transcurrían a otro ritmo por lo menos en esa zona del balneario. Amaba jugar por esos lares; enterrar las ojotas en las calles de arena, recoger los frutos de los pinos que se acumulaban a lo largo de aquella suerte de bosque y apuntarle a sus hermanos, escoger ramas que puedan ser utilizadas como armas, y molestar todo lo que fuera posible.
El mecanismo de defensa era la ignorancia. Sus hermanos le subían el precio a su tedio y se ocupaban de cargarlo todas las veces que fueran necesarias para que se rindiera. Los primos se pasaban la pelota tratando de evitar que el menor los alcanzara, las primas se lo sacaban de encima con alguna mentira para que las dejara conversar tranquilas. Ellas también esperaban ese momento del año.
A decir verdad, el ostracismo al que lo sometían sus hermanos era más crudo cuando ellos tenían pares con los que interactuar. Si estaban los tres solos en la playa tenía más chances de compartir momentos. Su hermano era experto haciéndole alguna figura en la arena, usando las paletas de madera como palas, o herramientas para moldear la pieza. Su hermana lo podía invitar ir al mar, o incluso jugar con sus playmobiles, crear universos, imaginar mundos posibles entre He-Man, la arena y algún que otro vehículo.
Se había cansado un poco de insistirle a sus hermanos, así que fue en busca de los adultos de la casa. Estuvo charlando un buen rato. Le preguntaron por el colegio, por sus amigos, por el fútbol y le convidaron una chocolatada con galletitas. Calzoncillo ya empezaba a impacientarse y quería que llegaran sus padres, así que decidió que era buena opción insistir con sus hermanos para tener algún juego en el que participar. Cuando volvió a la calle su hermano y su primo jugaban a la paleta.

-¡Vení “Cabezón” jugá un rato conmigo dale! –se apiadó su hermano haciéndole un gesto cómplice al primo para que cediera su lugar-.

Agarró la paleta con las dos manos y se paró justo enfrente de su hermano mayor dejando de distancia unos cuantos pasos. A las primeras tres pifias su oponente le exigió que se acercara, con la promesa de bajarle el nivel de dificultad a la cosa. Trató de medir la fuerza, con el correr de los golpes había dejado su brazo menos hábil de lado y trataba de acomodar el cuerpo para al menos garantizarse acertarle al esférico de goma, color tierra misionera. Cada tanto la volvía a revolear lejos pero su aliado que se había apiadado de su aburrimiento la iba a buscar una y otra vez. De tanta buena voluntad, habían inventado una suerte de marcador por el cual Calzoncillo en algún momento pensó que tendría chances de ganar.
La propuesta era cerrarlo en 10 tantos. A su entusiasmo inicial el hermano le había concedido la gracia de que algunas pelotas absolutamente intrascendentes fueran puntos para el menor. Debía tener cierta verosimilitud la puesta porque los casi 8 años de Calzoncillo y su experiencia callejera no hubieran permitido que justo él, su referente en tantas cosas, lo menospreciara o lo tratara como un ingenuo. Para cuando el score anunciaba el final, el mayor de ellos había decidido que no lo dejaría llevarse el triunfo. Con el resultado igualado en 8, los últimos dos peloteos habían sido largos pero el mocoso había empezado a resignarse. Optó por discutir algunos fallos, como el ante último tanto porque la bocha había dado en una piedra que desvío por completo la trayectoria, pero ya era demasiado tarde.
El tiro ganador de su hermano iba a dar lugar a una derrota más dolorosa de lo que el pibe suponía. El campeón le festejaba el triunfo en la cara a tono de sorna porque sabía que hacerlo calentar era una tarea sencilla. Hicieron las paces de una forma particular, redoblando la apuesta con una breve carrera hasta el pino más cercano de la casa. Por supuesto aceptó. Tiraron las paletas, las ojotas y la pelotita al costado de la calle y comenzaron a correr. 
No supo muy bien cómo, pero enceguecido por evitar una segunda derrota al hilo, Calzoncillo corrió con todas sus fuerzas. No ignoraba que si su oponente se lo proponía no habría chances de vencerlo pero ilusionado entre un rapto de compasión e inocencia apostó a ganador. Perdió de vista al corredor, bajó la mirada y aceleró. Para cuando la volvió a alzar, la distancia entre su cara y el alambre de púas era ínfima. No había manera que lo esquivara. A tal punto que en el intento de aminorar el impacto, exageró el ademán y con la parte izquierda del rostro peinó dos o tres nudos de aquel temible perímetro. Sintió un dolor infernal, sumado a un pinchazo en el hombro que no podía distinguir si era del mismo alambre o de la caída. Su hermano a unos tres metros festejaba el bicampeonato, imposibilitado de ver al vencido.

