Stranger Things: lo raro es que no la veas

Stranger Things

La última producción de Netflix, Stranger Things, se estrenó hace no más de un mes y ya es un suceso por donde se lo mire. Explotan las redes sociales, aparecen notas como ésta debajo de las baldosas virtuales, Stephen King la halaga vía Twitter y una innumerable cantidad de eventos extraordinarios se rinden a sus pies. Ahora bien, ¿se trata solamente de que nos invadió una nostalagia ochentosa insoportable que lo tiñe todo o en verdad los hermanos Duffer han dado en la tecla con su última criatura?

Empecemos por lo obvio. Sí, es cierto, Stranger Things es un verdadero homenaje a quienes crecimos conE.T., Cuenta conmigo (Stand by me) o Los Goonies, así como para quienes pedíamos auxilio para soportar el pánico que nos producían películas como Alien o Poltergeist. Está plagada de citas metatextuales, de tropos: planos, personajes, locaciones, secuencias y vestuarios que nos hacen pensar en otras historias. Pero sus apariciones no son azarosas, hay un relato sólido, construido con giros oportunos y, lo más importante, está contada en clave actual.

Hay walkie talkies, camperas de plumas, bicicletas con luces a dínamo, sellos de Spielberg, Carpenter, Scott y compañía. Pero están ahí para contar algo, para hacerlo más creíble en un género que se ha cansado de fracasar no sólo porque la ciencia ficción o cine fantástico siempre está al límite del rídiculo, sino porque también la mera ambientación ochentosa ha recaído en muchos casos en simple ornamentación. Incluso el mismo Spielberg defraudó con su tan promocionada Super 8 (2001), en su momento.

¿La historia? Sin demasiadas vueltas y efectiva. Situada en 1983, cuatro amigos en un pueblo de Estados Unidos (Hawkins, Indiana): Will, Mike, Dustin y Lucas. Los freakies de la escuela, las víctimas usuales de los compañeros más odiosos. De forma accidental Will ve algo que no debía y desaparece, lo que será el núcleo central de esta primera temporada de ocho capítulos. El descubrimiento da acceso a una nueva dimensión, relacionada con un programa secreto de la CIA (¡Si! son los ochentas y hay guiños pro yanquis en relación con la Guerra Fría), en donde una vez más la ciencia parece haber abusado de sus capacidades, de la mano del oscuro director Martin Brenner, caracterizado por Mathew Modine.

Donde habitan los méritos

Stranger Things no tiene un elenco de grandes figuras. Sólo se podrían mencionar como excepciones a una Winona Ryder (Joyce, madre de Will) casi sacada del ostracismo, que había tenido como último papel de relevancia seis años atrás en la aclamada El cisne negro (2010), David Harbour interpretando a Hopper, un policía del condado de extensa carrera en repartos (en series La ley y el orden, en cine Secreto en la montaña, por citar algunas) y el ya mencionado Dr. Brenner, caracterizado por Matthew Modine (El caballero de la noche asciende, la última Batman de Nolan).

De los niños, salvo Millie Bobby Brown –Eleven– (que quizás si viste la serie Intruders te la acordás), el resto del reparto responde a un casting absolutamente acertado. Aún respondiendo a ciertos lugares comunes, construye empatía con el espectador, con casos como el de Dustin, uno de los tres amigos de Will, que tiene dentición tardía y te da ganas de abrazarlo en cada intervención.

Los ocho episodios de Stranger Things cierran de punta a punta. Sus responsables -Matt y Ross Duffer- parecen haberlo entendido todo. Trabajan con una época exageradamente representada, con todo lo que eso implica para diferenciarse y no caer en repeticiones banales. ¿La clave? Que el lenguaje es actual. El código es distinto al de las películas de antaño. El éxito de las series, en nuestra época, en general viene aparejado a un nuevo código de lectura en donde a veces parecen haberse extralimitado los márgenes de lo posible, la capacidad de girar la historia a partir de la pérdida de un personaje clave, de lidiar con temáticas como puede ser la identidad sexual de un pibe en una serie que, si se las quisiera ver más sencillas, en otro momento hubiera evitado abordar.

La música es otro acierto. The Clash, Toto, New Order, Bowie y tantos otros son sinónimos de una década que respira pop y que traída al presente se vuelve retro (en sentido de resignificación, no palermitano) y te acerca a mundos imaginarios que en lo real te tienen ahí, atrapado en tu infancia. Resta saber si el final de esta temporada será el punto de inicio para un nuevo comienzo (Netflix ya confirmó que habrá segunda) o si irán por el modo True Detective con una nueva historia.

En suma, el gran mérito de la serie es ubicarse ahí, entre Spielberg y King, entre el cliché y la renovación, entre el pasacassette y el poster de Tiburón, entre el suspenso y la ciencia ficción, entre una década incansablemente representada y un momento donde la proliferación de series pueden terminar por resultarnos redundante. Ahí está el mayor de los méritos. Si se convertirá en un clásico o no, no importa. Pensarlo lo acartona. Puede ser que la potencialidad de la nostalgia ochentosa se vuelva su valor de peso o que lo sigan intentando con un relato en clave actual que nos haga seguir disfrutando, hasta el punto de que lo más extraño de todo esto es que sigas sin verla.

Federico Piva – @fedep81

Nota publicada originalmente el 27 de julio de 2016 en
http://notas.org.ar/2016/07/27/stranger-things-raro-no-veas/

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