¿Te imaginas un colegio sin besos, sin amor?

A cinco minutos de que arranque la función ingresan a la sala un grupo de seis pibes y pibas. Están acompañados por un matrimonio que trae la misma sonrisa que ellos. Se dispersan en la sala porque son tantos que les vendieron butacas separadas. Los padres arriba -los pibes en primera y segunda fila- les tiran papelitos a sus hijos y sus amigos. En eso la luz baja y el público se presta a ver la función, la primera ficción de Virna Molina y Ernesto Ardito. La escena descripta podría resultar forzada pero termina por convertirse en la antesala de las próximas dos horas.

Inspirada en la novela homónima de Gaby Meik, Sinfonía para Ana cuenta la historia de los pibes del Colegio Nacional de Buenos Aires en los años previos a la dictadura más sangrienta de nuestro país, haciendo foco en Ana (en la historia real Malena), una chica de 14 años, quien fuera la víctima más joven de la escuela durante aquellos años.

El film trabaja con tres temporalidades. La primera es el tiempo del relato de Ana, grabando una cinta que resulta ser la introducción de casi todo lo que vemos en la pantalla. La segunda es justamente eso, lo que transcurre en la vida de esos estudiantes; y la tercera está implícita, es la que completa el espectador retomando lo que ve con su tiempo presente. Es partir de una piba que nos habla, con voz suave, delicada pero de ninguna manera ingenua, sus palabras vienen cargadas de futuro: “Nos quieren hacer creer que esto nunca existió, pero es mentira, fue lo mejor que viví”

Un montaje cuidadísimo. Una cantidad de texturas y recursos puestos al servicio de la expresión. Primeros planos, detalles, focos cortos, por momentos inestables pero cargados de certezas, de una búsqueda puesta mucho más en función del transmitir que del narrar. Virna y Ernesto no solo dirigen la película sino que ellos mismos, cámara en mano, son quienes terminan por adaptar la novela de Meik en el momento del rodaje, así lo cuentan en una entrevista a la agencia de noticias de la carrera de Comunicación de la UBA.

El sentido de muchas escenas lo termina completando el espectador. No hay sensiblerías al azar. Hay trama, hay cruce de realidades, emociones, de personas de carne y hueso, que surgen de la interacción de pocos actores –como Rodrigo Noya o Vera Fogwill- con un elenco de intérpretes sin experiencia actoral, alumnos y ex del colegio en cuestión.

Una ceja, un lunar, un bretel, el marco de un anteojo, todo presto a construir una melodía que se pone en el lugar humano de los protagonistas. Son militantes, son peronistas, son “chinos”, son comunistas, pero sobre todo son personas identificadas con una idea, con muchas, con un contexto que los agrede, con una historia que saben –y lo dicen- los trascenderá. Sinfonía para Ana se para justo ahí, en la posibilidad de escuchar la voz de esa generación, de sus miedos, de su compromiso pero también de sus deseos de amar, de abrazarse a la amistad, de la valentía de aferrarse a otros y otras como ellos que defendían una causa, una idea de futuro. Los vínculos, el que está al lado, el profesor que defiende lo mismo, el rector que se planta con ellos, la amiga que tiene idénticas ganas de sonreír, de mirar, de enamorarse.

Virna Molina y Ernesto Ardito desarrollaron una carrera vinculada a los documentales, desde la vida de Raymundo Gleyzer, o Alejandra Pizarnik; hasta El futuro es nuestro (2014) una serie de cuatro entregas, que pudimos ver por Canal Encuentro, donde  justamente narraban historias de jóvenes del Nacional Buenos Aires, desaparecidos en la última dictadura militar.

Mientras se encienden las luces, en la pantalla pasan los créditos del largometraje. Los pibes y pibas se miran, se secan alguna que otra lágrima pero también se escucha algún chiste, alguna mirada cómplice. Los padres salen por su cuenta, y ellos se quedan un rato más, como si hubiera algo más ahí, algo que decir, que hacer.

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