Un lunes cualquiera

Los lunes pesan. Porque atrás quedó el ocio, el asado, la familia, la compañera, la siesta y el mate con budín marmolado. Pero pesa también porque es la antesala de una nueva semana. El mismo bondi, el mismo subte. La mochila pesa. Por suerte a veces se renuevan algunas ideas y con ellas viajan nuevos rostros, olores, pensamientos y todo eso que circula se mueve. En verdad no tanto, pero vale pensarlo así, para que sea más liviano.
Llueve. Hace frío como si la primavera quedara a tres meses de distancia. Un bondi y una combinación tripartita de subte: A+H+D. Todo sea por no caminar hasta Juan B. Justo y combinar en Plaza Italia con otro bondi en una zona que está imposible por el nacimiento de otro boulevard para colectivos. Caras largas. Sueño. Poca paciencia. Yo menos. Me arrimo a una de las puertas y con el anillo empiezo a golpear el caño que sirve de baranda, para acompañar la música. El hombre que está sentado en el de los discapacitados dormita y siento que mi ruido le molesta, elijo dejar de jugar a la percusión.
Al bajar en Miserere presto atención por más de la cuenta porque más de una vez me salí del subsuelo y tuve que volver a pagar. Logro tomar el amarillo. Carilinas, lupas, Biznikke nevado $20, revista Sudestada, otras fotos y sonidos.
Al bajar me percato que es mejor tomar la D, aunque esté volviendo para atrás. Es eso o salir a la superficie y caminar 15 cuadras bajo la lluvia y sin paraguas. Cuando voy hacia la línea verde un laburante de Metrovías dice a viva voz “¡Para combinar con la D!”, recién ahí me percato que dicen que hace falta un pase para esa combinación puntual. Le pido uno y sigo. En la D, sólo dos paradas. Se puso más cuidada la cosa. Unos bancos de plástico de distintos colores y unos “rincones” para darle nafta al celular.
Salgo y me resguardo bajo el techo de una zapatería. Saco el celular y abro el mapa para ver hacia dónde caminar. Suelo equivocarme por esa zona. Acierto según lo que presumía pero no me apresuro, como siempre, una vez más, llegaré temprano a la cita. Me cubro con la capucha del buzo y miro vidrieras al pasar. Baldosas flojas, un estacionamiento con ladrillos tipo adoquines, una veterinaria de perros for export, una verdulería que parece vender alhajas. Ahora sí apuro el paso porque ya me distraje. En la esquina previa a mi destino veo una agencia de turismo: “Les amies”, en la vereda tres personas duermen. Están sobre colchones, llevan frazadas que obviamente están mojadas, a pesar del nylon que las recubre. Un alma caritativa de la “vecindá” les dejó unos pochoclos que yacen volcados al costado de uno de ellos. Me quedo pensando. Me enoja. Me pone realmente incómodo. Cruzo y llego a mi puerto. Es todo demasiado lunes.
Lo que sigue no importa. 9 horas de yugo. Nada para describir que merezca ser pensado, escrito, leído.
Más lluvia. Más frío. Duelen hasta los huesos. Una corrida. Una pregunta: ¿96 o línea C? Gana el naranja. En la parada tres humanos. De repente, el barba se apiada de nosotros y llega el ramal verde 26xLafe, es casi un milagro. Somos apenas cinco arriba del Ideal de San Justo. De ideal no tiene nada. Pienso. Suena música acorde. No puedo creer el frío que hace. El lugar que habito nueve horas al día me vuelve completamente ignorante del clima diario. Intento dormir pero la ventanilla me humedece la capucha y molesta. Una ventana que no cierra, una foto en movimiento. Por fin Rivadavia, Primera Junta, Carabobo, Nazca y Floresta. Bajo de un salto y apuro el tranco. No se muy bien porqué pero empiezo a correr. No cambia nada pero en el apuro entierro de lleno un pie en una baldosa floja. El pie derecho, la media, el jean y la zapatilla es agua estado sucio. Por fin adentro. Antes de dormir y escribir estas líneas un mal movimiento vuelca el té que me acompaña, se moja el piso, un apunte y una prenda, no importa cual. Molesto. Un lunes así no puede dar inicio a nada. ¿O sí?

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