-¡Ay no boluda! ¡Se hizo mierda mi hermanito! –gritó la hermana de Calzoncillo con los cachetes todos colorados y la voz entrecortada.
-¡Mamá, mamá! ¡Vengan rápido! –pidió auxilio la prima-.

El hermano mayor no sabía dónde mierda meterse. El otro estaba tirado al costado del lugar del accidente ante la atónita mirada de las pibas. Los tíos habían salido disparados. La tía negra lo levantó con cuidado y le pidió a Mario el pañuelo que llevaba siempre consigo. Se lo puso como pudo en la cara para tratar de contener la hemorragia y lo cargaron en el Renault 12.

– ¡Tranquilo hijo, tranquilo! Vamos a la salita que está acá a tres cuadras. Vas a ver que no es nada. –lo calmó María.
– ¡Vamos vamos el resto todos adentro! Se quedan acá que nosotros vamos a llevarlo a la guardia. Si vuelven los tíos los mandan para la salita pero no cuenten mucho detalle! –las palabras de Mario sonaban convincentes.

Los primos mayores aguardaron impacientes. La hermana de Calzoncillo consolaba al más grande de los tres. Los rescatistas cargaron al pibito y salieron rápidamente. La guardia por suerte no estaba tan atestada de gente. Entre la desesperación de María y la cara de pánico del menor, enseguida una enfermera los hizo pasar a una salita donde lo hicieron sentarse en una silla algo parecida a la de un dentista, pero no tan reclinada. No quería ni abrir los ojos.

-Escúchame gordito. ¿Me escuchás? Quedate tranquilo que yo lo que voy a hacer es limpiarte un poquito y ahora viene el doctor que te va a curar. –la dulzura de la enfermera y la mano aferrada a su tía María lograron calmarlo un poco.

En cuanto el temor comenzaba a mermar entró un señor que tendría más o menos la edad de su papá, lo cual para él ya lo hacía un tipo grande. No le inspiró confianza en la primera impresión, pero estaba entregado, quería que le calmen ya ese calor que le hervía la cara. La enfermera le había puesto un líquido frío que le había hecho ver las nubes. Escuchó ruido a lata, a instrumentos metálicos, otra vez más pensó en lo poco que le gustaban los dentistas. Pero suponía que esto venía para peor.

-Campeón necesito que no te muevas. Ahora vas a sentir como unos mosquitos, unas picaduras muy, muy chiquitas…Mirá yo te voy diciendo. Ahí va….una…-el médico y su prosa le habían resultado agradable a pesar de todo-.
-¡Ay me duele! ¡Basta! ¡Basta! –lloraba con una mezcla de dolor infernal y angustia-.
-Ahí va, tranquilo. Últimas dos picaduras: una, otra…y te robo una más un poquito más larga.
-¡La puta que te parió! –se quejó el pichón mientras el tío Mario le hizo una mueca al médico para que dejara pasar el exabrupto.

Para ese entonces ya no le importaba nada. No la soltó a su tía en ningún momento. Para colmo sabía que sus papás lo levantarían en peso. Le habían pedido por favor que se cuidara, que no podía ser que cada vez que salían de vacaciones a él le pasara algo. Un perro que lo mordió en las Cataratas del Iguazú después de haberlo molestado, un salto mal calculado en una cama de hotel, un corte testicular con una hamaca en un patio de juegos en Córdoba, y así una lista interminable.
Con una gasa que le cubría la mitad de la pera y de la mejilla izquierda volvió sentado como un duque en la parte de atrás del auto. El viaje era casi insignificante en tiempo pero se quiso morir cuando vio que el Falcón de sus padres acababa de llegar.

