Tormenta de verano

El hombre que está por cebarse uno ya lavado, la tiene a sus espaldas y no sabe. De frente tiene sol pleno, es el comienzo de la segunda quincena y el día hasta ese momento es de esos que si no te pusiste a la sombra un cacho te chamuscaste hasta las orejas.
Vamos de regreso al ritmo que proponen sus cortas piernas. No están, no las conocemos pero las imaginamos. La piba de malla blanca es bellísima y el pibe que tiene cerca no sabe ni cómo arrancar para que lo deje de mirar como se contempla a un primo.
Se apilan las sombrillas. No hay espacio para los que prefieren salir a correr. No hay deporte, hay juego. Pibes practican un “loco”, allá donde la arena pesa hay otro haciendo jueguitos, un partido de vóley sin cambio de saque. Una pileta de agua salada antes de entrar a la olímpica, que hoy se sabe brava.

-¿Me das uno de esos si te doy $100?
-No, esos los vendo a 200.
-¡Dale no te…!

El que propone vende churros, el que no afloja vende gafas de sol, sombreros, selfie stick y otros. Viene de lejos. Bah, de Buenos Aires pero previo a eso vaya a saber cuántas escalas metió desde ese continente al que Occidente le puso el pie encima para dejarlo como está. Piensa unos instantes más y cede.

-Bueno está bien ¿cuál querés?
-Esos de ahí.

Se los da con un malestar evidente, se queda pensando y contraoferta para no salir perdiendo por tanto.

-¿Me das tres sin dulce aunque sea?
-¡No amigo! Tres son un montón. Te doy dos rellenos porque de los otros ya no me quedan.

Casi sin darnos cuenta apuramos el paso. Levantamos la vista y nos cuesta ver el muelle, la referencia más o menos precisa desde donde comenzamos. Recién nos percatamos que algo está pasando. Vamos derecho a un cielo negro, pero a nuestras espaldas queda el día de playa, el sol pleno. Se compone una foto de colores intensos. Dudamos si seguir. Nos miramos y sin decir demasiado empezamos a subir. Algunos ya empezaron a hacerlo. El viento comienza a soplar y de lejos se escucha un silbato. La mujer de naranja con calma pero constante hace gestos de que abandonemos la playa. A eso nos atenemos. La pintura es cuasi apocalíptica pero hay calma. Incluso hay quienes ni se enteran. Permanecen allí. Tirados en las lonas, las reposeras, cerca de algún parlante musicalizando el momento. Nos tomamos del brazo como dos que se cuidan, y nos empezamos a alejar con el malón de desertores. Atrás quedan otros y otras. No los busquen en la foto, no sabemos en qué momento de la tarde se perdieron. El cielo se cubrió, ahora sí, solo un color ilumina la escena.