-¡¿No mi amor qué te pasó?! – la madre corrió a abrazarlo con cuidado-.
-¿Qué es lo que hiciste ahora, me querés decir? –el padre fue un poco más severo en la interpelación.
-Tranquilos ya está bien. Nos descuidamos un momento, estaban jugando una carrera y este niño travieso nunca levantó la vista hasta que se encontré con el alambrado. –la tía María trataba de calmar las aguas.

Era extraño pero los padres de Calzoncillo habían desarrollado una misteriosa capacidad de tolerancia, mezcla de sexto sentido y vaya a saber qué, en donde sabían que con su hijo menor todas estas situaciones eran posibles. Que nada tenía que ver esta infancia con las de sus primeros dos hijos. La cuerda con aquel pibe de pecas y cabellos claros estaba siempre a punto de romperse.
Casi al unísono salieron los primos del interior de la casa. Todos fueron a besar al accidentado. Con mucha precaución, pero sin mediar palabra el hermano que lo había estado esperando cargado de angustia, lo abrazó como si hiciera tiempo largo que no se veían.  Ahí la madre entendió que entre ellos alguna se habían mandado, que por ahí venía el asunto. La tía negra se acercó con cautela a los padres de Calzoncillo y les explicó algo al oído, que ninguno de los hijos escuchó, pero al parecer a su mamá le había alcanzado. No había pasado nada de tiempo entre el regreso de aquellos padres y el del niño del hospital. Si hubieran tenido que ir a la salita habría sido mucho peor.

– ¿Cuántas veces te pedí que te cuides hijo? ¿Por qué no me hacés caso? ¡Tenés que prestar atención! ¡No puede ser que pase siempre algo!
-¡Perdón má! Es culpa nuestra, tendríamos que haber prestado más atención nosotros dos. –la hermana trató de calmar las aguas-.

Calzoncillo apuntó la mirada a la calle, no sabía mucho qué agregar. Lo que más lo mortificaba era la cara de su papá. Se notaba que estaba preocupado pero enojadísimo. Necesitaba que su mamá lo abrace, que pasara todo de una vez. Era el comienzo de las vacaciones. Eso era lo peor. 15 días por delante con esa gasa al costado de la boca, el apósito en el hombro y la mirada atenta de todos a cada uno de sus movimientos.
Se habían sentado a tomar unos mates. Habían traído churros con dulce de leche para contarles que por suerte habían encontrado una casita muy cerca de allí así los primos podían estar a tiro de la misma playa y compartir más días juntos. Calzoncillo recreaba en el piso vaya saber qué escena familiar con unos Playmobiles. Estaba calmo, como si le hubieran pasado por arriba con algo pesado. Cada tanto levantaba la vista con vergüenza a ver si el viejo o la vieja le hacían un gesto que rompiera con la indiferencia. Quería que sea la madre, en el fondo siempre quería eso, era la más cariñosa de los dos. Pero no, esta vez no. El padre le había guiñado un ojo en clave de upa. Ya estaba grande para eso. El hombre de gesto adusto estaba sentado en uno de los sillones que tenía la casa y había espacio para acostarse y dejar descansar su cabeza en el regazo de su progenitor. Se colocó boca arriba, no quería que nada le tocara la venda. Cerró los ojos y sintió que las manos de su mamá le rascaban la cabeza. Estaba sentada a la izquierda de su marido. Calzoncillo los espió, se miraban de reojo. Se dejó vencer como si nada más hiciera falta. Ese mimo y el sostén de su padre eran la conjugación perfecta para detenerse justo ahí. Escuchando las voces de fondo de todos. Hablaban del país, de los docentes, de la que se venía con el nuevo presidente y de la vida. Siempre de la vida. O al menos eso creyó oír unos segundos atrás.